Tengo la maleta y una lista. También tengo dos quemaduras en la mano izquierda. La lista dice: ir a la lucha, pico Cho Juan, playa del Bollullo, Pájara, Fasnia y cueva playa San Marcos. Las quemaduras dicen: no vuelvas a tocar la cafetera cuando todavía esté saliendo vapor. La maleta no dice nada.

Siempre me sorprende que un Málaga-Madrid tarde menos que un Málaga-Fuengirola. El Madrid-Las palmas 30 minutos de retraso porque faltan dos pasajeros. Me alegro de que no seamos nosotros. "Pieza de verano" de Christa Wolf después de cuatro años. Intacta. Mientras volamos pienso en que lo que mejor se me da hacer es quedarme quieta y callada. No hay quien me gane.

El hotel de Las palmas es horroroso. En mitad de la habitación tiene una columna y en el cuarto de baño, frente al váter, dos agujeros cuadrados en la pared. Menos mal que los hoteles se me olvidan. Recuerdo que la guagua 2 nos llevaba hasta Colón. Ya en el centro, descubrimos que la tienda de juguetes que había frente a la casa de Galdós ha desaparecido. Era años 60 con unas muñecas Nancy pintadas alrededor de la puerta. También han renovado "Lagunetas". Todavía me acuerdo de su ranchito canario. Qué hambre.

Los del congreso dan un cóctel de bienvenida en el Gabinete Literario. Malvasía de Lanzarote y nos despedimos a la francesa. Cenamos en "Los malteses": oscuro y delicioso. Los camareros parecen fantasmas que van y vienen vestidos de negro. Lo mejor, el queso gratinado con cilantro.

No recuerdo qué he soñado pero desayuno yogur con gofio. Alberto se ha ido preocupado al congreso porque dice que voy a aburrirme. Ya he tratado de explicarle que suelo pasar la mayor parte del tiempo "alobada", mirando una grieta de la pared o un chicle pegado en la acera. Creo que no me cree. Mirando desde la terraza recuerdo que ayer calcé la mesa del restaurante con una pila usada de la cámara. Trato de reconstruir la conversación del 2 en la que tres chicos hablaban de los chanchullos que se montan para enganchar la luz sin tener que pagar. A la gente le gusta contar historias. ¿Les gustará oírlas o sólo permanecerán callados a la espera de poder empezar a contar ellos la suya? Quizá por eso no existe la comunicación. El que escucha sólo está callado, pensando: ¿cuándo callará para que pueda hablar yo? Quizá por eso la gente se enamore con mayor facilidad por internet, mail a mail, porque ahí no hay más narices que escuchar de verdad al otro. Y es que uno puede escribir como habla, pero nunca se puede hablar como se escribe. Al escribir buscamos la palabra que se ajusta perfectamente a lo que sentimos. Al hablar no. Escribiendo somos más precisos, tenemos menos prisa. La prisa nunca es buena.

Compro un Bono-guagua en Santa Catalina y me voy al centro. Sólo tengo una misión: no volver a casa sin haber encontrado una falda para la boda de Pablo. Me paseo por Triana como si llevara en la isla cuarenta años. El 3 también me lleva de vuelta pero dando un rodeo por San Antonio, Escaleritas, Galicia y Tomás Miller. Primero casas coloniales a punto de caerse, chalets, tejidos "Eusebita Bravo", "Joyería Tara", Agencia de investigadores privados "Pemafe" y "Rovide". Increíble el barrio alto, pobre, con casas con ventanas sin cristal ni marco ni nada: huecos por donde entra la luz y el frío, el calor y la lluvia. Bosque de antenas. Ventanas no, parabólicas sí. El corazón en los pies y los ojos como platos. Mientras hacen la habitación me siento en el sofá del recibidor a jugar al Amo del Universo. Para los que no sepan de ésta, mi afición favorita, he de decir que consiste en sentarme yo sola rodeada de "mis papelitos" como si estuviera poniendo en orden, no mi universo, el Universo. La idea está sacada de una película de Waters, sobre una película de Wood, en la que se ve al Amo del Universo (un maravilloso Bill Murray) detrás de un escritorio de lo más cutre con cuatro cachivaches sobre la mesa.

