¿Qué puedo decir de Amsterdam que no sea Vida? Y es que todo empezó como en un anuncio de dentífrico. Al cruzar para coger el cercanías hasta el aeropuerto veo pasar al Sr. Blanco y señora, bronceados, con gafas de sol y luciendo su mejor sonrisa. Yo acarreo una maleta y, como por arte de magia, aparece el poeta Ayllón en el andén. Aunque él me crea a medias, pienso y repito en alto siempre que puedo que es con diferencia el mejor poeta malagueño vivo.
La primera en la nariz: Amsterdam huele a Estambul.
El Tulip inn Amsterdam Art Hotel está alejado del centro, en la zona del west park, en el 302 de la Spaarndammerdijk (adoro este idioma que parece alargar cada sílaba por puro placer). La vaca de colores que hay a la entrada y los enormes cuadros que cuelgan de los techos dan cierto sentido a la palabra Art. El ascensor advierte "8 personen", las cosas claras. No fumadores, armario sin puertas, baño sin bidé, bañera con sumidero en el centro, espejo dorado, cabecero con cuadro gigante acolchado. Art, art, art!
El barrio es tranquilo y el paseo hasta el centro sin ruido ni gente. Barrio de inmigrantes completamente adaptados que colocan en el alféizar interior de los ventanales adornos de diverso gusto y pelaje. Ventanales a medio metro del suelo de las aceras, sin más protección que un cristal a tiro de piedra. De ladrones no sé cómo andarán, pero miedo cero. Después de alguna que otra cerveza saco mi propia teoría sobre las ventanas sin reja: A) Si entra un ladrón, hace tanto ruido rompiendo las porquerías que adornan las ventanas que, ¿para qué van a poner nada? B) Si como adorno han colocado lo más bonito que tienen, ¿quién querría entrar a robar lo que no se ve? Pido disculpas, pero el alcohol es así.
Datos: 734.500 habitantes, 171 nacionalidades, 600.000 bicicletas, 220.000 árboles, 165 canales, 1.281 puentes, 2.500 casas-barco, 42 museos, 22 cuadros de Rembrandt, 206 cuadros de Van Gogh, 37 cines, 6.868.000 turistas por año y ningún Bono en la guía de teléfono.
Tumbada patas arriba en mi cama-art, viendo cómo llueve fuera, pienso que es la primera ciudad que me llama la atención más que sus habitantes. Ellos y ellas no son ni guapos ni feos, ni siquiera originales. El centro de la ciudad es silencioso, esto sí que me asombra. Apenas algún timbre de bicicleta compite con los pájaros azules, tan pequeños, y los mirlos grises.
Una explosión en valencia ha causado 4 heridos, pienso mientras trato de averiguar para qué sirven unas baldosas en las aceras con letras doradas, que rezan: "Hond in de got". Parece una plegaria. Después de ver una boda en barca donde todas llevaban sombrero y todos una flor naranja en la solapa, necesito un café. Nada como un eterno retorno en el "Shape-all-in" que por la mañana es "Shape-lounge-cafe". Comienzan las chicas guapas y originales. Chicos distantes. Nunca me motivó lo inaccesible, así que sigo inmersa en mi cuaderno y en la ventana que da a Hugo de Groot. Ha escampado.
Después de comprar entradas para un concierto, un señor mayor en bicicleta me pregunta si necesito ayuda. Nunca se me dio bien desplegar mapas con discreta elegancia y el museo Van Gogh estaba en la otra acera. Tres plantas y un sótano para correr de un lado a otro con el índice en jaque: de París a Arlés, de Arlés a Sant-Rémy y de ahí a un no volver de Auvers-sur-Oise. "Korenveld met kraaien", quién lo hubiera dicho, es 27 de julio de 1890 y tengo frío. Después de una proyección de 15 minutos sobre la vida de Van Gogh me da un bajón delante de una foto que no recuerdo. Cada vez visto peor porque no salgo de casa, vaqueros y camiseta, zapatillas de deporte, ningún adorno. Dos hombres negros bajo un paraguas negro me rescatan y en un anticuario de la Nieuwespiegelstrass compró 4 cuentas de cristal.
