No sé a quién se le ocurrió lo del coche. Seguramente a mí, que tenía buenos recuerdos de viajes en el coche de Pepito. Aunque la última vez que me llevó por Despeñaperros a 170km/h le juré que nunca más. Pepito no viene, así que no llegaremos a Madrid en 4 horas sino en 6. Pero pasamos de Madrid. Queremos llegar del tirón a Zamora, así que no paramos para comer en esas ventas para camioneros en las que las marcas de té nunca son conocidas (maravillosa colección de marcas de té que he ido acopiando en mis numerosos viajes por esos in-mundos, oh!), así que a 100 por hora nos zampamos unas empanadillas y media botellita de tinto que metí en la mochila verde, en el más puro homenaje a Chatwin.
Medina del Campo tiene una plaza con árboles cargados de pájaros. No se ven pero se oyen. Nada destacable por otro lado. Toro, sin embargo, mola. Se nota que aquí no llega el olor del mar ni las guiris con minifalda. Bajo los soportales, baretos cutres y pintadas de "Viva la quinta del 2001" (eso en mi pueblo no se ve desde el 78 por lo menos). Alberto se embelesa con un cine (cerrado) con su águila, su yugo y sus flechas. En la plaza del pueblo cuelga de un balcón una sábana que reza "Mañana te lo digo". ¿Habremos atravesado un agujero espacio-temporal?
La llegada a Zamora promete. Llueve y hace frío. El hotel está en el mismo centro, entre la zona moderna y el casco antiguo. Muy recomendable (Hotel independiente dos infantas C/Cortina de San Miguel). Zamora es una calle larga por la que se pasean los zamoranos (es domingo) muy acicalados. Se les ve tranquilos, sin ninguna prisa. La densidad de paseantes de esta calle supera cualquier calle de Hong-Kong. Bajando a la izquierda, el río. Y menudo río. Qué cantidad de agua. Qué ruido hace. Como es de noche, tanto de lo mismo que con los pájaros de Medina del Campo: el río se oye pero no se ve.
A mitad de la calle hay una librería que se cae a pedazos. En el escaparate un best seller: "El asno zamorano-leonés, ese gran desconocido". Siguiendo la calle se llega a la catedral y al castillo. Tomamos un vino en "Los cabezudos", bar moderno dentro de un palacio que por la noche se convierte en discoteca. Camareras estiradas y antipáticas sin motivo alguno, porque no son tan guapas como para eso. Se les perdona porque el vino de Toro (la marca "Bajoz", concretamente) está buenísimo. Aquí no hay kennys ni homers en los escaparates: el héroe es Viriato (un ibero en paños menores que señala en plan Colón, en la plaza donde se venden las drogas).Más vino en la plaza mayor y una última copa en "Viriato", bar de tapas, copas, tele sin volumen, cuidado, agradable y el camarero un encanto. Que aprendan las cabezudas.
He dormido bien. Bajamos al castillo. Hay una puerta pequeña (yo tuve que agacharme para pasar, con eso lo digo todo) llamada "el portillo de la traición". La cosa va de que el rey Sancho II había sitiado la ciudad para cargarse a su hermana Urraca (el cid participaba, el Cid sicario total) pero Vellido Dolfos, esto es un nombre y lo demás cuento, le dijo, ven ven entra por esta puertecita, y al entrar, se lo cargó allí mismo para defender la ciudad y a la Urraca. Así que la traición no la veo yo por ningún lado.
Paseamos, paseo largo, por la orilla del Duero. Alberto ha prometido llevarme a un sitio que me va a encantar, ha dicho. Efectivamente, cuando me dice que mire desde la otra orilla, no veo Zamora sino un fotograma de "El sur". Hay besos de agradecimiento. Es gracioso porque ya he estado en esta peli dos veces, una vez en Ezcarai y otra en Zamora. Cosas del cine.
Tomamos una cervecita en el merendero "Pelambres". ¿Somos los únicos habitantes de la tierra? Ventajas de viajar en otoño. Buena vista del Duero. Una ciudad sin río no es una ciudad, decidido (a no ser que tenga mar).
Para comer buscamos un restaurante castizo: "Restaurante España". Está igual que hace un siglo. Ambiente popular, nada de turistas y muchos curas poniéndose las botas. Por sus panzas, piedras del río no comen.
