Estambul, dicen, es la imagen que el viajero viene buscando. Dejemos desde un principio las cosas claras: yo no viajo, hago turismo. Tampoco busco. Si estoy aquí es porque el azar ha vuelto a prepararme la maleta.
En el aeropuerto Atatürk me cobran 10$ por el visado y estampan un sello en mi pasaporte donde puede leerse: Giris. Ya me han visto la cara, pienso. Giris significa entrada. Salida en 3 idiomas y 500 pares de ojos al abrirse las puertas automáticas. Quiero ver coquetería en la actitud repetitiva de esa niña de 12 años que, aun vistiendo como la Spice Girl del chándal, ajusta una y otra vez el pañuelo a su cabeza. Pero en su gesto sólo hay tozudez aprendida: ningún mechón debe quedar visible.
25km hasta la zona antigua, Eminönü, donde está mi hotel. Beyoglu es la zona moderna. Suelto la maleta. Takxim Square, please, y el taxista, que ha aprendido a conducir con una PlayStation, me pone allí en 10 minutos. Por el ambiente, mas que cruzar el Cuerno de Oro parece que haya cruzado el Canal de la Mancha y esté en Picadilly Circus.
La calle Istiklâl (peatonal) está abarrotada de gente que entra y sale de bares y tiendas tipo Vips. Podría ser Madrid si no fuera porque abunda la vestimenta ochentona. Perpendiculares a Istiklâl, bares de bocadillos y pubs. 50 metros más y las calles se vuelven fachadas fantasmas con ropa tendida.
En el Palacio Topkapi se pueden visitar jardines, patios, salas, tesoros, exposición de trajes y el Harén. Harén significa prohibido y era un palacio, dentro del palacio, con más de 300 habitaciones. En él llegaron a vivir 1.200 mujeres. La última salió en 1909. No todas las mujeres tenían el "privilegio" de acostarse con el sultán, muchas llegaban sólo como sirvientas de las otras. Un detalle que demuestra la sutilidad de los sultanes es que los pepinos y los nabos sólo entraban en el Harén troceados.
La exposición de kaftanes imperiales mucho mejor que Hazine (tesoro): fuentes de oro con puñados de esmeraldas que, para un ojo inexperto como el mío, bien podrían pasar por botellas de Heineken hechas añicos. Si me tengo que quedar con algo no es con la espada de Mehmet el Conquistador, ni con el diamante del fabricante de cucharas: elijo la sala de las reliquias de Mahoma, donde un hombre recita el Corán. Tiene algo de dolor hasta el punto de hacerme llorar. Sin duda, esto se cura comiendo.
En las terrazas del palacio hay un restaurante y un bar, con vistas al mar de Marmara. Por todas partes venden Kebaps para comer sobre la marcha.
Obligatorio un café turco en la Cisterna de la Basílica. Sin duda estas tazas diminutas no son de celadón (que según creían los sultanes, tenía propiedades para descubrir si la comida estaba envenenada). Masticar café a 6 metros bajo tierra en una construcción del año 325 d.C. no está nada mal, lo que me molesta es escuchar el verano de Vivaldi (por cuarta vez!) y que me caigan goterones como castañas mientras trato de hacer una foto a las dos cabezas de Medusa.
La Mezquita de Solimán me sobrecoge mucho más que la archifamosa Azul. Cientos de lámparas de 10watios sobre mi cabeza. Junto a una columna alguien ha olvidado su Tesbih, esa especie de rosario que llevan los hombres en la mano, no sé bien si para rezar o distraer los dedos.
Santa Sofía, o la iglesia de la Divina Sabiduría, fue durante mucho tiempo el edificio religioso más grande del mundo. Los mosaicos dorados están incompletos, hay inscripciones vikingas, mármoles verdes, blancos y amarillos, que junto con los tondos caligráficos que cuelgan del techo le dan aspecto de pastiche. El mayor atractivo es ver las contorsiones de los turistas al meter el pulgar en la columna de San Gregorio o columna que llora: poderes curativos, dicen.
La Mezquita azul es gris. Está decorada con más de 20.000 azulejos con motivos florales y geométricos. Muy recargada. No hay que pagar entrada, las mezquitas funcionan por donaciones.
Beyoglu está aún más atestado por la tarde que por la noche. Cantidad de ciber-cafés. Si llegara a cansar Oriente, por Istiklâr hasta Tünel Meydani, el "CaffeeHaus": como estar en Berlín. A pocos metros un monasterio sufí donde se supone que los bailarines giran para el público el último domingo de cada mes.
Desde la Torre Galata vistas sorprendentes de Estambul, laberinto de calles y mosaico de azoteas. En algunas, se ven mujeres tendiendo ropa o sentadas alrededor de un mantel.
