UNO: GRACIELA
Sin duda, el culpable de este viaje es Ernesto Sábato. Desde que leí "Sobre héroes y tumbas" empecé a soñar con la casa de Alejandra y el parque Lezama. Y con Martín. De mi absurda pasión por la Patagonia tienen la culpa mi madre y Bruce Chatwin. Cuando mi madre se hartaba de mí me decía: "Te voy a mandar a la Patagonia". Decir Patagonia era nombrar el punto más allá del cuál nadie podía ir. Después llegaron Chatwin y María Brunswig a demostrármelo.
Es sábado y está nublado. El tren de cercanías nos deja en el aeropuerto a las 08.20. Menudo ambientazo. Me gustan los aeropuertos porque no pretenden aparentar lo que no son. ¡No soy tu casa!, gritan los asientos rígidos.
El Málaga-Madrid se retrasa ya hora y media. El vuelo que debíamos tomar a las 12.00 hacia Buenos Aires será a las 24.00. Cambio de billetes y libro de reclamaciones. Nos ofrecen ticket para sandwich. Iberia, nunca más.
-Somos refugiados -decimos al llamar al portero electrónico.
Las doce horas de espera las pasamos con Francis y Cocó que nos acogen y nos pasean amablemente. Antes de irnos, Málaga 2 - Rayo 1 en el teletexto.
Por su propio interés rogamos mantengan sus pertenencias controladas en todo momento y ya estamos en el avión. Antes de despegar, la azafata pregunta en alto quién se llama Hernández. Un chico al fondo. ¿Usted es el vegetariano? A lo que se apuntan varios espontáneos. Lo siente mucho, pero sólo hay menú especial para uno, manta y almohada para todos.
Al cabo de seis horas el cansancio me puede, sudor frío, mareo, veo una estrella fugaz por la ventanilla y me desmayo. Y todo sin moverme de mi asiento 32J. Iberia sí que sabe montar partys.
Antes de tomar tierra rellenamos los impresos de inmigración. En ellos se nos pregunta si llevamos teléfono celular, animales vivos, frutas, semillas o semen. Semen es semen. No hay posible error de traducción. Y llegamos al invierno: 9ºC. Gladis es guapa y lenta. Mientras se vuelve para hablar de los bouchers veo un Buenos Aires desierto. El chico de las maletas tiene ojos de pez.
-Qué día triste -dice.
-¿Los domingos son siempre así?
-¿Nublados?
-Vacíos.
Ducha después de treinta y tres horas, desayuno y "La nación". Y la voz, dulce dulce dulce, de Graciela por teléfono. Quién me lo iba a decir hace cuatro años cuando leí sus relatos por primera vez. En la tele discurso populista de Menem y entierro de la actriz Lolita Torres.
Florida es la típica peatonal-comercial, 9 de julio la avenida más ancha del mundo (cuento dieciocho carriles), y buscando San Telmo, porque los domingos hay mercadillo de antigüedades, topamos con la casa rosada que más bien es salmón después de pasar por el microondas. En la misma plaza, la catedral. La tumba de San Martín está escoltada por dos soldados de cuento. El frío de la pared asusta. Emoción. A la salida un hombre extiende la mano y dice voy a morir.
Los muñecos de los semáforos son rojos y lilas. La calle Piedras está llena de pintadas: el fin de la infinita, fuck you la gorda, no al capitalismo resaca, asado salvaje, platónico la infinita, que se vayan que vinimos, ojalá vida, ciclón te amo, evita está enojada, etc.
San Telmo. Casa Radical de San Telmo con un escudo: una pluma y un martillo cruzados. Mercado de frutas y antigüedades. Si aquí tratara de explicar que mi madre tiró a la basura mi muñeca favorita hace veinticinco años, que la lloro desde entonces, y que a 15.000 kilómetros de casa acabo de verla en una vitrina, nadie me creería. La toco, la peino, la huelo y la dejo donde estaba. Es igual, pero no es mi Cleo. Compramos una foto antigua (niño vestido de comunión) y una cuchara con las iniciales "S.G". Hora de comer, recordamos.
Entramos en "Catalinas" porque está cerca. Si pides gaseosa te traen una cola. Soda "La gruta" y tinto "Vasco viejo" de Mendoza.
-¿Chilenos?
-Españoles.
-Mi abuela era de Jaén.
-Y la mía.
Me abraza. Nos cuenta. Los chilenos les están dando de comer. Todos los días se le llena el negocio. Hoy no vinieron porque habrá nieve en los andes, dice. Que cuánto llevamos en Bue. Que unas horas. Que si ya nos hemos hecho una idea. Que sí. Y continúa: su sobrina es la niña del anuncio de "Redoxon". Asturiana, rubia, ojos verdes.
-Nosotras -me guiña- somos de otra raza.
Antes de alejarse para que comamos tranquilos un enorme matambre a la portuguesa, dice:
-Vos sos artista y vos científico, ¿a que sí? Comed despacito.
Nos invita a mate cocido, habla de sus beneficios para hacer de vientre, nos regala unas infusiones y un dibujo de su sobrina, tiene tantos... Quedo en enviarle la receta de las gachas y las migas. Se llama Ana Ceacero de Azcano.
Cualquiera que mire la vestimenta de un porteño pensaría que son excéntricos: no, son naturalmente anacrónicos.
La avenida 9 de julio no es sólo la avenida más ancha del mundo, también es el circo con más pistas del mundo: los semáforos detienen a los coches, niños de apenas siete años se aúpan unos a otros mientras hacen malabares con tres pelotas. Con un par, más bien, porque la velocidad mínima aquí no creo que baje de 70Km/h. Un taxista es el único que les da unas monedas.
Junto al listado de precios del minibar hay una nota de recomendaciones para andar por la ciudad: no lucir aros ni joyas, no llevar bolso si no es necesario, no exhibir moneda extranjera, llamar al taxi desde el hotel. Y que si te atracan, te dejes, ya que 7 de cada 10 homicidios son por robo.
Graciela y Héctor. Ella no tiene el pelo largo. Él tiene cara de hombre bueno. Paseamos, ya del brazo, por Recoleta. En la cena (carne con carne en "La caballeriza") nos dejamos ir, nos ponemos al día. Descubro lo tímida que es, que son. Y pienso en el dolor: a unos los hace cobardes, a otros resentidos y a otros fuertes. Héctor es fuerte a causa de un dolor, pienso. Tan callado, tan romántico. Con un dolor al fondo de los ojos.