En una perfumeria veo "Colonia Doraemon": esto es una capital al día! En las paredes se anuncia un curso de pandereta. Aquí no se aburren. Después de la siesta (que aprovecho para terminar los cuentos de Oscar Wilde que me regaló papá, y que me resultan terriblemente infantiles), bajamos al Museo de la Semana Santa. Alberto encantado. Los monigotes de los pasos son feísimos por muy antiguos que digan que son. Lo mejor: que lo tienen todo digitalizado y en un PC puedes hacerte idea de la Semana Santa zamorana en media hora, leer la historia de todas y cada una de las cofradías y hasta ver los vídeos de tooooodas las procesiones. Las vemos, las vemos. Todas.
Cafelito en "Ocellum". Muy moderno, muy limpio y muy bonito, con más de 50 revistas distintas para ojear (actuales). Todo sin prisa. El camarero igualito que Josan Hatero pero en rubio. Paseo abajo hacia el río. Se ve que la gente sólo pasea por la calle principal, no cerca del río. Hace frío, pero nos puede el estar en una ciudad nueva. Quizá si viviéramos aquí no miraríamos el río ni de lejos, no lo sé.
Buscamos un bar "El pucherito", que venía recomendado por su cocina casera en un recorte de "El país" (a los que Alberto tiene tanta afición). Efectivamente, el bar existe pero las tapas son albóndigas de lata que, para más inri, como el microondas está roto, nos sirven frías. Yo paso. Unos metros más arriba "Chimeno" (única vez que tengo que dar la razón a los recortes de Alberto). Tasca marrón, que la definiría un holandés. Vinos, cervezas, encurtidos, embutidos y, la estrella de la casa, ensalada de bonito. Chimeno es un tipo de 60 años, amojamado y sonriente. La ensalada exquisita: con pimentón espolvoreado por encima. Nos pregunta de dónde somos. Que él estuvo una vez en Torremolinos, qué vaya gachís hay por allí. Que qué hacemos en Zamora.
-Hemos venido por la ensalada.
Los demás parroquianos se han marchado, y al ver que comemos con prisa, nos dice que él no cierra hasta las tantas, que si queremos probar un licor que hace de moras silvestres. Las recoge él mismo. El aguardiente lo compra en nosedónde y las tiene guardadas un año. Todo natural. Del otro también tiene, pero éste sólo se lo ofrece a los amigos. Nos habla de las rutas que se pueden hacer por Zamora y de cuánto le gusta el campo. Y Torremolinos.
Desayunamos en "Davico", un bar muy moderno (en plan Starbuck, con su escaparate y su venta de té) con camareras vestidas de gogós (a las 10 de la mañana). Visitamos la expo de "Las edades del hombre". Imposible ir por libre. Grupos de 20 mínimo. Vamos allá: beee, beeee... Primero nos ponen un vídeo explicativo. Con lo único que me quedo es con una frase de Claudio Rodríguez: Las piedras que nos fecundan. Vemos la expo y nos saltamos la tercera parte que era otro vídeo o algo peor.
Haciendo cuentas, Alberto dice que lo que más le ha gustado han sido los Zangarrones (un disfraz tosco entre payaso, fantasma y brujo de tribu), que se pasean por las fiestas dando escobazos. A mí los zapatitos de plata que llevaba el niño de la Virgen de la Concha.
Curiosidades de la expo: "La incredulidad de Sto. Tomás", un anónimo del XV, y "Cristo resucitado bendiciendo a María" de Berruguete.
Hay un bar pijo del que sale música clásica. Tiene patio bonito con hiedras colgantes, así que entramos. Se está de miedo y vino al canto. Al fondo hay una pareja (mechas ella, rubio él) que se pasa un cuaderno. Cada uno dibuja lo que ve y se lo da al otro para que haga lo mismo. Se ve complicidad entre ellos. ¿Llevan poco tiempo de novios? ¿Son turistas que no han traído cámara de fotos? Si no fueran vestidos de beige y cuadros bulberris resultarían guapos.