Y ordenando ha llegado la hora de comer. El dueño del bar "Los chicos" es gallego así que pido lentejas. Alberto me cuenta que le han regalado en el congreso una toalla de playa. La toalla está decorada con dos osos pandas de ojos naranja fluorescente que dice "Canarias". Osos panda en el Teide y nosotros sin saberlo. ¿Lo sabrán las autoridades?

El 1 también lleva al centro. Nos deja en el teatro junto a la mercería "La antigua". También venden baratijas, papelería y caramelos. ¡Hacía siglos que no veía los silbatos con lupa! El barrio de la Vegueta es una isla dentro de la isla. Recordaba los zócalos amarillos y las casas de piedra, pero siempre pensé que eran de algún pueblo de Mallorca. Así es El Amo del Universo: información toda, orden ninguno. Sabía que esta librería estaba en Las palmas pero no en esta zona. Más caos si cabe que hace cuatro años. Alberto encuentra unos catecismos de cuando estábamos en 1º EGB. Veamos: dos catecismos (uno para nos otro para Pepito, que se quedó encargado de regar las plantas), "La fiesta del rábano" de los Fráguel para Elisa, "Balada de gamberros" de Umbral (2ª edición del 69, con un calendario de 1975 anunciando pegamento ymedio!), "La fugitiva" de "En busca del tiempo perdido" (el único tomo que me faltaba!), "La llave de cristal" de Hammett, "Bendición de la tierra" y "Vagabundos" de Hamsun, y "El libro negro" de Papini. Todo, 5 euros. Salgo con los dedos negros y una sonrisa que ilumina toda la calle. Se ha hecho de noche.

En el CAAM expo de fotografías de 1900-1980. Después cervecita bajo un árbol gigante y mirando la fachada fantasmagórica del "Teatro Guiniguada". Hablando de fantasmas, quiero enseñarle a Alberto el barrio alto. Volvemos en el 2 y queda alucinado. Un día de estos acabará amando los autobuses. Auster dice que para escribir una novela sólo tiene que bajar a la calle y escuchar. Para mí, los autobuses son la gloria. Como si alguien los llenara de personajes sólo para mí.

"El biberón", cerrado. Nuestro gozo en un pozo. Picamos algo en otro bar, que también resulta gallego. A mi espalda tres chicos con acento gallego. Uno de ellos explica que los elefantes blancos traen buena suerte. El hombre enorme y negro que ha entrado lleva uno, tan bien tallado que parece de plástico. Todos lo miran, lo tocan, pero nadie lo compra. El chico que tengo a mis 11, que ha cenado solo gesticulando mientras mantenía una conversación con su yo interior, se recuesta en su silla y le dice al hombre negro:

-Un día te voy a comprar todo lo que llevas. Todo.

Se recuesta en la silla con las manos en los bolsillos y un palillo en la boca. Se rebusca con la lengua algún rastro de las nueces con nata. Se ha puesto de tan buen humor... Parecía estar a la espera de cerrar un trato con ese yo que le hablaba y, ahora, veo que se siente como si el trato estuviera más que cerrado y ya fuera millonario. Como si ya poseyera no un elefante blanco sino una manada entera. Cuando llegue a casa no llamará a su socio para cantarle las cuarenta ni peleará con su novia. Se va a meter en la cama sin cepillarse los dientes. Tomó primero, segundo y postre. Bebió agua. Nosotros pedimos tinto con Casera a pesar de que el gallego de esta mañana nos dijera que la Casera no se vende bien en las islas porque no tiene chispa:

-Debe perder el gas durante el viaje -dijo.

Amanece soleado. Anoche tuve una pesadilla en la que un falso ciclista accidentado quería propinar una paliza a Alberto. En el bufet del hotel juego a adivinar quiénes son los que bajan a desayunar por primera vez. Es muy fácil. En la tele dicen que han nombrado a Butragueño director general del Real Madrid, que Chantal Maillar ha ganado el Nacional de poesía por "Matar a Platón", que hoy se aprueba la Ley de violencia de género, que el barril de petróleo pasa de los 50 dólares y que en Málaga un hombre mata a su hermano y le pide ayuda a un vecino para tirarlo al contenedor de basura. Alberto dice:

-¿"Matar al ratón"?

