Viernes 26, sol, Málaga-Madrid.

Llegamos a la estación de RENFE a las 17.30. Un puñado de banderas de la CNT nos reciben como lapiceros en un cubilete gigante. El hombre de la barba no deja de golpear el tambor y chiflar con el silbato. Verás. Me siento a leer "El verdadero oeste" de Sam Shepard. Por allí pasan Inés, la exnovia de Momo y Currito. Todos a Madrid por separado. Hurón total, no saludo a ninguno. Pasa el tiempo y se me acaba el librito.

A las 18.05 ocupamos nuestras plazas. A los cinco minutos, en el momento en que estoy leyendo cómo meten a quinientos judíos en un vagón destino Auschwitz, avisan por megafonía: el tren tendrá un retraso de, ¡dos horas! Me hundo en mi asiento y en "Si esto es un hombre" de Primo Levi. Alberto dice que se vuelve a casa a dormir la siesta. Veo que no es broma porque se levanta.

-El despertador va en la maleta, te advierto.

De vez en cuando miro al monitor que cuelga del techo: una película de aviadores, Mickey Rooney pilota con una chistera verde. En fin. Mientras no pongan el consabido documental sobre monos, todo irá bien.

A las 19.55 aparece Alberto con dos latas de cerveza y cuatro bocadillos. Buena idea. Se sienta, abre el periódico, lo cierra, se levanta y sale al andén. Después, la nerviosa de la casa soy yo. En el monitor Grace Kelly se baña, en blanco y negro, en una piscina climatizada con una familia japonesa. La imagen va y viene, como Alberto. "Si esto es un hombre" me lo recomendó Momo.

-No pude dormir en dos semanas. Ten cuidado.

-Tengo la piel dura, descuida -le dije.

Cierto que sabemos, aunque no encendamos la tele, todo lo que pasa ahí afuera. Pero leer tiene algo de violencia, de berbiquí, de pesadilla. No estoy de acuerdo con que una imagen valga más que mil palabras. Me quedo con las palabras.

Llegamos a Madrid a las 24.15, yo agotada. Cocó nos recibe sonriente con una infusión en la mano. Me muero en el sofá mientras ellos hablan de castillos hasta las 2.00. Francis ya está en París. Fue por trabajo el jueves y nos esperará en el aeropuerto. Cocó nos ha preparado la cama. Ella dormirá en el sofá. No tengo fuerzas para luchar y acepto. Los vecinos no dejan de arrastrar muebles hasta las 4.00. A las 7.00 suena el despertador, lo oigo desde la ducha.

Sábado 27, nublado, Madrid-París-Orleans-Crouy sur Cosson.

Aeropuerto. Nos costó trabajo encontrar plazas. Sólo quedaban en Air-France. "El doble de caro, el triple de puntual", debería ser su eslogan. Desde la ventanilla se ven enormes campos amarillos. Nos preguntamos si serán tulipanes.

-No se levanten de sus asientos hasta que...

Pero todo el pasaje está ya en pie sacando el equipaje de mano.

-¡Mira! ¡El de "Amélie"! ¿Cómo se llama? ¡Pignon! ¡Es Pignon! -señalando primera clase.

Junto a la cinta de equipajes busco a Francis para avisarlo de Pignon. Cuando lo encuentro detrás de la cristalera, veo que anda haciendo muecas para avisarme de Pignon. Mientras me hago dos trenzas, Pignon rebusca en su mochila a mi lado. Yo feliz.

Ay, Cocó, ¿¡cómo se te ha podido ocurrir!? Nada más llegar, le dice a Francis: Petit Pupú. Ni que decir tiene que hemos estado todo el viaje quemando a Francis, que en ese mismo instante perdió su nombre para siempre. Nos han dado un Peugeot 206 verde con matrícula del sur. Paramos a comer en un "aire" de descanso.

Orleans. Cierta decepción. La calle principal está llena de banderas gigantes. No sé si estarán ahí siempre o será porque el 29 de abril se celebra la liberación de la ciudad. Visitamos la catedral. Gótica, como todas por aquí. Calles peatonales que desembocan en una plaza con una enorme y dorada Juana de Arco a caballo. En las tiendas de souvenirs venden gatos de Orleans. Ignoraba que aquí hubiera un gato famoso. Azules no son, luego de Doraemon no se trata.

Dirección Vierzon-Limoges. En Ligny le Ribault hay una exposición de coches antiguos en mitad del campo. En una hora hemos llegado a Crouy sur Cosson. Cosson es el río. El pueblo son diez casas, una carretera y un cementerio. "Le moulin de Crouy", donde dormiremos estas tres noches, está al final del camino de un camino. Muy bonito. Dos casas, una para los dueños y otra para las cinco habitaciones. Nathalie (que se parece a Ana Torroja en sus peores tiempos) nos recibe, nos enseña las habitaciones. Cada una tiene una decoración y un nombre. "Milady" en rosa para ellos, "Pastourelle" en azul para nosotros. La más bonita, vista desde fuera, es "Clé des champes".