Mercado de las flores, más intenso que la Diamond factory "de la mina a tu dedo". Y nada para olvidar como una rijsttafel o mesa de arroz en un indonesio del barrio rojo. Aunque a las diez de la noche todavía es de día, estoy agotada. Me duermo pensando, ¿en qué ciudad vivirías si tuvieras don de lenguas?
El bus nº22 lleva hasta la estación central. Por Roken hasta Spui, los viernes libros, los domingos pinturas. Café para revivir mientras un señor se desayuna dos ginebras y una cerveza. En la iglesia de San Francisco Javier, a pesar de sus colorines, la misa es en latín. En las puertas pone "Trekken". ¿Misas para trekis?
La sala es blanca con sillas rojas. Obras de Tunder, Bach y Buxtehude. El concierto dura exactamente de 11.00 a 12.00. Ha salido el sol y el Volderpark es el más antiguo de Amsterdam. Y allí mismo el Film Museum.
Algunos semáforos tienen reloj con cuenta atrás y en "Orfeo" happy hour de 17.00 a 19.00 (una cerveza, un euro). "Homo sapiens non urinat in ventum", advierte un friso. Tras el barrio judío, aparece el barrio chino sin buscarlo. En "Horizontes perdidos" no hay ni un solo rincón libre. Valdría la pena volver a Amsterdam sólo por esta tienda-cafetería (que no coffee-shop). Y, ¡alehop!, a las 19.30 sale el sol, como cada tarde.
Iglesia de San Nicolás y casa de Rembrandt, sin mucha pasión. Pasión es el nº22 que me devuelve a mi cama-art y a un especial de Carla Bruni y su nuevo cd. Sensación de haber visto todo lo que tenía que ver, ganas de no salir de esta habitación, de no dejar de mirar la chimenea con el humo más denso del mundo. Y todavía quedan cinco días de viaje.
"The movies" es un cine con cafetería y restaurante que todo lo cura. Delante tengo un cartel de "Die bleierne zeit" con Rüdiger Vogler de joven. One more beer, alyubliv, camarero, que desfallezco y trato, en un arrebato suicida, de recordar en alto todas las películas de Wenders que he visto. A lo que Alberto responde, ¿lo ves como uno se alegra de salir?, y entonces no me queda más remedio que explicarle aquello de la curva fatídica del viajero que guarda en la caja fuerte del hotel el billete de vuelta.
A estas alturas es agradable recordar el tacto de la madera gastada de la mesa, los cercos de la cerveza ya sin gas y la luz que nunca pesó menos.
La mayoría de las tiendas abren los domingos y los museos sólo cierran el 1 de enero. Desde la calle se ven las paredes de las casas cubiertas de estanterías de libros hasta el techo. Café con vistas. Se ve que el modelo oficial de perro es blanco, paticorto con dos manchas marrones, lo que técnicamente se denomina un chucho mangurrino. Dos negritas bien prietas, una de ellas con pelo rosa, pasan junto al chico negro de 200 kilos que detiene su barredora y las mira por dentro y por fuera sin esperanza ni temor.
Como aquí, allá por 1590, los impuestos se pagaban por metros de fachada, las casas son casi vagones de tren. En Herengracht, junto al Hotel Liberty, está la fachada más estrecha de Amsterdam: 80 centímetros. Enfrente una barcaza refugio de gatos, llena de cestos. Y en Prinsengracht una casa-barco con el techo de césped y, ¡hasta patos! También un anticuario con globos terráqueos. A tres pasos me enamoro de un kimono de una tienda de antigüedades japonesas. Cerrado.
Una chica rubia pasa la mañana arreglando el pinchazo de su bici. Un hombre de negro baja de la suya y mira sonriente al canal. A los dos minutos aparece su amigo en una barcaza, para, se sube con bici y todo y se aleja sonriente. Es lunes y pasan ciclistas canturreando con sus maletines bandolera. Sencillamente asombroso.
Este bar se me va a caer en la cabeza, pienso mientras le hinco el diente a una baguette descomunal de paté con mostaza. Más de 300 angelitos me observan colgados del techo. Una chica con falda, medias de encaje y maleta transportadora de mascotas entra en el diminuto servicio. Sale con pantalones vaqueros y sin perro ni gato a la vista. Bien nos hemos colado en un ¿baguette-shop? y este paté tiene efectos alucinógenos, o ya sabemos de dónde lo sacan.