Me doy cuenta de que la memoria también es cuestión de entrenamiento. En casa me cuesta encontrar las palabras, sin embargo, escribir a mano me está sirviendo para recuperar agilidad mental. Las palabras vuelven a fluir. El placer de contar. Quiero ser como la Wolf. La Wolf, en la foto de "pieza de verano", lleva un colgante. Me gusta pensar que ese colgante significa algo para ella. No sólo lo lleva siempre sino que quiso aparecer en esa foto con él puesto. Como si fuera un mensaje cifrado para alguien que está lejos:

-Ves, llevo el colgante -parece decir.

Esas mentiras son las que nos hacer creer que las vidas de los demás son mucho mejores que las nuestras. El colgante, a mis ojos, le da a la foto y a la vida de Wolf una sensación de unidad que envidio. Me pierdo en una mancha del mantel, veo a una chica triste en la mesa de al lado y se me ocurre una mujer que piensa que si fuera guapa no necesitaría cargarse de amantes. Sólo los tiene porque necesita saber que puede gustar, que gusta. Ser guapa la salvaría de todo eso y se entregaría por completo a su marido. Más guapa, menos mentirosa. También piensa que con el tiempo el amor crece y la pasión disminuye, por eso busca la pasión fuera. Pero, ¿qué será de ella cuando el amor sea tan grande que le impida buscar la pasión fuera? La chica triste da de comer a su bebé.

Wolf tiene cara de estar cansada de haber vivido cansada. Y de pronto me acuerdo de las rodillas del tipo que venía detrás de mí en el avión. Me las clavaba en la espalda como me las clavaba mi hermana cuando la obligaba a jugar a viajar. Nunca le diría a alguien "sus rodillas me hacen polvo los riñones". Aunque tampoco me atrevería a darle las gracias:

-Gracias a sus rodillas confirmo que estoy viajando. Sin sus rodillas no sería nada. Adoro sus rodillas en mi espalda.

De nuevo salgo a la calle con el firme propósito de encontrar una falda para la boda de Pablo. 30ºC. No será fácil:

-Amable señorita, necesito una falda para una boda, que no parezca de fiesta aunque tampoco puede ser demasiado austera, que no sea vaporosa ni en tonos pastel, que no sea asimétrica ni haga picos, que no lleve adornos ni volantes ni flecos, que no brille, que no sea del todo femenina, en tela consistente, con cuerpo, sin frunces ni vuelos, ni corta ni larga y que realce, a ser posible, mis maravillosas piernas.

Veo veo, qué ves, una falda de nesgas ligeramente acampanadas que le dan un toque evasé, por la rodilla, en rayón negro con discreto estampado en gris perla. Ésta es. Tan feliz estoy que le pido a la niña "Clinique" me recomiende una crema para los 40 ladrones que me hacechan. Las niñas "Clinique" de mi pueblo te miran de arriba y ni siquiera llegan abajo. Te desprecian por el simple hecho de que alguien vio en ellas una cinturita perfecta para vender productos de marca enfundadas en un uniforme negro, en vez de lucir las blusitas de freganchinas que llevan las demás empleadas. Pero ésta no, ésta me sonríe y me aconseja sinceramente una cremita con aloe que evitará brillos en mi piel.

-Que lo disfrute -añade.

Bkbono feliz, camina hacia "Casa Ñoño". Por el paseo marítimo "El cerdo que ríe" y "El gallo feliz". ¿Habrán salido también de compras?, y pienso: a ratos me recuerda a cuba / a ratos me recuerda a portugal / a ratos me recuerda a ti.

Ayer me entró cierta envidia al mirar a una chica que vestía de blanco. Esa seguridad. La pena se me va en los postres: mouse de gofio. Como el camino hasta el hotel es largo, le digo a Alberto que adivine qué película me he comprado. Pistas: es una de mis 10 favoritas. Es en color. El director es italiano. El protagonista murió hace poco. Nada.