Hablamos, hablamos y seguimos hablando hasta las 02.00 en "La biela". Yo no sabía que su abuelo era de Torrox (Málaga), ni que le hacía cantar malagueñas y preparar café turco. Graciela sueña. Sé que se guarda mucho de lo que sabe para decirlo después por escrito. Su mirada sobre las cosas. Y seguimos hablando de qué es ser patriota, del voto personalista, de libros, de la telebasura y de sexo.
Recoleta parece París. Allí se refugiaron los de San Telmo huyendo de la fiebre amarilla a finales del XVIII. Tiendas de Armani y Christian Dior. Pero a mí lo que me interesa es el cementerio. Cierto chasco. La tumba de Evita está en una calle estrecha, sin sol. Llama más mi atención dos nichos a ras de suelo del Ministro Plenipotenciario de Polonia Zbigniev Zoltowski (1888-1973) y su esposa Helena Zoltowska (1893-1974), y el panteón egipcio de un tal Pin Spinetto. A la salida un maestro, rodeado de niños de cuatro a seis años, les dice ante la tumba de un tal Facundo: Así nos veremos todos. Por el tono debe de ser la lección de hoy. Pasa un afilador.
Gra me ha traído regalos. Sin duda quiere que me vuelva mateadora. Taxi a La Boca. "Caminito" es una calle. Color, calor. El color lo puso Benito Quinquela, el calor la primavera austral que está casi recién venida, che.
Alberto quiere visitar el estadio, y el portero (un mafias de cuidado) nos tima cobrándonos la entrada que sabíamos era gratuita. Pizza en "Barbería" donde el camarero es un calco de Rafael Inglada, poeta malagueño. Se lo decimos. Que no, que todo es falso, que él en realidad es rubio con los ojos verdes, pero eso es tan vulgar que se ha teñido el pelo de negro zaino y lleva lentillas azules. Nos muestra un carnet (que asegura "este hombre sabe usar un preservativo") con su look anterior. Efectivamente ahora está más guapo. Gra dice que se nota que echamos de menos a los amigos porque andamos todo el tiempo dando vueltas con los parecidos. Puede ser, puede ser.
-Por cierto, he traído fotos... de los amigos.
Le gusta Daniel para su sobrina. No, no tiene novia. Perfecto. Perfecto. Y se queda con su foto y con su e-mail. De ésta Daniel me pela, fijo. En la tele "The Sunshine Boys" con Woody Allen y Peter Falk, por cambiar de tema.
Hoy en el Teatro Colón tocarán piezas de Purcell y Haendel. Hay entradas desde 50 pesos (de pie) a 800. La chica de la ventanilla nos dice que ese señor vende dos entradas. De 170 cada una a 150 las dos. Trato hecho. El señor le da unos pesos a la chica de la ventanilla y nos dice que disfrutemos las localidades. Mientras, hacemos tiempo tomando una cerveza de medio litro y una Fanta en botella antigua de 350cc, pienso que los porteños no son tristes. No es tristeza. Busco la palabra y me sale tristandad: mitad tristes, midad huérfanos. Con el gobierno está claro que no se puede contar. Con el vecino, no lo sé.
-Acá si no te valés por vos mismo te morís - me pareció que decía alguien.
Sólo llevo aquí dos días, pero mi impresión es: individualistas. Y el individualismo es contagioso. La tristandad también. Tengo cara de perro mojado. Así de fácil.
El teatro nos parece mucho más bonito que la ópera de Viena. Sólo la pintura del techo desdice un poco (bastante) (es horrorosa, para qué darle vueltas). Las dos señoras que están a mi lado hablan de sus hijas, estudian fuera, viajan, tienen abonos de palco para toda la temporada. Me entero de que antes el abono costaba 900 $ (1 $ = 1 peso), y que ahora te obligan a seguir pagando en dólares (1 $ = 3.5 pesos). Miro hacia el patio de butacas. No cabe un alfiler y además van todos de tiros largos. El modelo oficial es terciopelo o tafetán rojo y negro. La orquesta está lista. Una señora de negro sale al escenario y el público aplaude. Retira una silla, coloca un atril y desaparece con su momento de gloria.
Ahora sí, una chica de dorado empieza a cantar. De otro modo también estaría aquí. De cualquier manera los lugares se suceden, pienso.
En la calle no notamos inseguridad. Igual que en Madrid, por poner un ejemplo. El taxista que nos llevó a La Boca le contó a Alberto que el problema está en las afueras (en el centro tres millones de habitantes, en la periferia ocho). Desde luego por el centro se puede pasear tranquilamente. Las familias enteras que rebuscan en las basuras con dedicación y urgencia restos de cualquier cosa (manzanas magulladas, latas vacías de refrescos, algo que comer, algo que vender), están demasiado ocupadas como para robarte.
En la tele propaganda electoral. Estafas sin freno.
Leo, antes de dormir, unos poemas de Ariel Schettini que me regaló Gra:
TARDE DE OCTUBRE (LEJOS)
¿Hay un fin del dolor? / No la cicatriz: memoria, olvido, signo. / Para recordar que, fríamente, algo fue extirpado / y un "no" queda en el recuerdo / que se ensancha a medida que se borra. / ¿Hay un fin del dolor? / Un fin de esa ola que cada vez retoma / y, como el mar, es dolor y sirve de metáfora / para decir "infinito" de otro modo. / Otra vez, como la orilla lejana del mar / que se acerca y es el mar cercano. / Los peces, las fauces, los monstruos marinos. // No el mar y la orilla lejana. / No soberbia. No alta. / No perfecta. / ¿Hay un fin del dolor y de su industria? // "Hay un fin del dolor?" / Quisiera decir: ¿Sirve para algo? / Quisiera decir: ¿Cómo funciona? / Quisiera decir: ¿Dónde? / En el mar duele, por ejemplo. // Como una romana para recordar. / Quisiera decir: algo del abismo que separa / lo que espero y lo que se da efectivamente. / Como si el cuerpo fuera la orilla o la arena / y el dolor, efectivamente, el mar. // ¿Hay un fin del dolor y del paisaje?
Individualismo: he tardado más de un cuarto de hora en pagar un cd de tangos porque la señora que estaba delante de mí pensó que el chico que estaba delante de ella se demoró más de la cuenta y ahora se toma su tiempo. Pequeñas venganzas: justo para ella, injusto para el resto.
Me gusta Graciela porque no se preocupa de dar explicaciones. Sabe que diga lo que diga, y cómo lo diga, la voy a entender. Es agradable comprobar que la afinidad que percibía por mail aquí se traduce, incluso, en nuestra preferencia por lo salado sobre lo dulce, el ajo en el tomate y la sidra. ¿Cómo se puede llegar a querer tanto a alguien sólo por cómo escribe? Primero sus relatos, después sus mails. ¿Será verdad que la comunicación es posible?