La casa es de piedra y madera. Sobre todo madera. Las habitaciones tienen las paredes enteladas. Todo esto debe de arder muy bien. En el caso de que hubieran usado telas con amianto para evitar el fuego, moriríamos de cáncer, pienso. El váter está aislado en un cuarto estrecho. El cuarto de baño, sacado de una revista de decoración, no tiene bidé. Sin comentarios.

Nathalie y su familia hacen trabajos de decoración y tapicería además de regentar la casa rural (que de bonita que es ha merecido pertenecer a los "Gites de France"). Creo que es la forma de vida que querría para mí. Vivir aislada en el campo me daría miedo, pero aquí no están nunca solos, aunque sí independientes: todo el año tienen el hotel ocupado. En la explanada junto al río hay un columpio y un castaño enorme. Sobre el río un par de puentes de madera y una barca. Muy idílico todo. Nathalie le ha recomendado dos restaurantes a Cocó. Aquí se cena a las 20.00 así que nos vamos.

El restaurante "Auberge du bon terroir" quiere parecer elegante. Para ello han pintado las paredes de salmón eléctrico y elegido espantosas flores gigantes para las cortinas. La camarera tiene las cejas asimétricas, la boca entre paréntesis y jamás sonríe. Cocó nos explica que en Francia suele tomarse un aperitivo: kir, kir petillant o pastis. A saber: kir es vino blanco con licor (mora, nuez, melocotón), kir petillant vino de aguja con licor, y pastis es ese anís denso que toman con agua y da un dolor de cabeza del cagalse (mi preferido). Cenamos demasiado. La cena dura, ¡cuatro horas! Luna llena. Aquí los pájaros cantan de noche. Aun así me duermo en dos minutos.

Domingo 28, muy nublado, Crouy sur Cosson-Chambord- Blois.

Hemos dormido bien. Para desayunar hay que cruzar la explanada de hierba hasta la otra casa. Es un hotel con "Table d'hôte". Hôte es tanto el que acoge como el que es acogido, me explican. Table es una mesa de diez metros donde se reúnen los acogidos a las horas de las comidas. Los demás acogidos deben de ser no-españoles puesto que desayunaron a las 8.00, nosotros a las 10.00 (hora tope). Mermeladas caseras, bollos, baguettes, cakes, etc. Mañana no me entrarán los pantalones, fijo.

Camino del Castillo de Chambord veo árboles sin hojas. Me entretengo en imaginar el paisaje seccionado. Árboles simétricos desde el suelo hacia arriba y hacia abajo. Las ramas son las raíces del aire. Noto los pulmones vacíos. En la radio suena Teleman. El Castillo de Chambord es el más grande del Valle del Loira. El muro que lo rodea mide 32kms. Se terminó de construir en 1685 por Luis XIV y dicen que sobre los diseños de Leonardo. Es enorme y vacío. Apenas unos muebles descolocados. En el centro una escalera de doble hélice. En una vitrina hay una corona y un auténtico cetro de rey que termina en una mano cerrada con el índice apuntando. Yo creía que esto sólo pasaba en los dibujos animados.

En un salón, frente a una estufa gigante de esmalte, hay un retrato de un rey de Polonia con una ropa de chiste. Me gustan los zapatos de los personajes de los cuadros. En las vitrinas hay soperas con forma de cabezas de bichos. Parecen de un todo a cien. Una delicada figurita de Meissen, Cazadora, me hace recordar al Barón de Utz. Antes de salir a las terrazas advierten que no se pinte en los muros. Los muros están llenos de nombres y fechas en bajo relieve. Me fijo en algunas: Chalcaux 1841. Alucinante. Jugamos a ver quién encuentra la más antigua. He ganado: Simon 1618. No sé si es que gamberros ha habido siempre o será el nombre del que talló la piedra.

Comemos en un restaurante junto al castillo. Yo una endivia envuelta en jamón con bechamel y tarta de piña. Y mucho vino. De camino a Blois vemos bosques a los lados de la carretera. Alberto frena. Entramos por un ¿cortafuegos? A los lados se oyen animales grandes que se mueven. Alberto quiere pillar a uno desprevenido y corre hacia el bosque. Yo también voy. Es agradable correr, un grado menos con cada metro, entre las ramas. Un dedo me sangra.

-¿Tienes sida?

-No -y Francis chupa una gota A+.

No hemos visto ningún bicho. Seguimos hacia Blois. En Vineuil hay casas preciosas. Uno es capaz de imaginar la felicidad. Una falsa felicidad desde la ventanilla de un coche. En Blois los tejados son negros, las chimeneas rojas. Aparcamos en un paseo junto al Loira. El paseo se llama "Promenade du mail". Un recuerdo para los mails que no estoy enviando estos días.

Preciosa escalera. Escalera de Denis Papin, se llama, el inventor de la máquina de vapor, dice Cocó. Catedral de Blois. Las vidrieras originales han sido sustituidas por modernas, frías y feas. Horrorosas. Cocó me dice: esta iglesia no tiene alma. Cierto. Detrás del altar hay vidrieras originales en color caramelo. Reclinatorios de madera con anea, muy usados. Me parecen bonitos para usarlos en el dormitorio como galán de noche. Recorremos el barrio antiguo. Francis y Cocó bajan por la derecha, nosotros por la izquierda y nos perdemos. Al rato nos vemos en "Promenade du mail". Ha salido el sol. Tomamos un café. Aprendo a pedir un "decá". Me gusta una agencia de viajes "Simplon".