Después de su siesta (yo he vuelto a jugar al Amo del Universo), paseamos por León y Castillo. Vemos "Asuntos sucios" y tomamos ropavieja en el renovado "Lagunetas". La última en el café Madrid, mirando sin parar.

En el desayuno vemos a Ignacio después de 15 años. Ignacio y Alberto coincidieron en Madrid. Fuimos a un congreso en Mérida juntos. Yo le hice una bonita foto que le envié a Zaragoza. Nunca respondió.

-¿Te acuerdas de mí? -le digo.

-Perfectamente. Tenemos puesta en casa una foto que me hiciste.

Acompaño a Alberto un rato por el paseo marítimo hasta el auditorio. Hace fresco y ya hay bañistas colocando sus toallas. Azul y amarillo. Ningún panda a la vista. A los tres kilómetros me despido. Son las 09.30. Hoy pasearé desde el hotel hacia el este, que aquí es el sur. Zumo de piña y caramelos con forma de gotas para Juanluis. Cuando vivíamos en Madrid se los encargaba a Nuria. En la península nunca los he visto. En el paseo marítimo hay unos apartamentos con buena pinta, terrazas al mar muy cerca de la calle (podría meterme de un salto). Perfectos. Apunto: "Apartamentos Marsin Playa". ¿Mar sin playa? De vuelta, el niño de la recepción me dice "Buen día, señorita". Clinique, te adoro. El resto del tiempo lo dedico a dibujar el plano de la habitación.

El sábado a las 20.30 hay luchada en Valleguerra, muere una mujer en Córdoba a manos de su pareja, Novel de literatura para Elfriede Jalinek. "Churrería, comidas caseras, helados". ¿5 euros? Ningún sitio mejor para celebrar que Alberto ha ganado el 2º premio de pósters. Billetes del barco y concierto en el auditorio. Glinka, Strauss y Beethoven. El director es joven, se mueve como un surfero en su tabla. Buen surfista y buen padre, pienso. El japonés del contrabajo es todo un espectáculo. En el descanso resulta ser el novio de la rusa rara que vinos a la entrada con falda de lunares y medias sin pies turquesas.

Glinka siempre anima. Strauss no tiene sentido sólo por ser Strauss. Es como si las servilletas manchadas del tomate de unos espagueti que acababa de comerse Picasso, salieran a subasta. Aunque ahora que recuerdo, la hija de Balthus confeccionaba bolsos con los trapos que usaba su padre para limpiar los pinceles. Me aburro. Esta música me lleva a pensar en un pokémon Snorlak zampando pomelos mientras baila entre los árboles. Me pasa siempre: primero paseo por la ciudad, después repaso en un plano las calles por las que ya he paseado. Primero escucho la música y después leo en el programa de qué va: un oso persigue a una princesa, ella escapa, él le da alcance y bailan felices. Strauss. Si al menos hubiese sido un oso panda...

Beethoven es esférico. Al final mi padre va a tener razón.

"El biberón" está abierto. Por fin. Dentro hay dos farolas y una colección de relojes antiguos. En la barra, apoyada, una chica morena de UVA con trajecito chaqueta minifaldero rojo que deja ver sus piernas (técnicamente llamadas "jamonas"). Si te fijas, el conjunto da el pego: piel morena, pelo rubio, piernas. Si desmenuzas, la falda está mal cosida, las piernas no tienen gemelos, el pelo está mal teñido y en la camiseta se le marca el ombligo de botón y la cinturilla de las bragas. Me recuerda al cuarto de estar de la casa de Valleguerra de Juanluis: al entrar dijimos: Oooooh!, y al fijarnos no era más que una colección de gatos tallados en todos los materiales y tamaños posibles.

La chica de la barra nos ofrece un chupito de "Ramazzotti". Aceptamos. Se ve que han pactado 4 viajes para mayor lucimiento de su tristezza: viene a servirlos, vuelve, nos trae dos bolígrafos, vuelve. Las croquetas de marisco están deliciosas, pero prefiero la ensalada. Por no querer comerme el último pedazo, me llama antipática. Ni siquiera es un insulto pero quien manda en mí es la Teoría de los Vasos Comunicantes. Uno no sabe por dónde irá el nivel hasta que se rebasa. Y si somos 75% agua, más dos "Tropical" 5,5%vol, los vasos comunicantes se llenan antes.