Zapping: Federico Luppi. El hombre anda desesperado porque el dinero que cobra de España no puede sacarlo del banco a causa del corralito. En algunos países no aceptan tarjetas de crédito argentinas. En Rosario, una mujer mata a su hija porque no tenía qué darle de comer. Fuga de cerebros. En España detienen a dos etarras. Inundaciones en Sevilla.
Me quedo petrificada de placer: árbol de unos 100 metros de diámetro (de rama a rama) en el parque San Martín. A algunas ramas han tenido que ponerles horquillas para sostenerlas y que no lleguen al suelo. Yo necesito un banco para no dar con la cabeza en el suelo. De emoción. Alguien ha dejado un código de barras pegado en el respaldo. Y el nombre del libro: "White water summer".
En la parte baja de la plaza, más allá de donde unos hombres duermen sobre el césped, el monumento a los caídos en las Malvinas (mil quinientos) custodiado por dos marineros.
-¿Crees que los argentinos tendrán sentido del humor?
-Si no están perdidos.
A la puerta de la estación venden pilas, mate y mentitas. La línea Retiro-Constitución tiene bonitas lámparas. Las caras de metro son las mismas en todas las ciudades, sólo que aquí ceden el asiento a señoras mayores. Bajamos en San Juan.
Por Cochabamba, "Depilación estilo español - Loterías", hasta Parque Lezama, frente a la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa Rusa en el extranjero, con cúpulas color turquesa. Niños juegan fútbol.
Así que éste es el parque, aquél el banco donde estaba sentado Martín mirando a Ceres, ¿ésa es Ceres?, y desde este pedazo de césped que estoy pisando, Alejandra. Bien, podemos irnos. A veces me gustaría ser no tanto un observador como un disfrutador, podía haber dicho. Volvemos por Balcarce y Estados Unidos. Pintadas: chicago sin droga es como la noche sin luna, +bien +bien -mal.
Graciela me dijo que los mismos muñecos que regalaban en España en los 60 con los chicles "Dunkin", acá venían dentro de las chocolatinas "Jack". Todavía existen, pero descubro que los muñecos son tipo manga. Compramos chicles "Bazooka" para los amigos. Llueve en Buenos Aires.
El ministro Lavagna, en directo desde el parlamento, habla de los presupuestos para el 2003: inflación del 25%. Cambio de canal: clases de costura en plan Arguiñano. Todos los días hay algún accidente en 9 de julio, secuestran a alguien en un barrio periférico (me dieron galletitas y mate, dice el anciano recién liberado). Un profesor de música abusó de sus alumnos. La abuela de uno de los niños se queja:
-Si le caen tres años y un día cumple condena, pero si le caen sólo tres, a la calle.
Corrientes 348 es un garaje de un edificio de oficinas. Era de esperar (quien escribió este tango no estuvo nunca en Buenos Aires). Por cierto, que los garajes lo vuelven a uno loco: cada vez que va a salir un coche (y lo hacen continuamente) suena una sirena atronadora. Si miro al cielo marañas de cables. Ríete tú del cielo cuadriculado de Lisboa. Y si miro lo que tengo delante, me aturdo. Transeúntes sin prisa pero a cientos y librerías, muchas librerías en Corrientes. Un policía que vigila un cajero automático entretiene la tarde vigilando el cartel de la chica en blonda rosa de una mercería. En los escaparates mucho corsé, medias de liga y ligueros. Cortinas de humo.
Bandera sin color delante del Obelisco y hasta el Congreso. Descomunal. ¡Compro autos chocados!, vocea un cartel colgado de una farola.
Café en "Tortoni". Abarrotado. Las mesas de las paredes llevan el nombre de un escritor. Emilia Bertole, se llama la nuestra. La de las señoras de al lado nombre no tiene, pero paciencia toda. Cacerola de doble fondo Elena y aún así se le pegaron los fideos y ella ya le dijo Cecilia que no volvía a casa hasta que ella saliera por la puerta por lo que tiró la cacerola a la basura nada más entrar y cómo olía la casa entera porque en el cesto había llevado la fruta y ahora lo de la cacerola que no era ni suya bla bla bla.
"Bar pelvis", Corrientes con Esmeralda, chicas en bombachas y sostén a la vista de todos. "Salón Vip", depilación al estilo español y descartable.
A las 20.30 cierran las tiendas y abren las calles para las treinta mil personas que viven de las basuras. Entramos a cenar en "La posada de 1820". La camarera tiene a su hermano en Badajoz, trabajando.
Llamó Héctor: Graciela aún no ha regresado del examen. En la guía de teléfonos hay ochenta y ocho Bono. Florencia Bono, bonito nombre. Y calle Cosquín: ¡qué importante el burrito de Ardales! A las 09.00 nos recoge un señor de padres gallegos para llevarnos al aeropuerto. Vivió dos años en Iguazú. Todos los domingos iba a ver las cataratas.
-Cada vez se sentía más insignificante.
Como tenemos tiempo de sobra, dice, nos va a llevar a que veamos Barrio Parque. Casas para los ricos, Canal 7, y allá al fondo a la derecha, la amarilla, la casa de Maradona.
-Al pibe le faltan caramelos en el tarro, como decimos acá.
Y es que una vez, dice, incendió su propia casa con fuegos artificiales.
El aeroparque (vuelos nacionales) es mucho más bonito (y lujoso) que el Ezeiza (vuelos internacionales). Ahora me acuerdo de que Andrés quería unas boleadoras, un facón y un porongo. Andrés ha leído demasiadas veces Martín Fierro. Y pienso en Barrio Parque y en que hay dos tipos de pobres: los que piden extendiendo la mano, (voy a morir) y los que no. En los parques hay hombres, y mujeres, sentados en bancos, con el codo en las rodillas, con la cara en la palma de la mano (soy un pobre jubilado). Eso sin contar a los que no pueden perder el tiempo murmurando y buscan directamente en las basuras. Menem mantiene con dinero del estado a sus exmujeres.
En el avión, donde debería decir "life vest under your seat" pone: "use el cojín de su asiento para flotación". Llueve.
DOS: AGUA
El chico se llama Carlos y somos seis. Las dos señoras maleducadas con pinta de monjas se bajan en el primer hotel (del lado argentino). Me alegro de que no hubiera plazas porque no me gusta mucho. La parejita de ¿granadinos? se sienta al fondo y se quedan en el siguiente hotel (ya del lado brasileño). En la frontera no nos han puesto ningún sello en el pasaporte, me quejo sin ganas.