Subimos al castillo: cerrado. Si en Chambord el escudo era la salamandra de Francisco I, aquí es el puercoespín. En este castillo murió el duque de Guisse de 23 puñaladas y vivió Catalina de Medicis. Frente al castillo la casa de la magia, también cerrada, con una estatua de Robert Houdin. A la salida de Blois, en un descampado, hay un campeonato de petanca. Alberto quiere ir a mirar, entra con el coche y pasa por encima de una partida. Menos mal que nuestra matrícula es del sur y sólo nos mirarán con desprecio.

Por fin estamos en uno de los campos amarillos que se veían desde el avión. No son tulipanes, es colza. Me entran ganas de meterme dentro y desaparecer. De vuelta al hotel, cada uno ha dispuesto de su tiempo, Francis y Cocó se han dado un baño, Alberto su siesta, y yo he estado tonteando como siempre, abriendo todos los cajones, mirando de cerca cada hilo de las cortinas y tratando de tomar nota de cada hoja que se mueve en el jardín. A veces pienso que soy exactamente igual que esos zopencos que caminan con la cámara de vídeo en mano: ellos miran por un agujero y yo miro una libreta. Me corto las uñas.

Hoy hemos reservado mesa en "La bourriche aux appetits", en Saint Dye sur Loire. El restaurante es bonito, sin pretensiones. Se podría decir: de diseño campestre. Los tenedores me gustan mucho. Hoy toca kir petillant noix, por probar. La comida exquisita. De aquí a la talla 42 del tirón, me estoy viendo.

Aprendo a decir que alguien es "Jean foutiste". Algo así como irresponsable, que se "foutre" de todo. Y de ahí acabamos hablando de las parejas, de la familiaridad entre dos que son pareja. Francis y Cocó están por la familiaridad absoluta. Yo no. Alberto está entre ambos. Yo soy de seguir pidiendo la sal por favor-gracias y estas cosas. Y sobre todo no usar el cuarto de baño a la vez. Esto último no lo digo. Y es que tengo la convicción de que las parejas que lo hacen acaban fatal. Lo que si digo es que los ¿formalismos?, que tanto detesta Francis, son necesarios para no ver en tu pareja a un familiar. Yo no quiero que mi pareja sea mi familia, quiero que sea mi pareja. Francis le pregunta a Alberto:

-¿Y tú estás de acuerdo con ella?

Con lo que deduzco que lo que digo le suena a chino.

El vino me pone las aletas de la nariz como a los toros, pero no tanto como para preguntarle a Francis si se cepillaba los dientes mientras su ex-mujer orinaba. A Francis lo conocí en el 81. Nacimos el mismo día. Podría decirle cualquier cosa y nos querríamos igual. Pero prefiero no decir nada. La vuelta al hotel se me hace larga. No me gustan las canciones de la radio. Son como de Perales pero en francés. Además, la radio está a todo volumen.

Lunes 29, viento, Cheverny.

Dirección Bracieux, nos perdemos. En la puerta del cementerio de La ferte saint Cyr paramos a mirar los mapas del tesoro. Yo bajo del coche a hacerle una foto a un árbol "egipcio". Son árboles robustos, con nudos, pero para que no molesten en la carretera, los podan de manera que crecen como si estuvieran en un sandwich, como una figura egipcia. No lo soporto. ¿Dónde está la libertad de los árboles? Prefiero el caos mediterráneo mil veces. En la radio música de Jean-Jacques Goldman y Chris Isaac. En Bracieux, los niños salen del colegio. Son las 12.00. Las tiendas cierran a las 12.30. Alberto y Cocó van a una tienda a comprar pan, queso, tomates y vino. Francis y yo nos quedamos en el coche. Me habla de lo complicado que está resultando su divorcio.

Me viene a la cabeza una imagen de Francis vestido de militar llamando a la puerta de nuestra segunda casa de Cádiz. Yo vivía allí y él hacía la mili. Dejó el uniforme (que por supuesto me probé) en una silla y bajamos a la playa. Me contó que se casaba. Le dije que se equivocaba. Catorce años y volvemos a hablar de ella. También hablamos de otras cosas.

El castillo Villesavin está cerrado. La bodega Tessier también. Alberto grita:

-¡Tessier sevillista!

El castillo de Cheverny está habitado y no por fantasmas. Me recuerda a las películas de Berlanga, ya mismo aparecerán por aquí los dueños en zapatillas. Las salas se suceden detrás de un cordón de raso burdeos. Sobre los muebles antiguos, fotos actuales de los hijos, nietos y demás familiares. Muy cursi todo. Lo mejor del castillo es que hacen cacerías. Bueno, eso no, lo mejor es que hay perros de caza, ochenta, y que los sacan a pasear al medio día. Los perros son todos iguales, blancos con manchas marrones. Están en un patio de 36m2 todos ladrando como locos. Un chico de aspecto fuerte (no rudo) ataviado para una peli porno de época, va pasando lista con un folio en una mano y un látigo en la otra. Nombra a los perros por orden alfabético, los perros se acercan y los pasa a otro patio.

