FISAHARA 2005

Lala no habla español ni falta que le hace. Cuando se despierta frente a "la pantalla del desierto" abrigada entre mis brazos, siempre con tos siempre con frío, me besa la mano y me dice "qué guapa". Es la niña más dulce del mundo. La única que conserva un gesto de inocente curiosidad tal vez porque nunca estuvo en España como sus amigas. Lala nació hace diez años en la Hamada (el desierto del desierto). Lala no sabe lo que es una cama, una ducha, una calle asfaltada o el gato Doraemon. O comer sin masticar arena o beber agua que no sepa a sal.

Me miro el anillo verde que me regaló Nguilla y ya casi no recuerdo que lo primero fue ver a Juan en el aeropuerto y después la figura elegantísima e inconfundible de un senegalés.

Abdula se presenta, pasaporte, tarjeta de embarque y despegue 14.30. Juan va en el asiento de delante y a su lado Pablo Carbonell canturreando todo el tiempo. Trasiego de bandejas y parada de 40 minutos en Orán para repostar.

Aeropuerto de Tinduf. Dos cabinas de madera y cuatro policías argelinos que no hablan español te buscan con parsimonia en una lista, te preguntan la profesión, te ponen una cruz, te sellan el pasaporte y das las shukran con una sonrisa para caerles bien, por si acaso.

Es de noche. En la explanada hay varios 4x4 requeteusados y unas camionetas. Hora y cuarto de dejarse los riñones por una carretera sin carretera y sin alumbrado, guiados por un GPS biológico que deben de llevar estos señores del turbante en el ADN. Veinte pares de riñones saltando mas los del conductor, y, a su lado, a contraluz, la figura del senegalés, Moussa, que ni se inmuta con los baches.

Decir, no hay luz eléctrica en toda la wilaya es no decir nada. Hay que venir a verlo. Nunca imaginé tantas estrellas. Los 4x4 forman una circunferencia para alumbrar el equipaje que está amontonado en la arena. Cuando decía arena desde el sofá de mi casa veía una playa de Cádiz sin mar. Una arena suave donde hundir los pies y las manos, donde tumbarse a tomar el sol y contemplar el paisaje. Nada más lejos. Ni Bowles hubiera aguantado aquí más de dos días. Cada vez que diga arena querré decir tierra amarilla inhóspita dura donde no apetece más que echar a correr sin mirar atrás. Alguien dijo: "¿A quién le gusta vivir en el desierto? ¿A quién le gusta vivir en el infierno?".

Una fila de mujeres vestidas con mehlfahs de colores, nuestras anfitrionas, se van sentando en la arena. Aquí todo sucede en la arena. Hay que formar grupos de cinco y somos tres. Alberto y Juan van en busca de la pareja perfecta. Y la encuentran: Luján y Javier. Ella todo ojos, él todo palabras. Después llegan con Nguilla, nuestra madre del desierto, que me coge de la mano muy fuerte para llevarnos a su casa de adobe. Pasa un 4x4 a más de cinco metros y me apretuja contra ella para protegerme. Todo su cuerpo contra el mío. Nguilla huele a madera.

Nguilla es grande gruesa y elegante. Su marido la dejó hace dos años y se fue a vivir a Marruecos. Nguilla tiene seis hijos y como único ingreso 20 euros que le da el gobierno cada tres meses. Eso nos cuenta Mohamed (entendemos que es su cuñado). La casa de Nguilla: habitación 4x8, pared con ventana a ras del suelo cerrada con una tabla que si estuviera en el MOMA se diría de Pollock, cuatro ventanucos más pequeños, cerrados y adornados con un simulacro de cortinillas rojas transparentes y desflecadas que, mucho me temo, hayan colocado especialmente para nosotros. Alfombras en el suelo directamente sobre la arena. Fluorescente de 40cm y pocos vatios con cables semipelados que van a dar a una batería que hay que reponer al cabo de un rato. Como único adorno un reloj en la pared parado en las once menos cuarto. Ya imaginaba que aquí se detendría el tiempo nada más llegar.

Liha, Laila, Nana. Ahmed. Nos besan nos calibran se ríen. Los dientes blanquísimos de Nana.