El hotel "Tropical das cataratas" es rosa y blanco, colonial, huele a madera y está lleno de japoneses y mariposas. Me encanta. Desde la habitación se ven las cataratas, sobre todo se oyen. Aunque llegamos tarde nos dan de comer: espinacas rellenas de tomate natural y queso. Sin postre bajamos a la pasarela. Por el camino mariposas y telas de araña con insectos que parecen cuentas de collar. Pájaros negros con el pico amarillo y una mancha roja en el lomo. Pájaros negros yendo y viniendo. Cientos de litros de agua nos mojan a base de bien. Es lo más salvaje que he visto nunca.
A la hora de la merienda salen del bosque los Coatíes, que me huelen los dedos y se van. Un chico (perfectamente uniformado de judío) igualito a Antonio Muñoz Quintana, poeta malagueño, nos pregunta do you speak english. Que yes. Que si these animals are dangerous. Que not at all. Ya ves tú la pinta de dangerous que tienen los pobres. Al rato nos paramos a mirar unas cincuenta mariposas negras con rayas amarillas. El muñozquintana se acerca con un colega.
-Any animal?
-Yes, ¡mortal necesary buterflyes!
Intento en vano enviar un mail desde el hotel para que la familia deje de sufrir: que si nos iban a secuestrar, robar, violar y despedazar. Y nosotros en Brasil, tan felices. Felices y mojados. Dejamos una maleta en Bue y en esta sólo traigo un pantalón. Esta noche cenaré con unos pantalones de Alberto. Yo pensaba que parecería un Eminem cualquiera, pero al mirarme al espejo doy más a Mudito el de Blancanieves. Si no me dejan entrar en el restaurante diré que es la moda "Oversize". Menos mal que los japoneses visten peor.
Después de la cena buscamos un chéster negro donde sentarnos a mirar con una cervecita fría. Por el pasillo pasan alemanes, catalanes y japoneses. Me duermo. Me voy. Alberto se queda. Y a las 05.00 estoy despierta. He madrugado más que los pájaros. A las 06.00 los veo llegar en bandadas. Enormes, blancos.
Hugo nos recoge a las 08.00: excursión a las cataratas desde el lado argentino. Una familia de porteños, una parejita argentina, la parejita de Granada (que resultan ser de Barcelona, aunque él es de Córdoba) y una pareja de griegos. La griega tiene cara de espabilada y habla algo de español, el griego se parece a Daniel. Hugo les llama "los intrépidos" porque siempre andan alejados del grupo haciendo fotos a todo lo que se mueve.
Puerto Iguazú tiene casas de madera con porche y niños descalzos por las calles de barro. Cuando a Buenos Aires le va mal, aquí bien. Y viceversa. Mirando los pies de los niños, me pregunto cómo será esto cuando Buenos Aires recupere la paridad con el dólar.
Hito tres fronteras: Argentina, Brasil y Paraguay. Todos se hacen fotos delante de las tres banderas. Hugo chupa de su mate y después lo ofrece a los turistas. Aceptan. Incluso la griega. Nadie hace caso a los niños (pies negros) que venden coatíes tallados en madera. Un perro con sarna se pasea entre los turistas. Un señor muy parecido a Bukowski le rasca detrás de las orejas. Podemos seguir.
-¿Tienes frío?
-Estoy de vacaciones.
Iguazú significa agua grande. Como el pájaro tiazú, nariz grande. Recorremos el parque en un tren de juguete (pero que contamina de igual modo, dice Hugo). Miles de mariposas. Amenaza de lluvia.
La primera parada es en La garganta del diablo. No se ve el fondo, sólo pájaros que entran y salen. Los indios le llamaban La garganta del diablo porque lo que entra, no sale. También pensaban que aquí era el lugar donde nacían las nubes. Lo parece. No vemos arcoiris porque no hay sol. Las noches de luna llena organizan excursiones nocturnas: también hay arcoiris de luna, dicen. De vuelta al tren, Alberto se sienta al lado del maquinista que está en un vagón central en vez de en la cabeza del tren. Incógnita.
En el segundo recorrido me quedo boquiabierta. Las pasarelas están mojadas y si no llevas el calzado adecuado puedes resbalar. Por eso no comprendo cómo los fotógrafos se juegan la vida subidos a escaleras plegables. Vídeos y fotos con flash. Si todo este agua no me cabe en los ojos, ¿cómo va a caber en una cámara?
Comemos en un bufet libre, aquí llamado tenedor libre. Nada reseñable, sólo el postre: plátano en almíbar con queso de cabra. Divino. No recuerdo si volvimos al tren o si fuimos andando porque ver caerte el Salto Bozzetti encima, exageradamente violento, borra cualquier recuerdo. ¿Cómo me llamo? Hugo dice que pidamos deseos si queremos, que nos carguemos de energía, pero que no arrojemos monedas al agua por favor.
Sin ponernos de acuerdo dejamos que cada uno se acerque por separado. Me quito el gorro de agua y el chubasquero. Cuando llego al final de la pasarela Bozzetti me cae de lleno. Me agarro a la barandilla, intento abrir los ojos, pero se me abre la boca. No puedo respirar. No recuerdo si tenía algún deseo que pedir, sólo sé que pensé: no me quiero morir. Calada de felicidad hasta los huesos.
Alberto hizo la pasarela con su capa de agua. Volvió. Se quitó la capa y la camiseta. Volvió a la pasarela. Ya es de los míos.
Nos cambiamos de camiseta, tomamos un café y pasamos un rato mirando los nidos de los Boyeros cacique porque el grupo se ha ido a montar en barca, a recibir el bautismo, dice. Barca no sé, pero bautismo también tenemos: llueve en la selva.
Le pregunto a Hugo cómo se llaman los árboles sin corteza. Mirtácea, dice, y tocarlos es como acariciar a un hombre sin piel. Hugo también nos ha contado que es mentira que las mariposas sólo vivan veinticuatro horas. Las hay que viven hasta treinta y cuatro años, asegura. Y que si queremos que se nos posen en la mano sólo tenemos que chuparnos el dedo. Aquí no tienen otro modo de conseguir sal.
De vuelta, mojados, incómodos y felices, el porteño nos pregunta de dónde somos. Él ha venido con su mujer a celebrar las bodas de plata. A la parejita de Barcelona todavía les queda viaje por delante. Irán a los Andes y a los glaciares, pero no coinciden con nuestras fechas. Al despedirse nos dan besos. Resultan ser muy agradables, lo cuál demuestra que los hurones somos nosotros, como siempre. Los griegos salen del bus empapados y sonrientes.