Si alguno no se acerca porque está tomando el sol, él se acerca al perro y lo arrastra. Al principio pienso que debe de hacerles daño, después no. Después pienso que para que los perros conozcan su nombre, y él distinga a unos de otros, ha debido verlos nacer a todos. Debe quererlos mucho. El hombretón grita:

-Rutine! Rutine!

Un perro igual a todos se le acerca con cara de manso.

-He dicho Rutine, no Rustique.

Alucinante. Sólo queda un perro para el paseo, Standart, que está tumbado al fondo.

-Standart, estamos todos esperando por ti.

Sin duda los quiere.

En el servicio que hay a la salida una señora cobra 0,30euros por dejarte orinar. Es el primer sitio donde nos cobran. Casi prefiero que haya una tarifa fija. Cuando no la hay nunca sé cuánto cuestan 200cc de mi lluvia dorada. Y, oh sorpresa, al entrar me invade el verde y un olor neutro que me envuelve. Sentada en la tapa del, escrupulosamente limpio, váter se me olvida lo que vine a hacer y me quedo un rato mirando las baldosas color manzana y dejándome aturdir por un zumbido de ¿abejas con sueño? Por un momento pienso: ojalá se olviden de que vine con ellos y se larguen: quiero quedarme aquí el resto de mi vida. Sin duda tengo hambre.

Detrás de la iglesia hay una mesa de picnic bajo un techo de pizarra. Me tumbaría en el césped, al sol, pero aquí no está bien visto pisar "la pelousse". Saco mi kit de picnic: cuatro vasos de duralex, un cuchillo, cuatro cucharas para el postre y cuatro servilletas en sus servilleteros. Francis protesta porque las suyas no tiene servilletero con inicial. Insiste en que para el próximo viaje las borde. Sí señor.

Menos mal que hemos comido, porque beberse todas las catas que la señora Daridan nos va pasando... (he de aclarar que ha puesto una cubitera para que escupamos los vinos que nos da a probar, pero yo no los escupo, claro está.) Ya pipaítos pasamos por el castillo de Troussay y el de Fougères sur Bièvre, pequeños y muy monos. Por la ventanilla Sambin, Les montils, Villelouet y Chailles, que tienen pinta de pueblos aburridos. En éste último, una chica muy guapa sale de su coche con un guardapolvos verde. Veo que por aquí siguen celebrando la nochevieja de 1982. Al pasar por Blois veo a un típico protagonista de película francesa hablando desde una cabina. Parece feliz.

Los pájaros de los árboles del hotel siguen cantando. Le pregunto a Francis si los ha oído por la noche. Que sí, que seguramente siguen cantando porque oyen el río y se animan. Puede ser, puede ser. Paseo hasta el cementerio. Nada reseñable, pero empiezo a pensar que no estoy bien de la cabeza: donde mejor me siento es en los cementerios y los cuartos de baño.

A las 20.00 en punto todos están ya sentados en la table d'hôte. Alucina: yo pensaba que cenaríamos solos, como hemos desayunado solos: error. Francis me explica que table d'hôte significa precisamente lo que veo: todos los acogidos más los acogedores. Todos hablando en puturrú, menos una Yoko Ono que habla cinco idiomas entre los que no está el español. Recuento: dos parejas de holandeses (una de ellos la Yoko Ono), una pareja madurita de Savoya, nosotros cuatro, una pareja joven parisina con bebé-niña que parece Heidi, y los dueños de la casa, Nathalie y su marido cazador que tiene pinta de acabar de salir de un barril (lleno) de vino. Bien, sigamos. La Yoko trata de abrir brecha con temas a la altura de todos:

-¿Cómo hace una vaca en Francia?

-Buuuu -responde la mujer del de Savoya, que está sentada a mi izquierda.

-¿Y en España? -me mira.

-Muuuu -me ha tocado, todos se ríen, yo bebo mi segundo kir.

-¿Y el gallo? -la Yoko insistiendo.

-Kikirikí -yo, dócil pero seca.

Todos se tronchan. Me piden que lo repita. "Pas posible" por respuesta. Francis me hace señas: la holandesa le pone. La holandesa no me mola nada. A mí me medio-pone el novio de la holandesa que se parece a Max von Sidow. Sidow me mira de vez en cuando y sonríe, no sé si porque me he pintado los labios o por mi lindo cacareo.

El de Savoya se va pipando y al sonreír ya se le ven los puentes plateados de la dentadura. Su mujer lleva la falda tan corta que, sentada, se le ven las bragas. Jo... con lo bien que estaría yo ahora en el váter de Cheverny! Francis no para de hablar: resulta que la empresa del parisino trabaja para la empresa de Francis. Nathalie va trayendo platos. De primero, queso de cabra frito con ¿trufas? en un hojaldre y lechuga; de segundo una carne muy oscura riquísima con puré de patatas y manzana; de postre (después del queso) un bizcocho de chocolate con forma de seta sobre crema inglesa. El de Savoya me pregunta si en España hay vino. Que güi. Que si en España hay castillos. Le digo que no, que en España sólo hay arena. El pipaíto propone que adivinemos qué era la carne. Nada. Da una pista: la ha cazado él. Cabeza de cerdo, dice al fin. Cerdo salvaje, me imagino. Realmente bueno, debo reconocer.

