COLOFÓN

La presente edición consta de 500 ejemplares impresa en papel reciclado de 100 grs., terminándose de tirar el 19 de mayo del 2002, en los talleres de Imaggraf Impresores de Málaga, al cuidado de Marina Medina.

Publicado en la Colección Monosabio Narrativa del Ayuntamiento de Málaga, que dirige Diego Medina.

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Diseño de portada Marina Medina.

AYRTON SENNA Y MONTERO MURIERON POR PECADO DE HYBRIS

En la antigüedad, no había accidentes de tráfico ni estaciones orbitales girando alocadas. Esto puede sonar a verdad de Pero Grullo, pero la rueda es el origen de todos los males que azotan al ser humano. Desde entonces, el hombre creyó que podía ir donde quisiera sin esfuerzo y se lanzó al cada vez más lejos y más rápido. Y eso no es otra cosa que perseguir uno de los poderes más queridos por los dioses: el don de la ubicuidad. Obviamente, estos arranques de soberbia humana acaban teniendo el final que se merecen, en forma de castigo ejemplificante. Otro asunto es que los humanos se den por aludidos. Todo aquél que trata de hacer cosas que por su naturaleza no le corresponden, acaba fastidiándola: Ayrton Senna quiso ser el más rápido, y casi lo consigue al salir de aquella curva. La misma regla se aplica a la muerte de Montero: él sabía perfectamente que un ciego no puede conducir. Pero, incluso en los más terribles castigos de los dioses, suele haber una suerte de gratificación para el pecador, de modo que éste suele conseguir, en parte, lo que perseguía. Ayrton Senna amaba las máquinas, y se enorgullecía de que una de las usuales descripciones con las que solían referirse a él era la de ser una computadora humana. Por esto, cuando los dioses le enviaron el blackout a la salida de la curva y se estampó contra el muro, logró su anhelo de no saber dónde acababa el hombre y empezaba la máquina. Ayrton alcanzó el éxtasis unitivo con el amado, y mucho más rápidamente que Santa Teresa. De un tirón. Sin pasar hambre ni nada. Cuando Ayrton comenzó a pisar el gas para salir de la curva, la aceleración extrema hizo que la sangre no le llegara a la cabeza y se le oscureciera la vista. Ni siquiera recuerda haber atisbado un muro: sólo que, de pronto, todo se puso negro. También para Montero todo estaba negro al estrellarse. Los caminos de los dioses son infinitos: Montero y Ayrton Senna lograron felizmente su común objetivo: el abandono de la percepción sensorial y la unión mística con su deseo más perseguido hasta su disolución física. Estar muerto es como comerse un sapo vivo justo al levantarse por la mañana: ya no te puede pasar nada peor en todo el día. Ella, en su casa, y La Menor, allí dónde esté, no han logrado deshacerse nunca del miedo y la esperanza de que Montero volviera de entre los muertos y se les apareciera. Las dos sabían que si esto pasaba, Montero no lo haría por venganza, sino simplemente para estar de nuevo juntos y por agradecerles el paseo.

(Fragmento)