Pienso que es absurdo venir tapado hasta los ojos: hay que venir en primavera, con bañador y chanclas de playa, como he visto hacer a algunas turistas que sin duda repetían. También pienso que a partir de ahora cualquier chorro de ducha me parecerá insuficiente.
En la tele continúa la propaganda electoral, un candidato pone tomas falsas de otro. La habitación está llena de mariposas porque dejamos la ventana abierta.
Los brasileños comen bien. Todo a base de frutas: plátano a la milanesa, mouse de maracuyá. Mientras cenamos aparece una familia ruidosa de ¿chilenos? La madre se pasa la cena llamando la atención a su hijo Nicolás Gabriel.
Desayunar bizcocho de plátano, qué placer. Y veo a un mi padre desayunando en la mesa de al lado. Idéntico, pero hablando en catalán.
Alberto dice que Gladis olía bien. Yo sólo me fijé en sus preciosos zapatos de punta finísima. Y caigo: ¿qué zapatos llevaba Graciela? Es manía personal, pero en lo primero que me fijo de alguien es en los zapatos. Para mí es el dato más importante. No fijarme en los zapatos de Gra me da idea de lo poco que me importa en ella lo accesorio. Más bizcocho para celebrarlo.
Se me ocurre, mientras una japonesa saluda al sol en la terraza de los desayunos, que podría hacer un libro con las crónicas de los viajes. No sería un libro de viajes, yo no viajo. Pero tampoco hago turismo feroz. Así que sería un libro, no para viajeros que se pasan tres meses en los Cárpatos, ni para familias de fin de semana en Euro Disney. Un libro para personas normales que salen de casa una semana y quieren ver algo más que lo que venga en las guías. Algo así. Alberto no está de acuerdo.
-No voy a ser la única que tenga esta visión de las cosas, digo yo -¿o sí?-, a alguien podría interesarle.
Cuando pasamos por la frontera nos abren la maleta y buscan sin ganas. Deben aburrirse mucho. Mientras, por el caminito paralelo a la carretera, una familia transporta cerveza de contrabando.
Por la ventanilla del avión, cuadros de Klee.
-¿Viajaría Klee alguna vez en avión?
-Supongo.
-La línea recta es un invento del hombre.
-El bambú.
Y pienso en las cosas inútiles: llorar en un avión, pretender darle explicación al paisaje, fotografiar una catarata.
En algunas tiendas anuncian: "Se aceptan patacones". Al parecer, los patacones son unos vales moneda que algunas empresas usan para pagar a sus empleados. Sólo se aceptan en algunas tiendas. Los propietarios de las tiendas que los aceptan pueden comprar con ellos, a su vez, en otras tiendas que acepten patacones. Lo cuál demuestra que el efectivamente el trueque es insuficiente y el dinero algo imaginario.
Preguntamos a un chico por la zona de librerías antiguas. ¿No he dicho que los porteños son exquisitamente educados y atentos? Lo son. Cuando das las gracias, no contestan "de nada", te responden un "no, por favor" tan sincero que desarma.
"Librería del Colegio", Bolívar con Moreno, también llamada "Librería de Ávila" es bonita y huele a antiguo. En la planta baja hay libros usados desordenados, un café decadente donde se puede picar algo y un estrado para presentaciones de libros o conciertos íntimos. Me gusta. Volvemos a la catedral (un hombre enchaquetado, maletín y rodilla clavados al suelo, el puño cerrado sobre el corazón, delante del altar; se me ocurre un relato). Queríamos ver el cambio de guardia de la tumba de San Martín, pero los soldados no están. En su lugar, policía y manifestantes "Que se vayan todos". En el pasaje Roverano, junto al "Tortoni", una barbería deliciosa.
En Florida empiezan a ordenarse los jóvenes (y no tan jóvenes) que venden artesanía en el suelo. Niños pidiendo. Anciana pidiendo. Niños tocando el bandoneón pidiendo. En Bue pierdo el corazón. Me duelen las venas de los brazos. Es físico. Indiferencia de transeúntes. Parece que todo sigue su curso. Anuncios de "Yogurísimo" y telenovelas a base de bien en la tele.
Mientras esperamos a Graciela y Héctor en el vestíbulo del hotel, pasa una pequeña manifestación con banderas rojas por la puerta. Muy pacíficos. ¿Manifestaciones testimoniales?
Puerto Madero era el puerto. Ahora lo han convertido en restaurantes y negocios. Me asombra la inauguración de una farmacia: champán, vestidos dorados y, ¡la tele! Es la costumbre, me dicen.
Cena en "Spetus". Lleno. La chica que promociona vinos recita su letanía. Aceptamos y entramos en un sorteo: ¿viaje a los glaciares o Bariloche? Glaciares, claro. El maître nos explica el sistema "Rodicio": en la mesa, junto a los cubiertos, tenemos cada uno un círculo de dos caras, el camarero irá pasando con diferentes carnes en los espadones, mientras el círculo esté verde te irá sirviendo, y si el círculo está rojo entenderá que no te cabe más; tenedor libre para ensaladas y postres.
Gra me ha traído fotos y el único ejemplar que le quedaba de una antología de relatos que le publicaron en Mendoza: "Sin colorete". Relatos de cinco escritoras:
-Sinco loretes -y pone cara de resignada.
Nos reímos.
El camarero pasó con más de ocho tipos de carne (a destacar el cerdo relleno de queso y la pata de pollo, para mi gusto). Yo puse el círculo rojo la primera. Alberto se queja de que él no lo puso en ningún momento y dejaron de servirle. No es que sea glotón, es que siempre quiere comprobar si las cosas son verdad. Parejas, disfrazados de novios, se hacen fotos en los jardines. Pienso en los rebuscadores de basura, en Borges y en el disco de Odín. Única cara posible, roja. Nada y nada más.
Buscamos un bar, para la penúltima, por Reconquista. Cerveza en "Filo" y hablar sin prisa, despedirnos sin prisa, ¿hasta cuándo? Tengo fiebre. Si está bien, si está bien, si es tan fácil, por qué duele así, por dentro, cantarían Los planetas.
Ni una sola nube. Ayer intenté trapichear con Gra para animarla a que escriba: cambiarle poemas por cada capítulo nuevo que escriba de su novela. No sé si es el aire acondicionado, el cansancio acumulado estos días o la fiebre, pero me flaquean los párpados y los tobillos.