Allí se quedan charlando y bebiendo. Los españoles es que nos acostamos muy temprano, etc. Bonuitbonuit. Alberto en el jardín dice que Yoko Ono tiene la culpa de todo. Y miramos al cielo. Miles de millones de estrellas!

Junto a nuestro dormitorio hay un escritorio con un "Libro de oro" abierto donde los hospedados dicen maravillas del lugar. Al pasar nos lo llevamos a la cama. Es alucinante lo que la gente escribe en estos libros. Hasta hablan de la paz que emana la sonrisa de Nathalie. El primer cliente fue un australiano. Alberto, dice que le ha gustado mucho el sitio y que los dueños son unos siesos. Yo escribo que todo es muy bonito, y que el papel higiénico era muy malo y que me ha hecho mucho daño en el culo. El vino, que no perdona.

Martes 30, nublado, Crouy-Tours-Angers.

Sorpresa. A la hora del desayuno aparecen en la mesa una parejita que no acudió anoche a la cena. Hoy, por ser el último día, nos han puesto también croissantes. Llega el parisino de anoche. Francis y él se intercambian las tarjetas. El parisino nos da la mano a todos. Da la mano bien, fuerte. Se nota que tiene costumbre. Francis nos cuenta que en la empresa le dieron un curso de cómo recibir tarjetas. Pojemplo, a los japos hay que cogérsela (la tarjeta) con los dos pulgares, leerla con atención y guardarla suavemente si doblarla en el bolsillo de la camisa. Alberto y yo nos miramos: hay otros mundos y están en esta mesa.

Hoy nuestro destino es la casa de los padres de Cocó en Angers. Por el camino veremos el castillo de Chenonceau. Pasamos por pueblos grises. Paramos en Pontlevoy a comprar pan, queso, yoghurt, etc. Si he de ser sincera a mí los castillos me dan lo mismo. Prefiero los paisajes y los olores. Alberto, para animarme supongo, me dice que en Chenonceau hay un cuadro de Andrea del Sarto. Chenonceau es el típico castillo que sale en las fotos cuando se habla de castillos de Francia. Ése que está sobre un río: el Cher. Para construirlo en el siglo XVI se demolió la fortaleza y el molino fortificado que había, del que sólo se conserva un torreón (donde han colocado la tienda de souvenirs). Las paredes están cubiertas de tapices de Flandes. Francis se echa las manos a la cabeza cuando ve que para que los tapices no se estropeen les han colocado un cristal, y para sostener el cristal a la pared han agujereado los tapices.

Efectivamente, en la biblioteca (una salita hexagonal entelada en verde, ideal para un affaire) hay un cuadro que "parece" de Andrea del Sarto, aunque muy mal hecho. Si uno compara la mano del ángel de "La virgen de la arpilla" y las de esta "Sagrada familia"... no sé yo. La galería recuerda a la otra galería, la de los Uficci de Florencia, salvando las distancias. Me quedo con la segunda sin lugar a dudas. Lo bonito de ésta es que durante la PGM la galería se convirtió en hospital y durante la SGM la puerta sur daba acceso a la zona libre y la norte a la ocupada. Toco la pared con los ojos cerrados: nada.

La habitación de Louise de Lorraine tiene las paredes pintadas de negro. Cuando murió su marido, el rey Enrique III, pintó las paredes de negro, se vistió de blanco y se retiró para siempre a la oración. Jarl! Cuando subo de visitar las cocinas, me cruzo con la holandesa de Francis, que ni lo mira, y mi Max von Sidow, ay, que me saluda sonriente. A los dos lados de la torre de los souvenirs hay sendos jardines muy cuidados, nada salvajes, que no me gustan nada de nada de nada. Lo bueno que tiene ser español es que las zonas de picnic a la hora de comer están vacías. Mientras nos encaminamos a por los víveres, manadas de japos llegan al castillo. Time to go!

Me abrazaría a este árbol, pienso. Podría quemarse Chenonceau entero y yo seguiría abrazada a este castaño de 200 metros. Mientras comemos se nos acercan los patos del río.

Destino Tours. Todos algo cansados, sobre todo Francis y yo, que vamos detrás y no manejamos los botones de la radio. La catedral de Tours es muy gótica. Por la cantidad de tiendas y bares que incluyen en su nombre el de Balzac, sospecho que nació aquí. Pedazo de teatro tienen en Tours! La Rue Colberg está llena de bares y tiendas especializadas en cosas absurdas. Mola. Tomamos café en un bar ambiente jazz. Le digo muy sonriente y con extremo entusiasmo a Francis:

-Mira! Esta música...

-¿Sí? -emocionado.

-Es justo el jazz que me repatea.

Llegamos a Angers. Los padres de Cocó son encantadores. El padre habla como si lo entendiéramos y se ríe (habla muy cerrado para mí) y la madre tiene cara de escéptica-guasona, habla muy flojito y se frota las manos. Me gusta. Allí están tomando el aperitivo de la noche (son las 18.30) su hermano Patric, su mujer, y sus tres niños. El hermano es muy simpático, intenta hablar en español, se ríe todo el tiempo. Habla de que estuvo en Valencia y le encantó. Y en Nerja. El perro se llama Olaf.