Mohamed hará durante estos días las veces de hombre de la casa. Aquí es común que los maridos dejen a sus mujeres y se vayan a Marruecos, dice. Nguilla hace trabajos de voluntariado como todos aquí: maestros, médicos, etc. Nadie cobra un sueldo por su trabajo.

Juan se ha hecho con el amor incondicional de toda la familia. Excepto de Ahmed, el hijo de seis años, que va completamente a su bola y al que veremos muy poco en estos días. Tengo la impresión de que los varones pasan de todo. Las mujeres y niñas trabajan, los niños (y no tan niños) juegan y pasean. Si este pueblo llega alguna vez a buen puerto será sin duda por el empeño de sus mujeres. Nguilla tiene dos hijos más, una niña que vive en España porque está enferma y otro niño que no queda claro si está con su padre.

El té merece capítulo aparte: campingás con cafetera burbujeante, bandeja plateada con patas sobre la que hay cinco vasitos, recipiente plateado con hojas de té verde, recipiente plateado con azúcar, barreño pequeño de plástico rojo con agua. Se calienta el agua en la cafetera con azúcar y té. Cuando burbujea se vierte desde lo alto en el primer vasito. Del primero al segundo, del segundo al tercero y así hasta el quinto. Después vuelve a la cafetera, que de nuevo se pone a calentar con un poco más de té. Vuelta a empezar. Toda la habitación huele a azúcar quemado. Es cosa de trileros porque al final, no sé cómo, hay cinco vasitos llenos que nos ofrecen. No me gusta el té verde y encima está demasiado dulce. Devolvemos los vasos vacíos a la bandeja pequeña, de ahí pasan al barreño de plástico donde les da un leve lavado, y comienza de nuevo el ritual, y beben ellos. Después de tres o cuatro rondas lavan la bandeja plateada que hace de mesa con el mismo agua que antes se lavaron los vasos y otra vez ese mismo agua al barreño. Ese agua debe servir para lavar los vasos mañana. Escrupulosos abstenerse.

Decir, no hay agua corriente en toda la wilaya es no decir nada.

Había leído que no se podía decir que no a nada que te ofrecieran. En cualquier sitio puedes decir que no siempre que se sea educado. Si no te gusta el té, puedes decir que no a la segunda ronda con una sonrisa. Si te dejas comida en el plato, se dice que estaba muy bueno pero no te cabe más. Como siempre, los tópicos son mentira.

Queremos ir al cine, pero Mohamed y Laila nos dicen que no hay películas hoy aunque oímos claramente que están poniendo en ese mismo instante "El milagro de Candeal". Pues entonces queremos dar un paseo, insistimos. Aceptan a regañadientes. Cuatro pasos alrededor de la casa, muchas estrellas, y Ahmed nos enseña sus tres pollos: dos ponen huevos, dice.

Hora de cenar: plátanos, huevo a la plancha con cebolla rehogada en un poco de salsa de tomate. Ellos cenan aparte. También duermen en otro cuarto, excepto Mohamed y el niño. El otro cuarto, mucho más pequeño, debe de ser el que usan para guardar sus pocas pertenencias.

Liha es la mayor. Tiene veintitrés años. Es curiosa y teatrera. No habla español. A Javier le encanta porque prueba todo lo que le ofrece sin pensárselo dos veces. Liha mira a Juan con ojos muy abiertos y pide que le hagan fotos constantemente. Coquetea sin parar. A pesar de ser extremadamente expresiva, nunca se sabe si es sincera o representa un papel. En estos días que vendrán, Liha se cambiará de mehlfah al menos seis veces y siempre usará guantes de lana cuando vaya de la mano de uno de nosotros. Pero ahora Liha reparte mantas, dos de ellas muy nuevas que me temo hayan comprado expresamente para nosotros. Antes de que nos tumbemos sobre la alfombra, rocía el filo de las mantas con perfume. Como almohada nos ofrece una usada, cojín durísimo que nunca usan para sentarse. Las mujeres que se sientan encima les duele la cabeza, dice Laila, refiriéndose a que están mal de la cabeza.

