CARTAS A LA HIJA
Tengo un amigo que no quiere perdurar. Es pintor. Pinta -como los buenos- para acercarse al secreto, al misterio. René Char dijo que algunos seres tienen un significado que ignoramos y que su secreto está en lo más profundo del secreto mismo de la vida. "Se acercan a él y ella los mata". Mi amigo desea que, cuando muera, sus cuadros se borren. Tanto le da si están en el Moma de Nueva York o en mi dormitorio: el barniz, el óleo, la imprimación, chorreará por la pared como el agua en el servicio de caballeros de un bar de diseño.
Pintar para aproximarnos a ese algo que intuimos. Escribir poemas o repasar lo que hemos soñado, con autentica vocación de alquimistas, para hallar la piedra de toque. Pero, ¿para qué escribir cartas?, ¿para qué repasar por escrito lo visto, lo hecho, lo pensado, lo intuido, y narrarlo para otro que quizá nunca responda?
Madame de Sevigné escribió miles de cartas a lo largo de su vida. Marie de Rabutin-Chantal nació en 1626, quedó huérfana de ambos padres a los siete años -y viuda con dos hijos a los veintiséis-, y aunque recibió una exquisita educación de sus tíos, no es de extrañar que al tener una hija quisiera darle todo el calor materno que a ella le faltó. Madame de Sevigné amaba a su hija más que nada, incluso más que a Dios, como confiesa -preocupación que le atormentará siempre- en una de sus cartas desde Livry "si hubiese llorado tanto por mis pecados como he llorado por vos desde que estoy aquí, estaría en perfectas condiciones para cumplir con la Pascua y el jubileo".
La correspondencia entre ambas comienza el 6 de febrero de 1671, dos años después de la boda de la hija. Francoise-Marguerite, ahora Madame de Grignan -la muchacha más bonita de Francia-, acaba de parir una hija que deja al cargo de una nodriza y parte hacia Provenza para encontrarse con su marido. Madame de Sevigné -al cuidado de su nieta- vivirá esta separación como un drama "recibo vuestras cartas, querida hija, igual que vos recibisteis mi anillo: me deshago en lágrimas leyéndolas; diríase que mi corazón quiere partirse por la mitad".
El porqué gusta recibir cartas está claro: para saber que se acuerdan de nosotros. Utilizando esa misma lógica, cabría decir que escribimos cartas para que otros sepan que nos acordamos de ellos. Pero, ¿y si en realidad escribiésemos cartas para obligar, de algún modo, a que nos recuerden, a que nos quieran? "la única pasión de mi corazón, el placer y el dolor de mi vida Amadme siempre, es lo único que puede consolarme".
¿Cartas para distraer el aburrimiento y la soledad de una hija que vive lejos, o cartas para aliviar la propia nostalgia? "es que me importáis mucho, que me gusta charlar con vos a todas horas, y que es el único consuelo que me queda".
Se ha dicho que este amor absorbente era, cuanto menos, anormal. Para juzgar me faltan datos, puesto que no he leído la réplica a estas cartas. Tal vez en aquella época, al igual que era costumbre tratarse de usted entre parientes tan cercanos, lo fuese declarar con tales palabras -y hechos- las emociones "me doy miedo cuando pienso lo capaz que era entonces de tirarme por la ventana, pues a veces estoy loca; ese gabinete, en el que os besé sin saber lo que hacía". Lo que nadie pone en duda es el testimonio histórico que suponen estas cartas.
En 1665, Chantelou apunta minuciosamente cuanto hizo Bernini los meses que estuvo en París llamado por Luis XIV para diseñar los proyectos de un nuevo Louvre. En "Diario del viaje del caballero Bernini a Francia" queda retratada la corte, las intrigas de la vida artística parisina, los problemas económicos y sociales que planteaba la construcción de un palacio para el rey y las minucias del protocolo. En "Cartas a la hija" obtenemos otra perspectiva del mismo paisaje a través las noticias de la vida cotidiana que la autora envía a su hija. Si el relato de Chantelou es casi un tratado de arquitectura barroca, el de Madame de Sevigné lo es del barroquísimo andamiaje desde el que se construyen las relaciones de la época.
En 1694 madre e hija se reúnen por fin en Provenza. Madame de Sevigné muere en 1696, se dice, a causa de las noches en blanco provocadas por la enfermedad de Francoise-Marguerite. También se especula sobre el poco cuidado que recibió de su hija. Como dato curioso, añadir que su ataúd fue roto -en plena revolución- para apropiarse del plomo que contenía, y un juez de paz hizo serrar su cráneo para enviarlo a París con fines de estudio.
Yo no sé cuál fue el dictamen de los señores frenólogos, ni si Madame de Sévigné quería perdurar a través de sus escritos -por los autores que cita y el esmero con que describe situaciones y sentimientos, se intuye que era una mujer leída y digna de ser leída-, como tampoco sé si esperaba réplica a las apasionadas cartas que escribió a su hija "escribo aunque no tengo ninguna carta que contestar". Hay personas que nunca esperan de quien aman: amar ya es suficiente compensación. Aún así, imagino al más altruista ansiar -como el rey Lear de su hija Cordelia- un solo te amo que le impulse a seguir amando, a seguir vivo.
Las cartas -como los sueños- son señales de vida.
Mi amigo aún no lo sabe, pero hace poco rompí todas sus cartas. Antes las leí meticulosamente. Al igual que sus cuadros, eran ecos de noticias de ese secreto que todos buscamos.
Publicado en la revista "nosOtras". Bizkaia, 2000.
Autora: Madame de Sévigné
Editorial: Muchnik, 1997.
Número de páginas: 217.