Perdí hace mucho la vergüenza de llorar delante de extraños, pero todo un equipo de baloncesto me parece demasiado. Aún así, lloro. Lloro en el paseo marítimo, lloro en el ascensor, lloro en la terraza, lloro en el cuarto de baño, lloro en la cama y sigo llorando dormida. Los vasos comunicantes es lo malo que tienen. A mitad de la noche me despierto con la piel helada. Tan helada, que me quema. Y pienso: yo no soy así.

Desayuno con los ojos cerrados, hinchados y 2 kilos menos. Acompaño a Alberto a comprarse un bañador a juego con la toalla que le regalaron. Elegimos uno naranja con enormes flores de pacífico en blanco. Yo nunca me baño.

El bus para Agaete sale a las 14.00. Compramos bocadillos de pata asada con cebolla frita para el camino. No me acordaba de Agaete y sus casas de colores, de "El dedo de Dios" y de aquella felicidad azul. Llegamos a Tenerife a las 15.00. Juan Ramón se ha empeñado en venir a buscarnos. Lo veo acercarse al barco con dos rosas en la mano. No sé cómo pero, sin proponérmelo, he sido la primera en bajar del barco.

Este hotel sí que sí. Tenemos vistas a la avenida, al monte y al mar. La moqueta color palo de rosa. Perfecto. En la tele "Jason y los argonautas". Mientras Alberto duerme la siesta me paseo descalza por la moqueta para hacerla mía. En una revista encuentro www.floracanaria.com mi preferida: Melosa (aeonium viscatum).

Llamo a Johnna. Lo he despertado de la siesta y encima Juanluis había salido a tomar café. Llama Juan, nos propone música electrónica y danza contemporánea de segundo. Como le dije que quería ir a la lucha, ha llamado al comentarista para enterarse si hay el domingo o el martes. Siempre tan dulce. Llamo a Caína para felicitarla por su cumpleaños, pero me dice que fue ayer. ¿Un día menos en la península? En Valleguerra hay luchada, homenaje al comentarista José Manuel Pitti que se jubila. Escribo a Carlos en el papel que ponen en el hotel para señalar la ropa que mandas a lavandería. Llama Juan. Se siente mal por no haber podido llevarnos a la lucha. Llama Juanluis, a las 21.15 en su casa. Bajando por San Martín estamos a dos minutos andando. Con ésta van seis veces que venimos a Tenerife y con ésta es la sexta casa que le conocemos. Un loft alucinante que le pidieron para hacer el anuncio de no sé qué Danone con bífidus. De todos modos, si me dieran a elegir, me quedo con la casa anterior. Yo era completamente feliz en aquel cuarto azul.

Llega Patricia, alta, guapa, con los ojos muy brillantes y salimos a cenar a "El rincón de Wally". Wally pretende ser amable pero cuando cree que no le oímos le echa unas broncas tremendas al camarero. El camarero parece un robot bien adiestrado o un estudiante de arte dramático pasado de rosca. Decido que es un robot y como lleva bolsillo en el delantal le llamo Doraemon. Antes de la segunda cerveza llega Juan. Cenamos lentamente y hablamos del género de las palabras. Todas mis dudas sobre mezclar amigos quedan resueltas. De fondo suena Dido, Alberto estará contento. Nos obsequian con un chupito del licor del ciervo que tomábamos en Berlín para entrar en calor. Se ve que aquí está de moda. Patricia se va a dormir con los ojos llenos. La penúltima en "Murphy" después de pasar por un Chill-out abarrotado. Nos ponemos al día. Les hablamos del documental que estamos haciendo lentamente y Juan se apasiona y dice que se viene a Málaga a hacerlo él. Mientras veo ir y venir unas cuantas cucarachas que pasean entre los mies de Alberto y Johnna. No digo nada porque puede liarse. Me gusta mirarlos. Me gusta mirarlos mientras hablan. Los amigos. Son las 04.30.