Fuera de la casa, a la vuelta de la esquina, hay una letrina: agujero en la arena con dos ladrillos para alzar los pies y una tinaja con agua y un cacillo que hará las veces de cisterna. Sobre la tinaja, en un estante de chapón, hay una piedra de bordes redondeados. En otro estante ha colocado un rollo de papel higiénico para nosotros. Mohamed dice que si queremos ir al servicio durante la noche, lo despertemos para que nos acompañe.

Todo el frío de la noche entra por la puerta, abierta, cerrada únicamente por una cortina de flores psicotrópicas naranjas y marrones.

Comienza mi noche en vela en Auserd.

Auserd es una de las cuatro wilayas (provincias) y cada wilaya (El Aaiun, Smara, Auserd y Dajla, nombradas así como referencia a poblaciones de Saguia el Hamra y Río de Oro, con tal de mantener vínculos simbólicos con la tierra originaria) se subdivide en dairas (municipios). Nuestra daira es Zug y la única que aún no tiene huerto. Las dairas se dividen a su vez en barrios. La casa de Nguilla está en el barrio nº1. Cada wilaya tiene un hospital provincial y una escuela. Cada daira un centro de salud y una guardería. Yo imaginaba que aquí vivirían doscientas personas a lo sumo. Según el último censo viven 175.000 civiles, en su mayoría mujeres y niños.

No he pegado ojo y es mentira que los gallos canten al amanecer. Cantan toda la noche. Como Juan, que ronca toda la noche. Ronquidos capaces de provocar una estampida de camellos. Toque de diana, o la tos exagerada de Mohamed, a las 08.00. Ellos desayunan un bol de leche de cabra batida con agua y azúcar, del que todos beben por turnos. En un plato tienen un pegote de mantequilla que van pellizcando con pan, un pan gigante que ha cocinado Nguilla. A nosotros nos han puesto café, pan de viena, magdalenas, quesitos, mantequilla y dos tetrabrick de leche. Plátanos y naranjas. No quiero pensar el sacrificio que les ha debido costar este banquete. Y encima nos hacen regalos: collares, pulseras y anillos con la bandera saharaui (franja negra arriba, mientras no sean libres; cuando lo sean, la verde arriba y la negra abajo).

Sacamos algunos de los regalos que les hemos traído (hay que ir dando regalos cada vez que ellos den regalos y no sacarlos todos el primer día, cosas del protocolo). Nana, la pequeña, se pone contentísima al ver las muñecas voladoras y las Betty-spagueti, la ropa, los cuadernos y los lápices de colores. Liha, la mayor, da las gracias, lo mete todo en una bolsa y desaparece. Por la tarde las dos niñas pequeñas tenían cara de palo. Sospechamos que los regalos, tal como llegan, los venden. Pensar eso me sienta como un tiro, la verdad. A Ahmed le habíamos traído un balón de reglamento y una gorra del Barça, pero por la tarde seguía jugando con una pelotilla sucia de goma. Frase que queda acuñada en ese mismo instante: No interfieras.

Cambiemos de tema: ¿No hay mezquita? No hay. No quieren construir mezquita porque no han venido a quedarse. Construirla significaría que esto va a ser su hogar definitivo, y eso sí que no. Por el mismo motivo construyen sus casas de adobe en vez de ladrillos y cemento. Y así desde hace treinta años.

Hoy se inaugura el FISAHARA. Vamos con Liha y Nana, Laila está en el colegio. La explanada donde está colocada "la pantalla del desierto" se llena de niños que vienen desfilando (entre ellos Laila), de mujeres gritando con banderas, camellos corriendo, etc. Haimas abarrotadas donde mujeres con manos teñidas sirven té y bailan. Imposible captar todas estas imágenes en una cámara. Carpe diem.

Aún no he hablado de mi miedo antes de venir: miedo al dolor. Nada. Y es que cuando la prioridad es no quedarse ciego a causa de la arena, lo demás se olvida. Mi cuello no existe, mi espalda no existe, mi estómago no existe.

Después de una mañana cansada con arena en todos los poros de nuestra piel, volvemos a comer a casa. Cada hora salen dos autobuses (uno donado por Castellón y otro por Murcia) de "la pantalla del desierto" a nuestro barrio. En el bus vamos todos dando palmas, y las niñas cantando y bailando una enloquecida música que sale de un casete maltratado que hay en el salpicadero.