TRES: HIELO
El aeropuerto de El Calafate parece un decorado. Me gusta. Primera impresión al salir a la calle (que es campo): aquí me quedo. La guía que nos lleva al hotel se llama Ana, tiene rasgos indios y es muy irónica. Todo el tiempo hace chistes con los precios de las excursiones (le da vergüenza decir lo caros que son). Cuando un chico le pregunta si podrán ver pingüinos, no se lo piensa:
-Por cinco pesos, pingüinos -risas.
Que no, que pingüinos no hay. Si alguien tiene mucho antojo, puede retratarse con unos de madera que hay a la puerta de algunas tiendas de souvenirs.
"El quijote" es un hotel correcto, digamos. La cama grande y cómoda. Muy tranquilo, aunque aquí, ¿qué no lo es?
Paseamos para hacernos una idea del lugar: una Avenida del libertador, unas calles perpendiculares que dan a otras calles sin asfaltar y nada más: monte a un lado, Lago argentino a otro. Qué felicidad. La selva y las cataratas estaban muy bien, pero es que mi carácter tiende a paisajes más despoblados. Me doy cuenta de que he estado siempre escribiendo "desde aquí". Al final va a ser verdad que los paisajes son estados de ánimo. Nos cruzamos con una familia que venía con nosotros en el avión. Alberto dice:
-Qué familia más especial. En vez de llevar a los niños a Disneylandia los ha traído a Cacalandia.
Antes de entrar a almorzar en el "Rick's café" le dije a Alberto:
-Quiero que me entierren aquí.
¿Almas gemelas?, dijo alguien.
Por una de las calles sin asfaltar nos cruzamos con los dos chicos que querían ver pingüinos. Les preguntamos si vamos bien para Lago argentino. Que sí, pero que hay terrenos lodosos.
-¿Dos osos?
Nunca llegamos a la orilla, siempre hay metros por delante aunque parece que todo está muy cerca. Al fondo montes nevados, detrás caballos salvajes, a mi lado un esqueleto de mamífero grande. ¡Quiero una foto aquí! ¡Ahora!
Intentamos volver por otro camino, por donde vemos jugar al fútbol a una pandilla. Nada. Volvemos por el fango.
-Cuando veas a los dos chavales les dices que no vimos a los dos osos y encima nos hemos puesto hasta arriba de barro.
Molidos a la cama y doce horas de sueño sin coscarnos.
Danilo y Marcelo nos recogen a las 08.00 para llevarnos al glaciar Perito Moreno. Francisco Moreno era un señor que era perito y que hizo una carretera desde El Calafate a Punta Bandera, pero se quedó allí y no vio lo más bonito: el glaciar que lleva su nombre. La infraestructura turística de El Calafate empieza a despuntar ahora. Han pasado de mil habitantes en 1980 a seis mil. En Punta Bandera, a 60 Kms y desde donde salen los barcos a los glaciares, viven catorce personas. Hay escuela y enfermería.
El guía que va contando lo que vemos desde el barco se llama Sebastián. Alberto dice que se parece a Momo, yo digo que se parece a Paco. El agua del lago se parece a la leche: leche glaciaria, dice por el altavoz. Las partículas diminutas de hielo que se desprenden del glaciar tienen el mismo peso específico que el agua y están en suspensión. Me la bebía toda.
Cuando el barco se acerca a la pared norte de Perito Moreno, empieza una historia de ciencia ficción. Nunca en mi vida he visto un azul igual. Nunca en mi vida he visto nada tan hermoso. Nunca en mi vida etc etc etc. El color azul, explica Sebastián, es porque el cristal de cada mineral tiene un color específico y el cristal del hielo es azul. Desde hoy mi color favorito.
Bajamos del barco. Hay pasarelas. Tenemos cuatro horas para pasear. Perfecto. Pájaros grises con chaleco amarillo. Yo llevo gorro negro y mitones. Mañana guantes y otra camiseta, vaya que sí. Todos andan desperdigados comiendo bocadillos y latas de Coca-cola. Cuando ya no saben qué hacer llegamos nosotros a las pasarelas inferiores, sacamos una botella de tinto, dos vasos Duralex, tostadas, paté, salchichón y dos manzanas. Somos la envidia del barrio.
Primero el ruido, después el hielo. Uno no se cansa de mirarlo. Nunca he visto nada que se mueva tanto, tan quieto. Porque el hielo está cambiando cada segundo. Como las nubes. Milímetros de glaciar se descongelan por segundos. A veces cae un trozo grande que levanta olas. Los trozos grandes, a veces taponan el paso del río. Cuando el río no puede más hace estallar el tapón. Lo he visto en fotos. En el año 88, exactamente el 17 de febrero a las 16.15, estalló por última vez.
Alberto ve una cabeza de mono tallada, digamos, en el hielo.
-A ver si el mono se enrolla y se tira.
Nada. Pero de más abajo cae un pedazo de los buenos. Entran ganas de aplaudir. Cuando la parejita de americanos se levanta de un banco bien situado, saltamos como buitres: la madera está calentita. Gracias. Cada diez segundos se oyen, ¿disparos?, ¿truenos?: es el hielo. ¿Dónde mirar?
He leído algo sobre atardeceres patagónicos. Esperamos un buen rato en el paseo marítimo (que es un camino de tierra con farolas y tres bancos de madera sin respaldo), junto al "Club andino". Nada. Pasamos por "La casa del té", a ver si nos dan algo caliente. Cerrada. Nos iremos pronto a la cama, pero hoy cenaremos. Ana recomendó las pizzas de "La lechuza" aunque decía soñar con un McDonald.
Pedimos una ensalada de tomate, tres empanadas, una pizza grande, una cerveza de litro (aquí es costumbre) y una botella de vino. El camarero nos mira con asombro. No sabe que la noche anterior cenamos dos almendras tostadas y un vaso de agua con sabor a metal. El camarero debe de ser el propietario. Se llama Miguel y ha estado en Málaga. Se fue de vacaciones pero encontró trabajo en Marbella el primer día. Dice que allí (aquí) gana como para no tener que trabajar en varios meses. Se ha comprado un terrenito y se ha construido una casa. Me intereso por los precios (ya digo que no descarto venirme a vivir algún día). Un terreno de 10 metros por 25 de fondo, 500 pesos (150 euros con 25, o lo que es lo mismo, 25.000 pesetas). ¡Me vengo seguro!