Juanluis llama y sin mediar palabra dice: Venís a desayunar, ¿verdad? Ya me imagino los domingos aquí: Juanluis, Johnna, Nino, Ana, Patri, Lola y Juan. Alberto y yo. Café para todos. A Juan lo veo demasiado preocupado por querer enseñárnoslo todo, por querer encontrar el sitio perfecto para comer, por querer que disfrutemos de cada cosa. Si supiera con qué ojos lo miro y qué poco me hace falta ver más. Comemos en "La vereda", en Bocacangrejo, unas casitas ilegales colgando sobre el mar. Arroz caldoso que sabe a mar y muchas cervezas. Juan habla con Román. Román es el presentador del programa que realiza Juan. Román dice que si queremos ir a casa de su madre a coger manzanas. Claro que queremos. La madre de Román es francesa, el padre alemán. La madre de Román vivía de maravilla en Santa Cruz pero hace poco decidió irse a una casita perdida en el campo, con una finca que le da manzanas, y allí vive sola con su perro y sus dos gatos.

Les digo que vaya suerte tienen de conocer gente tan interesante y Johnna nos suelta a bocajarro que nosotros dos somos las personas más especiales que conoce. Lo que me sorprende es que no lo diga en un brindis o algo por el estilo. Lo dice mientras se come un chopito, lo cuál le da una veracidad asombrosa que me deja muda el resto de la comida. Juanluis y Johnna se van a dormir la siesta. Nosotros nos vamos con Juan a coger manzanas. La casa de la madre de Román está perdida en Aguagarcía, La esperanza. Por el camino empieza a llover con ganas. La madre de Román se llama Brigitte. Hay manzanas por todos lados: manzanas golden, estarki, reineta, peras, limones, nueces, moras y aguacates. Reparte chuvasqueros y botas de agua. Cada uno con su cesto, Alberto con una carretilla. Brigitte dice: ¡Comed, comed manzanas! Por cada una que arrancas caen tres a la tierra. Por cada tirón montones de gotas de lluvia. Del manzano a mi cara. Después hay que clasificarlas por tipo, por tamaño, meterlas en cajas de 10 kilos y llevarlas al coche. Hemos recogido más de 100 kilos. Alberto le dice a Juan: Haznos una foto, para decirle a los amigos que lo dejamos todo y ahora nos dedicamos a esto.

De vuelta a la realidad paramos en el "Bar los teques". Entrábamos a por café pero acabamos tomando licor de hierbas casero y queso blanco. Al parecer aquí lo suyo es tomar un vino y de tapa un huevo duro. En la fachada del bar hay un altar dedicado al santo que va vestido de traje y con bombín. Juan nos lleva al cine Víctor. ¡Menuda taquilla, menuda sala y menuda pantalla! Vemos "La chica del puente" (digamos que es un vídeo musical para lucir a la paradis y poco más).

Una manzana y a la cama.

Tengo la sensación de que salimos de casa hace meses. Por un lado ganas de volver por culpa de la curva fatídica del viajero, por otro me quedaría aquí de por vida. Si vuelvo y no soy capaz de escribir me va a sentar fatal.

Desayunamos en casa de Juan Luis y Johnna viendo fotos.

Paseamos por Santa Cruz con una temperatura perfecta. Ahora el centro es peatonal y esto hace que la ciudad se haya vuelto aún más lenta. Paso por delante de correos y aprovecho para enviarle a Carlos una carta. Juanluis quería que comiéramos en "La casa del miedo" pero está cerrada. "El porrón" queda enfrente. Tomamos un barraquito junto al hotel. Observo que el barraquito ha evolucionado y ahora le ponen cáscara de limón y canela en polvo. Juanluis se despide porque tiene hora para que le masajeen los pies. Reflexoterapia, dice. Nosotros haremos tiempo hasta las 18.30 que hay concurso de lavanderas en los lavaderos públicos. En la tele dicen que ha muerto Supermán.

En los lavaderos hay señoras vestidas como hace ¿100? años. Por allí anda la tele y muchos vecinos. Alucino con el azul de los jabones.