Camino a Braganza paramos junto a la carretera, al sol, a comer: pan, queso, tomates y vino. Esto es vida. Braganza es un pueblo, digamos, tirando a andaluz (aunque parezca una aberración lo que digo). No mola mucho. El castillo sí. Alberto se esperaba una ciudad de piedra negra (por unas fotos que vería en "El país", seguro) y no. Hay una parte del pueblo dentro del castillo, pero no llama demasiado la atención.
Me gustan los "pelouros do ferro" (bolas de cañón, vaya), las espingardas bien conservadas y el aire helado, que me cierra los ojos de dolor, en lo más alto del castillo. Para subir hay que trepar por una escalera empinadísima hecha toscamente de madera. En la puerta del castillo un señor hace esa misma escalera en miniatura y las mete dentro de botellas de vino. Se ve que el hombre se aburre. Antes de irnos tomamos un café en un bar tristón. Mira que está iluminado: pues es tristón: mesas camillas destartaladas con hombres bigotudos que me miran de reojo. ¿Nos vamos?
Por el camino, en radio3, música de "Garijo Mambrú". Menudo atasco nos encontramos al entrar en Oporto. Yo de copiloto soy un desastre. Confundo la izquierda, la derecha, y sin gafas no veo los nombres de las calles. Me bajo del coche y un señor muy amable me indica un recorrido endiablado para poder llegar al hotel: la calle está cortada por obras y hay que dar un rodeo. Pedazo de rodeo, porque el hotel está lejos. Pero lejos lejos, dice el hombre. Gracias, hombre.
El hotel Beta no está mal, sólo está muy lejos del centro. Hemos tardado tanto en llegar que se nos ha hecho de noche y el coche no sale del parking hasta que nos vayamos, vaya que no. Llueve (no precisamente por exigencias del guión) mientras bajamos andando por una calle larga y oscura buscando dónde cenar. En cada tramo decimos: si no hay ninguno en el siguiente tramo, nos volvemos.
El restaurante "Rito" está abierto y bendita sea la cocina estilo Madeira. En la tele un partido de fútbol y en la mesa de al lado un grupo de jovencitos bien alimentados devoran unas brochetas de medio metro. A Alberto no le mola nada no controlar el asunto. Se nota que lo pasaba mal en los tramos sin avituallamiento (y con lluvia, que odia). Yo iba feliz, mojándome en una ciudad nueva y sin saber el color del gato que nos maullaría en el siguiente callejón. Parece que el vino y una bola de pan de millo donde descansa su brocheta, consiguen relajarlo.
De vuelta al hotel todo brilla. Es muy raro, porque al llegar al hotel sólo son las 23.00.
He soñado que firmaba un cómic que no había dibujado yo.
Por la mañana la calle se llena de gente que va a trabajar. Parece otra. Desayunamos en "O sapinho". El bigotudo parece simpático y los dulces portugueses están de miedo.
Iglesia Ntra. Sra. de Lapa. Iglesia de San Francisco: alucinamos con las colas que hay para confesarse. Incluso una parejita de 16 años. ¿Qué habrán hecho?
Catedral. Vista de todo Oporto. Aquí sí que hay piedras negras. La Avenida de los Aliados recuerda mucho a Lisboa (Lisboa es menos sucia). La estación de San Bento mola. Entran ganas de meterse en cualquier tren.
Por el puente de Luis y se cruza al barrio de Gaia (marinero, popular, donde en la orilla están todas las bodegas; bodegas inglesas). El puente es largo, pero más largo se me hace cuando Alberto se para en la justa mitad a admirar el paisaje. Pasan coches por arriba y por abajo. Tiembla igual que durante un terremoto. Allí te espero poniendo un huevo.
-¿Te ha dado miedo?
-¿Miedo? ¿Yo? No, sólo era pánico.
A la orilla del Douro se está bien. Muy bien. Hay barcas negras con velas inmensas. Parecen de atrezzo. Huele a mar, río, vino, leña, pescado crudo y pescado asado. Vemos montones de japos con bolsas llenas de botellas de vino. Nunca hemos visitado una bodega. Vamos allá. Elegimos "Calem". Acaba de empezar una visita (que son gratuitas) guiada. Un chico rubio cuenta en perfecto español la historia de la bodega y los tipos de vino. El grupo somos 4, otra parejita muy sosa y nosotros. Después de pasearnos entre toneles gigantes de vino, nos suben a la zona de embotellamiento y etiquetaje (que no está en funcionamiento porque están almorzando) y nos sirven una copa de oporto tinto y otra de blanco a cada uno. Entablamos conversación con el guía por algo del vino, y nos dice que él de vinos sólo sabe lo que se ha aprendido de memoria, que él es galés y de lo que sabe es de cerveza.