A nuestro lado se sienta una familia: ella cara de india, él rubio de ojos azules. Dos hijos, Eric y Agustina. La niña es preciosa, tendrá año y medio. Les digo lo linda que es y me dan las gracias sinceramente. A Alberto se le ha abierto una brecha paternal y dice que estaría dispuesto a tener un hijo.
-Uno de cada tres días.
Conmigo lo lleva claro. Detrás de nosotros se sienta un ¿alemán?, pide una pizza y una Fanta. Por la ventana se ven pasar Chevrolets.
-Mira, atasco en Calafate.
Más difícil que morir atropellado en El Calafate, diría Chiquito de la Calzada. Por cierto que dos de cada tres coches no llevan matrícula. Las casas son de madera, algunas pintadas de colores (muros amarillos y tejados violeta, por ejemplo) y pequeñas, según Alberto. A mí me parece que están bien de tamaño para una pareja (incluso para una pareja con un crío).
-¡Con todo el espacio que hay!
-¿Para que sea más fácil calentarlas?
Miguel nos da tres motivos: que las parejas no tienen acá muchos hijos, que venden terrenos no muy grandes para que haya para todos y que no necesitan más. Alberto no se queda conforme con la respuesta. Yo estoy más que satisfecha: no necesitan más. Nos sobran dos trozos de pizza.
Miguel nos da dos besos (aquí la costumbre es uno; entre hombres también) y le deseamos suerte. Si tiene algún recado para su amiga de Marbella nos dejará una nota en el hotel. Antes de dormir me acuerdo de las dos adolescentes que venían con nosotros en el barco. Se sentaron en el suelo de cubierta de espaldas al glaciar a comer gominolas. Pienso en ese desdén, en esa indiferencia natural por todo que las hace tan elegantes. La elegancia de las adolescentes.
Veníamos con intención de ver estrellas, constelaciones distintas a las que vemos normalmente. Siempre nublado.
-He soñado con "La cruz del sur" -digo en el desayuno, y me doy cuenta de que los cestos del pan están hechos de pan.
A las 08.00 ya estamos de nuevo camino hacia el glaciar, hoy el Upsala. Por el camino se ven ovejas. Danilo contó que las ovejas acaban con el pasto ya que al comer no cortan la hierba, la arrancan de raíz. En el barco me entero de que Calafate es una planta con espinas, de hoja pequeña y dura que da un fruto morado con el que se hacen tartas y licores. Los antiguos habitantes de El Calafate se llamaban Chonkes, el licor Guachacay y tienen una bonita leyenda cuya protagonista es una anciana llamada Koonek. "El que come calafate vuelve", sería el resumen. Maduran en febrero y es septiembre.
En el servicio del barco hay un letrero: "A la delicadeza y comprensión femeninas, deposite sus residuos personales en los recipientes destinados a tal efecto". Recordemos que estamos en un parque natural protegido.
El barco sortea témpanos de un azul delicioso. Sebastián explica que los témpanos y los icebergs son la misma cosa. El Upsala es mayor al Perito Moreno, pero está más sucio y no hay pasarelas. Para llegar al lago Onelli, donde desembocan tres glaciares más, hay que cruzar un bosque de Lengas. Cortezas negras envueltas de liquen verde y amarillo. Le pregunto si los árboles están muertos.
-Los que están tumbados sí.
Los que caen no los retiran para que formen una nueva capa de suelo. Que de dónde somos, que él estuvo en Málaga, que qué maravilla de clima, que qué bonito Nerja. Es de Buenos Aires pero viene a trabajar en invierno a los glaciares. Cuando llega el verano se va.
-Vivo en un invierno permanente.
Dice que tiene ganas, no de estar en primavera sino de estar quieto en un sitio para verla llegar con todos sus cambios. Sebastián no se parece a Momo ni a Paco. Sebastián no se parece a nadie. Nos cuenta que el pan de indio, llao-llao, se llama así porque llao significa rico en el idioma de los chonkes, y al no tener superlativos repetían la palabra: llao-llao = rico-rico = muy rico. Pero que la fruta en realidad no está muy buena.
Al llegar al lago Onelli uno se queda congelado. También de frío. Preciosas piedras que suenan de miedo cuando se camina sobre ellas. En el agua flotan pedazos de hielo transparente ¿troquelado? que parecen auténticas joyas. Me meto uno en la boca. Me guardo unas piedras en el bolsillo (sé que estaba prohibido, lo siento, pero no puedo resistirme).
En la tele más secuestros, dos etarras mueren en Bilbao, en la guía de teléfono de la Patagonia dos Bono: Adriana Bono y Sergio Bono. Mi madre me dijo una vez que si hubiera nacido niño me habría llamado Sergio.
-¿Pluriempleo? -le digo a Sebastián cuando lo vemos trasplantando flores a la puerta de los Fernández Campbell.
Del hielo a la tierra. Que se alegra de que nos haya gustado, que lo que daría por un poquito de sol, que si nos cambiamos.
-Me quedaría a vivir aquí.
-Vení cuando querás. Acá vamos a estar siempre.
No nos da la mano para despedirse porque, dice, las tiene sucias. Buscamos un rayo de sol en el parque y escribimos una postal a Francis y Cocó. Hablamos de que Buenos Aires no nos ha impactado tanto como París o Nueva York. ¿Quizá porque estamos saturados de ciudades? ¿Quizá porque la naturaleza es lo único que puede sorprenderlo a uno a estas alturas? Y paseamos. Y descubrimos el "Cabaret Gran Judas".
No sé en qué momento se nos pegaron estos tres perros como si fueran nuestras mascotas o nuestros escoltas, pero no nos dejan en paz. No he dicho que aquí los perros están locos y andan sueltos por la calle. Se dedican a perseguir a la carrera a los coches. Estos tres, con pinta de perros macarras, se despegan sólo de nosotros para perseguir a un coche, después vuelven. Nos hacemos los locos. Nos sentamos en el paseo marítimo, aparecen dos turistas a caballo acompañados por un hombre con cara de indio, los perros se ponen nerviosos y se nos restriegan en las piernas buscando amparo. Antes se metieron en los terrenos lodosos, así que nos han puesto buenos.
Queremos tomar un vino y deshacernos de los perros. Entramos en "Posada los álamos" (precioso hotel) y vemos que los perros se tumban a esperarnos en el parterre. Qué cariñosos nos han salido, hombre. La camarera con ojos de Betty Boop nos trae dos oportos. Tiene no más de dieciséis y mucha timidez. Nos pregunta, haciendo un gran esfuerzo y con una gran sonrisa que de dónde somos, si nos gusta el sitio. Que sí, que mucho.
-Aquí hay poco que hacer -y se retira dulcemente.