En el Rijksmuseum sólo hay 4 cuadros de Vermeer: "La callecita", "La lechera", "Mujer leyendo una carta" y "La carta de amor". Ni uno más. La tan cacareada "Ronda de noche" de Rembandt (lo siento por mi padre) es rígida, fría y plana. Ninguna emoción. Y encima la esquina derecha está sucia y gastada (es donde de apoya el vigilante). Una chica subida a una jirafa mecánica limpia o dora un capitel con un bastoncillo de los oídos. Está a 20 metros del suelo. ¡Esto sí que es emocionante! También un cuadro de B. van der Hels, "Retrato de Gerard A. Bicker" (1642): un niño de unos 14 años, gordísimo, que sostiene sobre la panza unos guantes verdes. Parece que sean un manojo de espárragos trigueros y esté a punto de darles un mordisco. ¡Qué maravilla de retrato!
Ante mi protesta por la falta de cuadros de Vermeer, una señora repite como un loro que además de esa sala sólo están abiertos ahora mismo la cafetería y el WC. Nos sentamos un rato en el jardín a rezongar, y cruza un sapo.
Terremoto en Japón. Se estrella un avión militar en Turquía y mueren 62 soldados españoles que volvían de Paquistán. Ginebra en "Hoppe" y cervezas en "Old sailor" mientras miramos a la rusa que se exhibe tras su puerta de cristal. Quizá la única puta guapa que he visto en todo el Barrio Rojo.
Me sorprende que Leiden sólo quede a 30 minutos del centro de Amsterdam. Me pregunto por qué mi hermana no va a gastarse las suelas todos los días a esta extraordinaria ciudad. El bus nº31 nos lleva hasta Katwijk aan zee (que se pronuncia katveik, pero los nativos llaman kotik). Susana y Hero nos acogen de tal modo que cuando suena el teléfono Hero, sin mediar palabra dice en español: "Nostamo en casita". Era mamá. Y mientras cenamos (a eso de las 7 de la tarde) Hero nos cuenta la boda de su amigo Ralf, y en ese preciso momento suena el teléfono y, ¡es Ralf! Dora (que nos cuenta que se fue de Argentina porque el agua le ganó terreno a la tierra, sus vacas con el agua al cuello, y vino a parar a un país donde la tierra le ha ganado terreno al mar) viene a tomar café (a eso de las 10 de la noche) en bici y desde 3 kilómetros. No entiendo nada, pero disfruto de todo.
Alberto quiere ir a Lisse a ver tulipanes. En la estación nos dicen que Keukenof está cerrado, así que nos quedamos en Leiden. Compro galletas de sésamo y me quedo sin ver la botella (de Leiden). Eso sí, no me pierdo el capítulo se Shin-chan (aunque sea en holandés).
Pedimos ir a cenar a un restaurante típico. Nos llevan a un argentino. Deliciosa carne, delicioso licor de cactus, eso sí. Volvemos a casa andando por la playa. El mar del norte en la punta de los dedos.
Susana madrugó lo suyo para ir a la compra, limpiar la casa, dar de comer al conejo Bob, a la chinchilla Chin, y preparar un desayuno descomunal. ¡Viva mi hermana!
Valkenburg es justo como lo imaginaba. Por más que Susana se empeñe en demostrar que "antes de Katwijk vivíamos en el culo del mundo", yo no hago más que ver chalecitos de madera, con jardines llenos de gnomos, con vistas al Ring. Paseamos durante 3 horas en un barco de ambiente "extraño" (viejos vestidos de domingo almorzando tarta de manzana con cerveza). En la isla de Kaag, pedazos de mansiones con rubias en bikini. Volvemos por Lisse, efectivamente cerrado.
Tengo que irme ya y sólo he aprendido a decir: sori (disculpe), alyubliv (por favor), cofi fer kir (café con leche), bedant (gracias), toff (guay), dag (adiós) y mol (topo). Y no quiero olvidarme de cuánto me impresionó saber que en todos los cuartos de baño los holandeses cuelgan tras la puerta un "shit calender" donde señalan los cumpleaños de sus seres queridos. Menudos son aquí.
Mayo, 2003.