Todas las calles huelen a cordero churruscado. Al principio gusta, al tercer día marea. Para variar de olores (y de dieta) lo mejor es bajar la barrio Kumkapi, donde huele a salitre y se puede comer todo tipo de pescado. En los restaurantes se mezclan parejas de turistas y grupos de hombres turcos, que parecen celebrar (con músicos incluidos!) haber cerrado algún negocio. A la hora del Raki (anís que se toma con agua) hasta bailan.
Imprescindibles: paseo por el Bósforo y visitar un hamán.
El barco sale a las 10.35. Me bajo en el último pueblo, Anadolukavagi, donde en 3 horas de atraque tengo tiempo de subir a las ruinas de la Fortaleza Genovesa y ver el Mar Negro. El Mar Negro es azul.
De regreso a Estambul, todavía da tiempo a pasar por el Bazar de las Especias y por el Gran Bazar, donde se puede comprar desde bolsos piratas de Gucci por 3.000pts, a un traje de danzarina. Después de un día agotador, nada como acercarse a un hamán.
El hamán de Çemberlitas fue construido en 1584. Tiene dos salas, una para hombres y otra para mujeres. Está abierto de 6 de la mañana hasta media noche. Una vez dentro no hay restricciones. La entrada, sólo baño, cuesta 1.350pts, y con masaje 2.250pts. La zona de hombres consta de cabinas individuales donde se desnudan, guardan la ropa y descansan. A los hombres no se les permite ir desnudos. En cambio, la de mujeres carece de intimidad. En un único pasillo las mujeres se desnudan completamente y guardan la ropa en taquillas. Las masajistas, que no pierden detalle y ríen continuamente entre ellas, entregan un Pestamal (especie de pareo), unas chanclas feísimas y un jabón. Nada más abrir la puerta, el intenso calor de la sala hace que mis poros se abran al unísono. Mis poros y mis ojos.
Sobre una piedra circular de mármol de unos 8 metros, y como si fueran radios de una bicicleta, mujeres tumbadas. La piedra quema. Alrededor de la sala hay fuentes con agua caliente y fría. Las masajistas, las únicas que no van desnudas (visten unas bragas XL), no paran de gastarse bromas mientras zarandean a las turistas que, por temor o puro goce, se dejan hacer.
Entre risas, las masajistas se pican unas a otras y, aunque yo no hable turco, entiendo por el tono: "¿Cómo que no me atrevo? ¿Qué te apuestas?". Y mientras una se sube a la piedra caliente para bailar, las demás usan los cubos como tambores. Cuando terminan el show, y de enjabonar a las rubias blanquísimas que ahora son pieles rojas, se bañan ellas mismas. Al fin voy a comprobar si es verdad eso de que las mujeres turcas se depilan completamente, pienso. Pero a pesar de haberse quitado las enormes bragas negras, las barrigas les cubren hasta las inglés.
Aquí no hay reglas, si se prefiere, una puede traer su champú, su manopla y hasta su propia masajista con la tripa en su sitio.
Tumbada boca arriba veo que anochece por los agujeros de la cúpula. De vez en cuando me cae una gota templada. La total relajación (y mi yo literario o simplemente cursi), no me hace pensar en vapor condensado y licuado sino en lágrimas. Porque supongamos que alguien a quien dejé me sigue amando y que el único modo de volver a recrearse en mi cuerpo es espiar desde lo alto. ¿Las lágrimas?: el dolor de ver a una tosca masajista manosear por donde antes acariciaron sus manos.
Al salir a la realidad hay toallas y un secador de pelo.
Si sobra tiempo se puede visitar el Museo Arqueológico, el del Mosaico y en el barrio Besiktas el Palacio Dolmabahçe de decoración "Luis XIV orientalisé" (dijo Théophile Gautier), donde murió Atatürk.
Para la última noche, recomiendo disfrutar de una intimísima cena en el restaurante Rami (unas 5.000pts por persona). Ressam Rami es un pintor impresionista turco. Su hijo, ha conservado la casa y la decoración otomana decimonónica y ha abierto un restaurante con vistas a la Mezquita Azul.
Mezquita iluminada, arañas de cristal blanco y rojo colgando del techo, lámparas con velas, porcelana, vino, música de Bach y tú, después, en la cama, dentro.
Al hacer la maleta me doy cuenta: sin duda el viajero que busca llega y se va con lo imprescindible, nunca envía postales, no compra souvenirs, el aspecto del viajero se desgasta por fuera, su interior crece, la riqueza del viajero sólo se ve en la lentitud de sus gestos.
Ya lo dije, sólo soy una turista que viaja.
Publicado en la revista "nosOtras". Bizkaia, 2000.