El tiempo pasa distinto cuando es de espera y nosotros estamos esperando dos cosas: que los perros se larguen y que vengan a buscarnos para llevarnos a Ríos Gallegos, de donde sale nuestro avión hacia Bue. Gladis consiguió cambiar el Buenos Aires - Ríos Gallegos a las 04.30 de la mañana por un directo a El Calafate a las 09.00. El regreso sigue como antes.
De El Calafate a Ríos Gallegos hay 400 Kms. Comemos antes de irnos. Nada reseñable salvo que el bar tiene la tele puesta, están dando una telenovela y en la escena de la fiesta suena de fondo el "Aserejé".
Un autocar pequeño nos llevará a Ríos Gallegos. Ya instalados, la familia especial y la mujer y la hija del conductor. El pasajero que falta resulta ser la señora sonriente que venía en el barco que nos llevó al Perito Moreno, se llama Celia e inmediatamente se hace amiga de la hija del chófer, Selene. La madre de Selene rellena cestos con jabones y paja y los vende envueltos en celofán. Ella y su marido se pasan el mate y le ofrecen a Celia, que bebe agradecida. Después me contará que viaja sola, que cumplió setenta años en El Calafate, que tenía planeado este viaje desde hacía tiempo pero que su hermana no pudo venir por falta de dinero. Muy valiente y muy agradable. Celia. Nos pide que le hagamos una foto delante de "La esperanza", único restaurante de La esperanza, ¿pueblo? entre El Calafate y Ríos Gallegos. Pueblo es mucho decir: La esperanza es un restaurante, una gasolinera y la gomería "El zorro".
La carretera es mala, el chófer conduce estilo patagónico, esto es, cuando conviene por su carril, y cuando no por el arcén... del carril contrario. Con eso y con todo los 400 Kms pasan en un santiamén. El paisaje cambia tan lentamente que uno no se da cuenta hasta que ha pasado. Primero tierra, después grandes charcos color azul marino y, cuanto más bajamos, los charcos se van convirtiendo en hielo y nieve. Los conquenes, siempre en pareja, parecen los mismos. Los guanacos de uno en uno, desperdigados. No hay más. De vez en cuando una señal con disparos y a 100 metros otra que reza "Destruir las señales es delito".
Miro el gesto de conformidad de Celia y me acuerdo de una señora que entrevistaban en la tele. La señora no tenía dinero y había bajado a la calle a vender sus cosas de la casa. La periodista le preguntaba si no le daba pena desprenderse de sus recuerdos.
-Hay que adaptarse.
-¿Qué piensa de Argentina?
-Que se hunde.
En "La esperanza" pedí un Cola-cao y me dieron un vaso de leche con una pastilla de chocolate dentro. En la pared, fotos de una oveja enorme única ganadora de todos los premios de ovejas año tras año. Las bufandas blanquiazules de la oveja también cuelgan, mugrientas, de la pared.
En la radio del coche Alex Ubago. Frente al aeropuerto de Ríos Gallegos promocionan un cementerio privado. Ya volando pienso en que cuando llegue a casa me haré un gorro de lana con orejeras. Para cuando vuelva. Antes de bajar del avión Celia nos da un beso y nos dice sois estupendos, no cambiéis, mucha suerte.
Me da tiempo a ver una constelación con forma de Y que sospecho es "Centauro". Y de vuelta al Florida donde ya nos tienen bastante vistos. Tanto, que nos dan una suite. Última noche en Buenos Aires.
El guardia jurado de la recepción nos acompañó a la habitación. Tenía ganas de hablar. Tenía amigos en Mallorca. Todos quieren saber dónde vives, qué clima tienes. España les suena bien. Por la mañana llamo a Graciela para despedirme. Intento recordar sus zapatos. Nada. Paseamos hasta Plaza San Martín muy callados. Un día de sol como pocos.
El señor de padres gallegos nos recoge, muy puntual, en el hotel. Hablamos de fútbol. Él es de Independiente, pero antes que nada es del Celta. Su padre era de Sanxenxo y su madre de Santiago. Todavía no ha podido ir a Galicia. Pero irá.
Hemos pedido antifaces para poder dormir y, sobre todo (yo), para no tener que hablar con nadie. La chica de mi lado me pide que le cambie el asiento para poder sentarse junto a su amiga. Que no voy sola. Le digo que la chica que va al lado de Alberto va sola. Se lo pide. Que no, que es cuestión de cábala, que lo siente mucho. Alberto se pone el antifaz al oírla. Junto a su amiga se sienta un chico con la cabeza rapada que cambia su asiento a pesar de que él tenía ventanilla. Se sienta a mi lado. Se parece a Jaime. Despegamos. El chico abre un sobre y saca unas cartas con pegatinas brillantes. No quiero mirarlo, pero lo oigo llorar.
-¿Estas bien? -tendiéndole un kleenex.
Que sí. Es que su hermana le ha escrito unas cosas. Que se va nueve meses mínimo. Entre tanto, por el pasillo se pasea un cura con sotana preguntándole a todo el mundo si es católico. Al cabo del rato, y a cuenta de que el cura le ha dado montones de fotocopias y estampitas de Escribá de Balaguer al chico de la cabeza rapada, volvemos a hablar. Es de Mar del plata. Se va porque quiere, en realidad, y porque trabajo no hay. Entre tanto, un chico alto con cara de iluminado y un gorrito de tela calado hasta los ojos, va pidiendo autógrafos al pasaje:
-Me han firmado todos menos los dormidos.
Al rato despierta a dos extranjeros para que les firmen. Absolutamente demencial. El chico de la cabeza rapada se llama Juanjo, aunque sus amigos le llaman "el joven". Me enseña las fotos de la fiesta de despedida, de disfraces, él iba de torero. En España quiere terminar Empresariales y estudiar Bellas Artes. Tiene veintiún años. Desaparece. Ha encontrado a una chica de Mar del Plata más allá de los servicios. Reaparece con dos sandwiches y dos coca-colas. Nos regala una caja de alfajores "Havanna" de Mar del Plata.
-¿Por qué?
-Porque sí.
Cuando bajamos del avión, en Madrid, le digo que mire al cielo que aquí las constelaciones son distintas. Nos besa. Suerte. Mucha suerte. Espero volver a verlo.
Volviendo a "Sobre héroes y tumbas", Martín dice que las palabras clave de su existencia son: frío, limpieza, nieve, soledad y Patagonia. ¿Las mías?, nunca me he parado a pensar. Despedidas, es una de ellas, sin duda.
Septiembre, 2002.