Hoy cenaremos a la hora española, dicen. Y mientras nos ponemos tibios de vino blanco dulce. El hermano de Cocó pregunta si en España hay médicos. Le digo que sólo hay arena. En la cena caen dos de tinto más. Vive la France! Nuestro dormitorio es azul y en la cortina hay delfines de encaje. La cama es dura. Perfecto.

Miércoles 1, llueve, Angers.

Amanece negro y no recuerdo qué he soñado. Caí agotada y me despierto agotada. Entro a ducharme con los ojos cerrados. La ducha, capítulo aparte. La cuestión es que con el extraño mando-pinza bien me hielo, bien me achicharro. Hoy queríamos ir a la manifestación del primero de mayo en París, pero pensábamos que Angers estaba más cerca. Nos conformaremos con la de aquí. El padre dice que han anunciado unas diez mil personas, el hermano dice que no irá nadie. Cocó se queda en casa que para eso es suya.

Gana el padre. A pesar de la lluvia, hay diez mil franceses gritando contra Le Pen. Mola. Me llama la atención que sigan con la misma consigna a pesar de los años: Libertad, Igualdad, Fraternidad. La verdad es que con eso, está dicho todo. A la vuelta vamos a tomar el aperitivo de antes de almorzar a casa de Patric. Antes de entrar tenemos que secarnos los zapatos con una toalla.

Preguntan si en España se toma el aperitivo, estoy por decirles que comemos y bebemos arena, pero les digo que sí, pero que cerveza. Aquí tomar cerveza con la comida es una aberración, sólo la toman si salen por la noche. La cerveza favorita de los franceses parece ser la Adelscot. Mi cerveza favorita! Comemos en casa de los padres de Cocó, la madre ha hecho una carne de cordero que a Alberto le encanta. A la hora del café, oigo al padre de Cocó deletrear mi nombre en la cocina:

-...n...k...a.

Me subo al dormitorio. Siesta, sana costumbre española. Vestida, debajo del edredón no llego a dormirme. Me doy cuenta de lo asocial que soy: soy un hurón. Alberto sube a decirme que se va a dar un paseo con Cocó. Yo no sé nunca de qué hablar con nadie por adorables que sean. Me temo que sólo sé hablar por escrito.

Hora del aperitivo antes de cenar. Han llegado Catherine, hermana de Cocó, y Sonia, una amiga. Las pobres, cada vez que quieren fumar tienen que salirse a la escalera. Espero que no sea por nosotros. Francis me dice que cada día estoy más gorda. Cierto. Cocó me habla de que quiere tener más hijos. Un hijo sólo no es bueno. Cierto. Vemos el partido Madrid-Barça. Cuando marca el Madrid todos me miran y se ríen. No les explico que yo era del Barça con 5 años, y que ahora soy del celta. Los quesos de la cena están buenísimos: reblochon, morbien y saint nectaire. Esa noche tengo un sueño con banda sonora de James Brown.

Jueves 2, sol, Angers-Saumur-Chinon-Ingrandes de Touraine.

Hablando con el padre de Cocó, nos cuenta que en Francia se jubilan a los 65 años y que tienen que cotizar 40. Cuando le dice a su mujer que en España hay que cotizar 15, pone las cejas en el techo.

Por Angers pasa el Maine. Mola el Maine. Francis quiere que vea "Las tapicerías del Apocalipsis". Le advierto que a mí las tapicerías, poco o nada. Las tapicerías están en los sótanos del castillo.

Historia: en 1373, Carlos V presta a su hermano Luis I el manuscrito de un Apocalipsis. Luis I encarga los tapices a un pintor, un comerciante y un artesano. Se terminó en 1382 y es el más grande el mundo: 103 metros de largo y 4,5 de alto. Sin duda el cómic más hermoso de la historia. Las paredes de la sala-túnel están pintadas unas de negro y otras de azul para que los colores resalten. Parecen pinceladas en vez de hilos. Me acuerdo de Pepo. Si estuviese aquí se arrodillaría.

El paseo que lleva al castillo se llama "Paseo del fin del mundo". Perfecto. Catedral y paseo por la ciudad. Angers es la ciudad que abastece a Francia de pizarra. Ahora tienen problemas porque la pizarra española es más barata.

-Pizarra española!! -grita Alberto.

Volvemos a por las maletas, nos despedimos de la familia y nos vamos.

Llegamos a Saumur justitos para comer. Pero no. Demasiado tarde: son las 14.30. Un chico algo castrato sale de su restaurante para indicarnos que en la plaza hay un hombre grande con bigote que tiene cocinero todo el día. "Café de la place", se llama. Mersí y a correr.

El hombre del bigote nos acoge. Nos cambia la mesa por una más grande, nos pone sombrillas cuando empieza a llovernos encima de la ensalada de queso caliente. Adoro a ese hombre.

La "sauté de dinde foresrière riz" no es más que pavo con arroz blanco, pero a mí me sabe a gloria el nombre. Me gusta que llueva mientras comemos. Subimos al castillo. En los alrededores hay niños haciendo malabares con lunchacos. En el castillo no entramos.