Una señora reparte vino dulce y unos hojaldres rellenos de cabello de ángel. Además de las lavanderas hay un travestido que se hace llamar "la lecherita". No acabo de entender si en las lecheras lleva de verdad leche o añil para las sábanas. La tele tarda y las lavanderas quieren irse a su casa. Les dicen que hagan que lavan, que quedan dos minutos y entran en directo. Conectan, una chica le hace preguntas a una lavandera mientras las demás lavan y cantan. Conectan sólo 30 segundos después de haberlas hecho esperar media hora, y, para colmo, la que dirige dice que no se ha oído nada porque el micro no funciona. En fin.

Llamo a Juan. Habla susurrando. El móvil le ha vibrado en el bolsillo. Estaba en el cine. Yo también le hablo en un susurro sin saber por qué. Llamo a casa para saber si Susana y Hero llegaron bien. Hoy dejaban Holanda por siempre jamás.

Cenamos con Juanluis, Johnna, Nino y Ana. Después se incorpora Juan que viene directamente del cine visiblemente emocionado. Croquetas, revuelto de morcilla, ensalada de salmón y mucha cerveza. De postre helado de higos, lo mejor.

Ana se va a dormir. Juan también. Los demás al "Murphy", hoy con mesa y sin cucarachas a la vista. Hablamos de libros. Nino nos enseña la lista que lleva en la cartera. Es agradable comprobar que no estoy loca o que al menos no soy la única que lo está. Nos lleva a casa a tomar la última y a que veamos sus libros. Más de 4000 a simple vista. La mayoría de historia. Lo mejor de todo, el cuaderno de Bitácora de su padre.

Me despierto sin resaca y decido no volver a beber más de una cerveza seguida. Mi hígado ha aprendido a correr y no me mola un pelo. Sobre el vino tinto no me pronuncio de momento.

Mientras desayunamos con Johnna llega Juanluis con Abay. Esther, una amiga de Juanluis fue a Etiopía a adoptar un niño: Abay, tres años en la piel y trescientos en la mirada. Esther es su madre y Juanluis su padre. Se adoran mutuamente. La familia está cambiando.

Llega Juan y nos vamos a comer a "Las raíces", en La esperanza. Uno, la morcilla es dulce y con pasas; dos, debo acordarme de no pedir patatas fritas sobre todo si he pedido medio pollo a la brasa; tres, por lo menos me he acordado de no pedir postre ni café. Los caramelos que regalan cuando te traen la cuenta parecen cuentas de collar. Da pena comérselos. Me como dos. Abay lleva los bolsillos llenos.

Juanluis y Johnna se van con Abay. Nosotros nos vamos con Juan que quiere que veamos los roques de Anaga desde Punta Hidalgo. Antes paramos en "Melita" para tomar café. Al primer sorbo de té noto que la cara se me hincha. Como si me entraran repentinamente paperas en el lado derecho de la cara. Alberto me coloca una flor en la oreja, dice que para que se me cure. Y de esa guisa nos ponemos en Punta Hidalgo. Sin palabras. Debo de estar enamorada porque me echo a llorar. Y hambre no es.

Juan me ha traído su corto "El sueño del ermitaño" y una escultura de piedra pómez de la Capadocia. Nos lleva al cine: "Bombón, el perro". Lo que me faltaba para rematar la noche (las paperas, los roques, la piedra pómez y ahora la Patagonia, ay).

La última mañana es más lenta aún que la primera. Pasamos por el templo masón a ver si sigue en pie. Sigue.

Comemos con Juanluis y Juan en "El puntero", una especie de bar de pescadores en mitad de Santa Cruz. El vino lo sirven en botellines de una especie de Mirinda autóctona que ya no se hace. El vino está buenísimo. Garbanzas para picar, y un cherne fresquísimo. Juan nos cuenta que ha soñado que íbamos a coger manzanas y Alberto iba vestido de cirujano. Yo, en la cesta, llevaba material quirúrgico que le iba entregando. Alberto abría las manzanas para ver si estaban sanas, por lo visto. Cuando Brigitte veía que todas estaban abiertas se echaba las manos a la cabeza.

Las dos flores, aves del paraíso, que me trae Juan como despedida también parecen un sueño. Pero no.

Octubre, 2004.

NO ERA HAMBRE, ERA MAGUA