Almuerzo: camello con patatas fritas, plátanos y naranjas. Fanta y Coca-cola. Ellos vuelven a comer aparte. La siesta la dormimos juntos. Una siesta demasiado corta: llega un primo de las niñas, que habla español, tiene novia en España y termina cada frase en "¡hombre!". El primo me da un sobre (al tacto contiene collares) para una chica de un pueblo de Sevilla.

Después de la siesta el trasiego del té, y después del té, en el Club proyectan "Vampiros en la Habana" y "En el mundo a cada rato". El Club no es más que una sala enorme con alfombras en el suelo. Las vigas son vías de tren. Cuando el dibujo animado se va quitando la ropa todos gritan. Ven cine una vez al año, recordemos.

En la explanada, además del Club, hay un barecillo donde se organizan las mesas redondas. A la puerta de cada uno hay hombres vestidos de policía qué sólo dejan pasar a los saharauis que van acompañados de un visitante. Las niñas se nos aferran a las manos. Además de las niñas de casa suelen venir tres vecinas: Faila, Lala grande y Lala pequeña. Lala grande no mide más de un metro. Faila es la que mejor habla español. Veranea en Castilla la Mancha. Lala grande tiene una tía en Valencia y quieren hacerle el pasaporte porque nunca ha estado en España. El pasaporte cuesta 250 euros. Lala lo dice todo con los ojos. Al igual que Liha, no para de toser.

Pantalla del desierto: "La rosa del desierto" y "Flores de otro mundo". En una de las escenas alguien pone la mano delante del proyector. En otra cortan directamente la película. Bollaín grita desesperada: ¡Que no se ha acabado!

Esperaba que ver películas bajo el cielo fuera como ir al cine de verano. Nada que ver. No sé explicarlo, pero nada que ver. Esa noche perdí las gafas en la arena del desierto.

Nuestras niñas se desesperan cuando uno se "pierde". Otra frase acuñada: ¿Dónde está Juan?

Llegamos tarde a la cena. Como les hemos hecho esperar dos horas, Mohamed nos hace esperar dos horas más. Nosotros esperar dos horas, vosotros esperar dos horas, dice Mohamed. En la cara de Nguilla se ve claro que no está de acuerdo. Esa noche me picó un bicho en el brazo, así que vi las estrellas por partida doble. Dormí como un tronco usando como almohada unos calcetines enrollados.

Toque de diana, esta vez arañando el cuenco de la leche con el batidor. Nos quieren despertar a base de dentera, dice Alberto.

Liha nos trae unas mehlfahs verdes-calipo y tiñe con henna los pies y las manos de Luján, que se deja hacer completamente feliz. Yo, por el momento, me he librado.

Le compro a un beduino unos anillos de madera. Juan me regala una rosa del desierto y pienso: todos deberíamos tener derecho a un Juan. Juan me ha salvado el viaje, pienso, no tiene problema en hablar, en decirle a Nguilla que la adora, que quiere casarse con ella, Juan se despierta dando palmas y cantando. Simplemente la mira y le dice: Nguilla. Y ella le contesta: Juan, ¡erguet! (Juan, ¡a dormir!). Que fácil parece todo cuando él está cerca.

Alberto le ha dicho a Mohamed que quiere llevarle medicinas al médico. Mohamed dice que mejor las deje en casa para la familia. Alberto insiste en que las medicinas las debe tener el médico. Mohamed dice que aquí prefieren ir al "médico de costumbres". Finalmente Nguilla nos lleva al centro de salud. Desolador. Aguanto las ganas de llorar cuando entramos en la consulta del médico: habitación con un somier, enfermeras sentadas en el suelo tomando té. En la habitación de al lado, un poyete lleno de arena, una banqueta y una caja de cartón. La cara de resignación del médico lo dice todo.

Juan se acerca a saludar a Lola Dueñas y unos tipos de la tele (recordemos que Luján y yo vamos disfrazadas de saharauis-calipo) me dicen muy despacio si no me importa que me hagan unas fotos. ¡Si soy de Málaga!, respondo. Por lo que más quieras no te quites la gafas, dice, y coloca a Lola dueñas entre las dos falsas saharauis. Posamos como auténticas profesionales. ¿La magia o la mentira del cine?