En Chinon hemos leído que no hay semáforos. Efectivamente, entrar o salir de Chinon es un caos. En Chinon ocurrió aquel episodio en el que Juana de Arco reconoce al rey entre los hombres de la corte. Sigo pensando que en estos pueblos, aunque sean ciudades, la gente debe de aburrirse muchísimo. A la salida, compramos la cena en un "Super U". Yo compro, ¡por fin!, savoir de soir (infusión de menta y regaliz) y gel de ducha de melocotón "Le petit marseillesse". En Bourgueil el paisaje a cambiado: de bosques a viñas y, al fondo pío pío, sale el arcoiris.

Llegamos al Gites de esta noche. La señora Pinçon nos recibe con una botella de rosado. Nos cuenta que estamos solos, que podemos usar el salón y el jardín. Las habitaciones son muy acogedoras. Me gusta la ducha. Damos un paseo al rededor de la casa. Alberto lee en el jardín, Francis y Cocó chapotean (benditas paredes de papel). Yo me doy un baño silencioso. Del agua caliente a la felicidad hay un paso. Me gusta la costumbre francesa de poner manopla entre las toallas.

El sofá está blando y ocre por el uso. Prefiero las cosas usadas, no me gusta nada estrenar algo. Hay una estantería llena de libros antiguos a nuestra disposición. Un retrato de un hombre solemne y una lámpara de mesa con pie de perdiz disecada, dan la nota "ñiiigh" a nuestra cena. Francis propone hacer espiritismo. Alberto se compró una lata de hígado de bacalao. Cocó dice que no es muy apreciado por los franceses. Ni por mí, desde luego. Desde que lo comimos una vez en Versalles ha estado buscándolo. Lo devora. Al ver la lata vacía, llena de aceite, propone colocarla en una de las puertas para cuando el señor Pinçon entre amablemente a servirnos el desayuno.

-Una broma para agradecerle las atenciones -dice,y cantamos una de las versiones de "Los hermanos pinzones".

Después de la cena jugamos a las películas. Sorteamos las parejas y me toca con Francis. Me asombra lo competitivo que es: si ve que no le acierto una se desespera completamente, pienso que me va a pegar, pero cuando la acierto, me agarra la cara y me da besos. Acertamos: Flashdance, Barry Lyndon, Atlantis, El evangelio de las maravillas, Cocoon (todavía no sé cómo), y no acierto Manuelita. ¿Manuelita? ¿Eso es una película? Ganamos por goleada, claro.

Viernes 3, sol, Ingrandes de Touraine.

Oh yeahhh! Menudo día me espera, pienso mientras bajo la escalera. Voilá! La mesa está puesta: yoghurt casero, mermeladas caseras, fruta, leche, café, té, croissantes, pan, mantequilla, miel, azúcar y sacarina. Todo como en un japonés, con tabla rotatoria en el centro de la mesa. El señor Pinçon, disfrazado de Bruce Chatwin en una de sus excursiones a la Patagonia, nos pregunta si hemos dormido bien y si queremos un huevo. Alberto le responde en español que no, que en España tenemos muchos huevos. El señor Pinçon sonríe y se va (a mirar un diccionario, supongo).

Y llegó la hora de tirarse a leer. Aprovechando el día de sol, me pongo leche de coco en las piernas y me tumbo a leer "Estupor y temblores" que me recomendó Begoña. La cara de la autora me corta un poco el rollo, la verdad. Es como una Barbie morena. Cocó y Francis miran mi libro y me dicen que la odian. Que es repugnante, que va de especial, que dice que le gusta comer fruta podrida, que no la soportan. Leo. El libro se lee rápido y si es verdad todo lo que cuenta la tía mola, coma lo que coma. Al final les digo: pues la estúpida escribe muy bien.

Hablan de las estadísiticas de lectura en Francia y en España. No nos ponemos de acuerdo. Cierto que se lee poco, pero es que creo que leer no se lo puede ¿permitir? todo el mundo. Alguien que llegue cansado a las 20.00 de lo último que tiene ganas es de leer. Y si gana poco, de lo último que tiene ganas es de gastarse el dinero en libros. ¿Bibliotecas? Las bibliotecas tienen horarios y plazos de entrega, blablabla. No están de acuerdo conmigo: burgueses!!, les grito.

También me hablan de un Sánchez Dragó francés, Bernard Pivot, que escritor que entrevista, escritor que dispara sus ventas. Que no escribe, que es sólo crítico, de los buenos (la comparación con Dragó es sólo como referencia, ojo). Pasan 4 cazas atronando el cielo y me acuerdo de Andrés. Después tratamos de acordarnos de nombres de algunos actores franceses: nosequé colin, y la de "El rayo verde". Nada. (Aquí se me acaba el boli negro y tengo que escribir el resto de la crónica en verde.)