-Pues para ser inglés...
-Galés.
-...galés, hablas muy bien español.
Que así así. Con lo de las guías se paga los estudios en Oporto. La parejita sosa no abre la boca.
-¿Y vosotros? Españoles, ¿no?
-Sí.
-Está bueno el vino, ¿no?
-Sí. Querrán que compremos.
-Bueno, no está mal. Te enseñan esto y te dan para que lo pruebes.
-Sí, pero querrán que compremos.
-¿Sois andaluces? -pregunto porque he notado cierto acento.
-De Málaga.
-Nosotros también.
-Ya.
Vámonos de aquí. Vaya parejita más sosa y más desconfiada y con más mala pipa. Cruzamos el puente por abajo: Miragaia. Alberto saca sus recortes de "El país": ¿Restaurante "Filha da mae Petra"? Venga. Voy a tener que hacer penitencia. Mis reverencias al niño del país. En el piso de arriba (techo bajísimo, paredes alicatadas, balcones abiertos al río, al sol, al olor del río, al olor del sol en las macetas) nos dan una mesa para 6, y eso que el bar está a tope. El camarero nos pregunta si somos de mucho comer (y me mira a mí!) que así así. Pues que entonces pidamos un plato para los dos. Guay. Y, ¿¡qué decir de ese pedazo de bacalao a la brasa!? Me lo comería llorando de rodillas!! Qué placer!!! ¿Dónde está el camarero que lo bese?
-Ahora que hay sol, lo que pega es montarse en un barquito y que nos enseñen el Douro, ¿no?
-Possí.
En el barco no hay más que franceses de la tercera edad haciéndose vídeos los unos a los otros. El paseo, a pesar de eso, se hace corto. En la orilla de Gaiga hacia el mar hay casas que parecen calcomanías en el paisaje, como los kalkitos. No sé cómo se sostiene a la tierra. ¿Tendrán raíces? Trato de imaginar el recuerdo que tendrán de mayor los niños que vivan ahí. Por que de mayores no vivirán ahí. Espero.
Iglesia de la Misericordia. Alicatada. Azulejos tan fríos como los de la habitación de las reliquias de Mahoma en Estambul (que era el frío que iba ganando hasta el momento). En Rua das flores hay dos librerías de segunda mano. Todavía no son las 16.00, así que cerradas. Café en la plaza bajo la torre dos clérigos (no tiene servicios). Allí mismo (rua das carmelitas, 114) está la librería "Lello", la más bonita de Oporto (y de toda Portugal, quizá). Lo mejor es su escalera rosa. Rosa fucsia. A este viaje no he olvidado traerme la cámara, sólo que el carrete es el b/n. Lástima de rosa.
Volvemos derrengados al hotel. No creo que salgamos esta noche. En la tele una mujer alemana habla de su vida. Se llama Úrsula y es mi vivo retrato. Despierto a Alberto para que la vea. Es idéntica.
Como nos acostamos a las 21.30, a las 9.00 estamos de punta. En el sueño salían dos camas de matrimonio con las esquinas cortadas. Mi abuela me enseñaba las manos y veíamos que teníamos las mismas manchas. Y en una boda me encontraba dinero en el suelo. He pasado mucho agobio intentado encontrar a los novios para devolvérselo.
El camarero de "O sapinho" dice que si lo mismo de siempre. ¿De siempre?
Matosinhos es barrio de pescadores. Hay un puerto y restaurantes de pescado. Vamos en coche hasta el faro y aparcamos. Alberto dice que el Centro Portugués de Fotografía no está lejos. No qué va. Después de caminar más de dos horas, resulta que sólo es un centro administrativo sin salas para exposiciones. Por lo menos nos paseamos por el jardín. Hay un árbol gigante. No exagero. Las ramas caen hasta el suelo, así que uno está en la hierba pero dentro del árbol. Se respira de miedo. Alberto se inspira y comienza a hacerme fotos. Para alguna publicación, dice. No sé qué mosca le habrá picado, debe de ser tanto verde (no sé si sabe que el carrete es en b/n). El suelo está lleno de pétalos morados brillantes.