Mohamed nos acompaña al hospital. Por el camino veo una niña guapísima. Mal color, dice Mohamed. La niña es negra. Cuando encontramos a un negro en nuestro desierto lo matamos: es ley saharaui, dice Mohamed.

Visitamos el hospital y la farmacia por fuera (Mohamed tiene prisa en que salgamos de allí). El corazón en los pies y ya es hora de almorzar. Después de la mañanita que he tenido el cuscús de camello baja a duras penas hacia mi estómago.

Después de comer hay partido de fútbol (Saharauis 5 - Visitantes 0). Alberto ofrece una camiseta del málaga para el mejor jugador y se la dan al número 10. Alguien ha dicho que nos van a llevar a las dunas. Mohamed dice que en bus no se puede ir. Vamos. Efectivamente, a mitad de camino el bus se atasca en la arena. Todos a empujar. Anochece. ¡Qué extraordinadiro momento!, dice Moussa con los brazos en cruz, mientras Chus Gutiérrez propone que pongamos bolsas de plástico debajo de las ruedas.

Cuando llegamos a las dunas todos salen corriendo hacia la primera. Me recuerda a cuando hay un manchón de nieve y doscientas personas encima tratando de esquiar. Anochece y somos completamente felices.

Cuando volvemos a casa, solos, a oscuras, guiados únicamente por la increíble orientación de Javier, Nguilla nos dice que las niñas están esperándonos en la explanada. Mohammed se ha ido a una boda, así que convencemos a la familia de que cenen con nosotros. Arroz hervido con camello.

Se nota que estamos de buen humor y que falta Mohamed. Luján describe a su hombre ideal y descubrimos que es idéntico a nuestro amigo Antonio Cantos. En ese mismo instante se pone en marcha la operación "Palmito del desierto" (o lo que es lo mismo: programar una cita a ciegas en Elche la tercera semana de abril).

En el Club hay una fiesta de despedida. Las niñas quieren ir, incluso la pequeña. Nguilla se queda en casa con Ahmed. Ahora el hombre de la casa mide poco más de un metro. Por el camino canto la canción de Shin-chan y Nana se ríe: ¿Conoces a Shin-chan? Sí. ¿Y al perrito de Shin-chan? Sí. ¿Y cómo se llama? Sí. Mmm... ¿Y Shin-chan tiene patos? Sí.

En fin.

Nana lleva el gorro de lana del Barça que le traje a su hermano y está preciosa. Laila siempre tiene frío en los pies. Le pregunto por qué no se ha puesto zapatos: ¿Zapatos? Yo no tengo zapatos, dice.

La fiesta es amenizada por el grupo "Deshechos" y reventada por los policías que ya sabemos. Sólo dejan acercarse al escenario a los visitantes. A los chicos saharauis los empujan con las manos y a las chicas con un palo (para no tocarlas). Nunca me gustaron los uniformes. Sin comentarios.

Liha se aburre. ¿Tus amigas no han venido? ¡Amigas! ¡No! Aquí mucho-mucho, dice refiriéndose a todos esos chicos con las hormonas disparadas. Liha se va a buscar a su primo. Laila ha conseguido colarse de la mano de Alberto y está en primera fila disfrutando del concierto. Nana, subida al hueco de una ventana para ver mejor, mira con arrogancia y casi rencor a dos españoles que admiran su belleza. Nosotros intentamos animarnos con un buchito de Pajarete que Alberto trajo en una petaca. Tocamos a un dedal de vino dulce cada uno. Juan, nada más beber, se pone a bailar exageradamente ante la mirada atónita de dos adolescentes. No quiero imaginar lo que estos chavales pensarán a partir de esta noche de los falsos efectos inmediatos del alcohol.

Todas las estrellas hasta casa y mañana será otro día. Tengo el cuerpo dolorido pero sólo me acuerdo en el momento de tumbarme. Me duele cada cadera, debo de tener un cardenal a cada lado, por cierto, ¿se habrá muerto el papa?, digo. Luján y Juan estallan en risas. Yo no entiendo de qué se ríen y Alberto se enfada muchísimo porque van a despertar a toda la familia. Así un cuarto de hora. Javier duerme como un bendito desde que llegamos.