Como se ha nublado y la temperatura ha bajado 10º de golpe, me vuelvo a vestir de invierno y vamos al pueblo a comprar el almuerzo: quiche, sidra y tomates. La decoración de la tienda está basada en las diversas formas que toman los cerdos y los conejos en la imaginación humana. Entre ellos, descubro a un viejo amigo: el conejo disecado vestido de cazador con el que ya me encontré en el viajecito a Ciudad Real. Le pregunto al tendero si puedo hacer una foto. Que güi. Pues mersí.

Comemos en la casa. Vemos que al tendero se le ha olvidado meter en la caja los crepes, jo... En el postre, Cocó y el petit Pupú se pelean por el yoghurt de frutas rojas. Cocó mira su tripa de cuatro meses y dice:

-Elisa, tu papá se quiere comer tu yoghurt.

A la hora de la siesta salgo al jardín y siete cuervos salen volando. Vamos en coche hasta Langeais. Nos llueve. Entramos a escondernos en la iglesia y veo la luz: el actor se llama Gregoire Colin. Volvemos empapados. Me gusta que a los pies de la cama haya dos metros y una alfombra roja. La luz entra por la izquierda. La luz de los árboles. Como es la última noche en Francia me esmero secándome el pelo y me pinto los labios de rojo oscuro. Chanel detrás de las orejas, faltaría más. Huele a invierno.

Cenamos a 16km, en Bourgueil. Elegimos "L'ancre d'or" porque tiene vistas a la calle. Francis ha pedido caracoles. Se los traen en un plato grueso con doce agujeros.

-Muerde el pegote! -dice Alberto al ver que ya vienen sin cáscara.

Ahora intenta traducirle a Cocó lo que significa. Francis dice que en francés no hay nada comparable. De postre pido islas y me acuerdo de Joan.

Sábado 4, nublado del todo, Ingrandes de Touraine-París.

Tours está a 32km. Salimos del hotel a las 9.45. Anoche hubo una cena gourmet en la casa y una pareja mayor desayuna en la mesa del fondo. El señor Pinçon les ofrece huevos, que son muy frescos. También a nosotros. Que no, mersí. Que sus gallinas se quedarán muy tristes. Entre las mermeladas de hoy hay una de ruibarbo. ¿Los ruibarbos no son puerros? Ouch. Por el camino no decimos nada. Cada uno irá pensando en lo que se deja o en lo que se va a encontrar. Yo sólo miro los tejados y pienso cada cuánto tiempo tendrán que cambiar los rectángulos de pizarra. Francis estornuda.

-À tes souhaits -le dice Cocó, y estornuda otra vez.

-À tes amours -replica Cocó

-Et que les tiennes durent toujours -responde Francis.

Es la fórmula. Recurrimos a eso para no tener que hablar y no estar del todo callados. Las vueltas qué difíciles son.

Llegamos a París a las 12.33. Aparcamos cerca de Trocadero para ver la torre Eiffel. Demasiados japos y demasiados españoles. Sape. Aparcamiento bajo el Louvre. Alberto tiene el capricho de ir a Notre Dame. Decepción: colas de turistas para entrar y para salir. Menos mal que la vimos bien hace ¿once años? En aquella ocasión no había nadie y hasta tocaban el órgano.

Petit Pupú se despide: él volverá mañana. La salida de París se hace eterna. La calle Sébastopol tiene perpendiculares peatonales que me dejo para otra vez. En el Boulevard Strasbourg sólo se ven negros por la calle, y miles de peluquerías especializadas en pelo rizado y pelucas. Qué bueno! Y en Fauburg St Denis, sólo tiendas de saris, y en la siguiente, Marx Dormoy, chinos. En la cola de embarque hay más de treinta familias españolas que vuelven de Euro Disney cargadas de camisetas, maletas y gorros con orejas de ratón. Delante de nosotros embarca Barbacid, sin gorro.

Me gusta llegar a Madrid. Todavía hay sol. El taxista está loco, pero nos pone en el centro en 15 minutos. Bajamos a la bodega Rosell a cenar: cerveza y tortilla de patatas. Ooolé!

Domingo 5, llueve, Madrid-Málaga.

Cocó ha madrugado para comprar zumo de naranja y croissantes. Viva Cocó! Ella se queda en casa (ya tendrá ganas de estar sola un rato) y nosotros, como estamos a 2 minutos del Museo Etnológico y del Reina Sofía, nos acercamos. En el Etnológico alucino con el esqueleto del gigante extremeño: Agustín Luengo Capilla medía 2 metros 30. Trabajaba en circos. Y un ¿médico? le dio 3.000pts en vida (hablamos de 1830) para que le cediera su cuerpo después de muerto. Y ahí ésta. El museo es muy recomendable para un domingo de lluvia.

En el Reina Sofía vemos de paso la exposición "La pasión por el libro". Ilustraciones originales de Barceló para "La divina comedia", de Gunter Grass, dibujos para novelas de Sábato, etc. Muy curiosa la letrilla de topo del Cela. Manuscritos sin un solo tachón. En la librería encuentro "Renacimiento", un libro de poemas de Houellebecq.

Llega Francis y bajamos a tomar unas croquetas a Rosell antes de coger en tren. Ya me contará que hizo anoche en París. Por mi parte, en el aeropuerto cogí un plano de la ciudad por soñar un poco.

Abril-mayo, 2002.

À TES SOUHAITS, À TES AMOURS