Nueva caminata hasta el Museo Serralves (muy parecido al Bauhaus de Berlín). Hay una expo que compara a Mondrian con Amadeo Souza. Otra expo de diapos, 2600 en total, de Fischi y Weiss, expuestas sobre una mesa con luces debajo. Mola mucho. Por lo demás, nada destacable. Hay bufet libre. En la mesa de al lado comen un grupo de niñas guapísimas con ropa que mataría por tener en mi armario. Son las guías para niños del museo. El café lo tomamos en la terraza, al sol. Los jardines son inmensos. Entre los setos hay esculturas de imperdibles gigantes y cosas por el estilo. Buscamos el jardín de las aromáticas y la casa del té. El jardín mola mucho (cojo semillas). La casa del té es tiquismiquis. Tranquilidad absoluta. En la carta hay montones de tés distintos. Alberto pide un "Nestea". La cara del camarero no la describo.
Caminito de vuelta al coche hasta Boavista, la playa. Brazo de mar con faro al fondo. Pescadores. Playa vacía. Arena dorada. En la orilla piedras. Qué piedras!! Me remango y me voy llenando los bolsillos. O todas o ninguna.
-Si nos quedamos hasta que se ponga el sol, igual vemos el rayo verde.
Nos quedamos pero no lo vinos, no. De todos modos, esto ha sido sin duda lo mejor del viaje hasta el momento. Nada más irse el sol uno se congela. En el coche suelto todas las piedras y reconozco que me he pasado. Una de ellas del tamaño de un puño y que se quedará en el coche como arma de defensa.
Volvemos a Matosinhos a cenar y entramos en la marisquería "A Antigua" porque vemos que entra una familia normal. Dentro es tremendo. Todo está lleno de mafiosos haciendo negocios, y mafiosos que ya han hecho negocios y cenan con una puta. La mesas de los mafias con puta se notan desde lejos porque cenan con champán en vez de con vino blanco. En la mesa de al lado una familia celebra un cumpleaños. A la chica homenajeada le dan un paquete con lazo. Un perfume, lo huele, pone cara de asco y se lo da a su madre que lo guarda en el bolso. Comen a dos carrillos. Todos muy pijos pero muy groseros. En la mesa del otro lado han terminado un trato y lo celebran con tres bandejas de ostras (para abrir boca; porque llegamos después que ellos y nos vamos antes que ellos).
Todo muy bueno, sí señor. Al salir, el camarero que nos ha atendido como un auténtico lacayo, me guiña un ojo cuando Alberto no está mirando. Le ha faltado pellizcarme el culo, vaya.
Estamos en el hotel, zapeando, y se oye un cacharrazo. Una señora se ha saltado un stop y han chocado dos coches. No hay apenas daños. Papeleos y listo. ¿No? No. Empieza a llegar gente de las casas, de los bares que están cerrando, un borracho se pone a dirigir el tráfico, su mujer baja y se lo lleva a trompicones, un niño se pasea entre la gente en su patinete, otro niño-rapero aprovecha y baila, vuelve el borracho, llega un bus, se para atravesado, los coches pitan, el borracho vuelve a dirigir el tráfico, la mujer vuelve, el borracho se escabulle, el niño baila, el conductor del bus enciende un cigarro, dos taxistas charlan, la mujer del coche no sale de su coche, el taxista le pide fuego al del bus, el borracho pide un cigarro, su mujer se vuelve a la cama... y así hasta 3 horas cronometradas con el reloj digital de la tele.
He soñado que llamaba por teléfono a Joan pero él no decía nada. Llueve. El camarero nos saluda como si fuéramos sus colegas de toda la vida y sin preguntar, manda a su mujer que nos sirva lo mismo de ayer y anteayer. Sin réplica.