Por la mañana hay una proyección de cortos hechos por niños saharauis, alumnos del taller de formación audiovisual, y una comida multitudinaria en el Club. Antes de irnos Liha insiste en teñirme al menos una mano. Antes de venir me pinté las uñas con laca transparente por si llegaba este engorroso momento. No es que esté en contra de los maquillajes o adornos, simplemente no están hechos para mí.

La comida está buenísima y las naranjas saben ácidas como cuando era niña. Nadie ha probado las ensaladas (ya que hemos llegado hasta aquí sin diarrea, tengamos la fiesta en paz). El presidente da un discurso de dos horas y casi todos los visitantes desaparecen haciendo mutis por el foro. Una pena, porque nos perdimos el momento en el que metieron dentro del Club un camello blanco para entregárselo a Moussa. Moussa Sene Absa, director de cine senegalés, fue el ganador del FISAHARA 2005 con su película "Madame Brouette".

Moussa tuvo la gran idea de no meter al camello en el avión sino que lo regaló a la familia que lo había acogido.

Nguilla prepara el té y nos va probando anillos hasta dar con el de nuestra talla. Unos anillos verdes de cristal preciosos. Dice que son de Mauritania. Nos da regalos para nuestras familias. Me siento miserable por haber pensado mal de ella. ¿Qué más da lo que hagan con los regalos que les llevamos? ¿Qué más da si los venden? ¿Qué sé yo lo que tienen que hacer cada día para comer? ¿Qué idea tengo yo de cuáles son las prioridades en un sitio así? Su generosidad acaba conmigo. No aguanto más y me echo a llorar. Lloramos todos como si lo hubiéramos deseado desde el primer día.

Menos mal que tenemos a Juan, pienso. Juan rompe la tensión poniéndose la mehlfah que le han regalado para su hermana y ya está bailando. Nguilla toca las palmas. Y así fue como Juan se convirtió, que sepamos, en el primer travesti de la historia del pueblo saharaui.

Lala grande llega a tiempo para despedirse de nosotros. Le doy una bolsa con material escolar que guardaba para ella. Nos acompaña a la explanada, me coge de la mano y baila conmigo. Como último intento de comunicación, va señalando los números de la matrícula del camión que me llevará al aeropuerto y los va diciendo en alto. Espera que yo los repita y se ríe de mi pronunciación.

La risa de Lala.

Ése es mi último recuerdo del desierto del desierto. Ya no puedo decir en qué orden nos quitaron la arena que llevábamos de recuerdo, o cuando Benito Zambrano me llamó "ladrona de arena, ¿quieres galletas?, mira todas las que me han dado por un euro", ni el momento en el que el chico de los rizos de oro sacó un queso manchego, se arrodilló ante Luján y le cortó una lasca con el DNI, o de dónde salió aquél hombre con chilaba celeste, sombrero vaquero blanco, zapatillas de deporte, y que como único equipaje llevaba una bolsa de basura negra. Hay cosas que se me amontonan como el equipaje a la llegada y a la salida, como el anillo verde de Luján roto por los saltos que dábamos en el camión, como Javier saliendo el primero del camión y rompiendo la escalerilla. Como lo que habremos ganado sin darnos cuenta. Como lo que perdimos, mis gafas, el dolor, otro dolor, o el tren de las 07.10 que nos debía devolver a casa. No recuerdo qué esperaba encontrar y no sé qué me traigo. Cuando me saqué las botas y entré en la casa vacía de Nguilla pensé que no iba a soportar un sólo día allí. Sigo sin encontrar respuestas, no entiendo por qué tenemos tantos muebles o una docena de vasos o siete pares de calcetines.

De vez en cuando repito nombres, Nguilla Liha Lala, como si eso sirviera de algo. Para no olvidarme de ellas, para no olvidarme de nada.

Del discurso del presidente sólo recuerdo una cosa: "Os agradecemos que estéis aquí porque no habéis venido a disfrutar sino a compartir lo poco que tenemos, y a ser testigos. Contad lo que habéis visto".

Baraka, Nguilla Liha Lala.

Marzo, 2005.