La verdad es que pasear con lluvia y frío cuando eres turista es un poco cansado. A ver qué hacemos hoy. Para hablar entramos en un café grande y antiguo en la Avda. os Aliados. En la barra hay unos teatreros que parecen españoles. Alberto dice que son los de la Fura. Qué va. Pero teatreros seguro. Pensamos que podemos ir al Museo Romántico, ya que llueve tanto. Que está cerca. Cerquísima, sí. Otras dos horas andando bajo la lluvia. De camino, entramos en la Iglesia de San Francisco (junto a la Bolsa, no la del otro día), donde el retablo está hecho con 200 kilos de oro. De la puerta sale el único eléctrico que queda en Oporto. En la iglesia hay escenas terroríficas de franciscanos con las cabezas cortadas, un árbol genealógico de Jesús que sale de la tripa de Jesse, el profeta, y una virgen tumbada en una barca con unas zapatillas modelo luna de miel años 60. Las catacumbas molan. Unos extranjeros meten la cabeza y salen despavoridos.
Allí cerca, restaurante moderno "Ribeira douro". No está mal y sigue lloviendo. Lo mejor del restaurante es que el servicio está en el sótano. Bajo las escaleras y me encuentro una pista de baile. Así que estoy en los servicios de una discoteca. Da casi miedo. Sobre la comida, nada reseñable.
Subimos hasta el palacio de cristal (feísimo) y buscamos el Museo Romántico. La lluvia lo ha dejado todo "muy romántico" efectivamente: embarrado, lleno de hojas mojadas, ramas de árboles caídas. No hay sendero claro. Al fin vemos un muro de piedra con verja. Cerrada. Hay un edificio con una cristalera y dentro se ven parejas tomando vinos.
-Para llegar al museo hay que dar la vuelta.
-O saltar el muro -apunto.
Saltamos. De barro hasta las orejas, el culo mojado. En el museo nos hacen esperar porque la visita es guiada y hay un grupo de estudiantes. Esperamos. El museo romántico tiene jarapas aztecas en el suelo. Verás qué churro. Nuestro grupo es una pareja de franceses y, nosotros, los culos mojados. Una señora nos va explicando la cosa. Me extraña que nos dejen pisar y tocar. Que no, que son todo reproducciones, menos un salón, este sí, acordonado. Los franceses hacen chistes con las amantes del rey y la ropa interior que hay sobre una cama. Mu grasiosos. Nada recomendable este museo, pero sí el "Solar do vinho do porto", la sala con las parejitas que vimos antes desde el muro. Así que un vino con nuestros culos mojados en los sofalitos beige y vemos que desde dentro se ve perfectamente el muro y nuestro anterior salto. En fin, bonitas vistas, etc.
De vuelta, por la calle comercial, Sta. Catalina, no entramos en el Café Majestic porque estamos agotados, pero queda pendiente. Muchas tiendas de marca, bla, bla, bla.
De vuelta al hotel, entro en una tienda de 20 duros a ver si encuentro unos vasos iguales a los que nos pone "O sapinho" cada día. Bingo. De paso me compro un sombrero de agua de esos que usa Woody Allen. A partir de ahora entraré a los museos con el culo mojado pero la cabeza seca.
Siesta para él, baño caliente para ella. Los recortes de Alberto dicen que al norte, justo al lado del hotel, es la zona de las churrasquerías. Pues vamos. El bar es un comedero de pollos. A tope. Nos da igual. Bacalao estilo madeira y brocheta. Parece que aquí al camarero se la suda si eres de mucho o poco comer. Por gentileza de la casa, además, un chorizo a la brasa que, cinco meses después, todavía se me repetirá. ¡Y qué bueno es llevar a los viajes manzanilla soluble y almax! Esa noche me da fiebre.
Supongo que por la lluvia, no el chorizo. He soñado que encontraba monedas rusas en el suelo. Nos despedimos del sapinho. Hoy le he dicho que me cambiara el bolo de arroz por un papo d'anjo. Hecho.
Es temprano, no sé cómo, pero no tenemos ganas de volver a los atascos del centro, así que salimos por el norte hacia Segovia. Allí nos esperan Trini y Ángel Luis para comer. Los niños han crecido mucho, parecen dos angelotes. Esta vez Segovia me gusta. Trini dice que Salamanca está preciosa, que han hecho peatonal el centro. Queda pendiente. Los niños me enseñan su colección de juguetes Kinder y yo hago apología de Doraemon. Siempre acabo igual.
Septiembre, 2001.