
A las 4.35 suena el despertador. Mal empezamos. A las 5.40 ya estamos en el aeropuerto. Esperaba largas colas y cacheos. Nada. El único cambio notable es que los vuelos se han vuelto muy puntuales. El ambiente del aeropuerto no cambia sea la hora que sea. Los mismos hombres de negocio hablando por teléfono y mujeres con mechas, extremadamente arregladas. Da pena y algo de escalofrío pensar que todo esto pase todos los días mientras uno está durmiendo. En el aeropuerto de Madrid nos encontramos con Francis y Cocó. Cocó vivió en Viena tres años. Le preguntamos qué hacía exactamente allí y por qué eligió precisamente Viena, que a ver si va a ser una espía francesa. Respuesta: "Por la marcha". ¿Marcha? ¿En Viena? La miramos. Trabajaba de au-pair y estudiaba alemán en la universidad. Le preguntamos dónde trabajaba exactamente. Respuesta: "En la embajada francesa. Cuidaba de los hijos del agregado cultural". Nos miramos y decimos al unísono: "Espía".
El pasaje, según palabras de Alberto es "tristón de alto poder adquisitivo". Cierto. Para mí el vienés más característico del vuelo es un tipo de unos 45 con media melena al que se le unen las patillas con el bigote. El vuelo se hace corto (3 horas). El aeropuerto, sabiendo que "Ausgang" significa "Salida", resulta muy manejable. Todos los hombres que trabajan aquí llevando los carritos a su sitio son chicanos.
Por 70 ats un bus te lleva al centro. Sale cada 20 minutos y es escrupulosamente puntual. Pillamos por los pelos el de las 12.30. El recorrido es igual que en todas las ciudades sólo que, aquí, la autovía tiene césped a los lados y hasta río en algunos tramos. Se ven señoras paseando perros y gente leyendo en bancos al sol. Ninguna prisa.
Maletas a cuesta, cruzamos el río y todo el centro, hasta el hotel Regina en el Parque Freud y junto a la VotivKirche. El hotel conoció, sin duda, tiempos mejores. No está mal, algo decadente. El suelo del ascensor, por ejemplo, es de mármol claro con las letras HOTEL REGINA incrustadas en mármol rosa. Resquebrajado. Suena continuamente un vals. La habitación es un intento siglo XIX con rinconcito coqueto para leer. Ventanas dobles altísimas, colchón como una piedra, almohada de mantequilla y edredones nórdicos. Lo mejor: el cuarto de baño. Parece una nave espacial de un relato de ciencia ficción de los años 50. En la bañera, larga y estrecha como una canoa, hay por lo menos 8 grifos. El bidé no funciona y está cubierto por una mesa con mantel blanco que más que de cuarto de baño parezca de quirófano, más mandos, y una taza de váter muy rarita.
Salimos de paseo. La gente camina de su casa al trabajo. Se nota que no están paseando, que van a trabajar o, simplemente, a un lugar determinado, pero sin prisa. Caminan despacio, charlan sin ninguna expresividad, no sonríen. Todos tienen pinta de funcionarios de la ONU. No van solos dando zancadas como locos como en Nueva York, pero no sonríen en absoluto. No dejan sitio a familiaridades. A mí me da igual y hace tanto sol que sonrío enseñando los dientes, ya mire a un escaparate como a un banquero. Encuentro en la acera una moneda de 10 groschen.
Como aquí se come temprano nos metemos en el primer fast-food que vemos. Se llama "Trunkel" y tiene un escaparate con montones de ensaladas, quesos, filetes empanados y salchichas. El sistema consiste en que la niña que tampoco sonríe, aunque no resulta antipática, sólo eficiente, profesional y formal, te va pesando en una balanza lo que te vas a comer. En Viena el plato típico es el "Wienerschmitzel" (filete de pollo empanado). Lo suelen acompañar con col fermentada, ensalada de patata o una masa de patata a la plancha con forma de suela de alpargata. Yo me como una suela de ésas pero de verdura y una ensalada.
Paseamos hasta el Rathauspark o parque del ayuntamiento. Edificio enorme y precioso lleno de balcones decorados con geranios rojos. Delante hay un cubo fluorescente translúcido. Les digo, de broma, que hay que ver lo adelantados que están, que tienen por la calle cubos con internet gratis.
Llegamos a los museos gemelos, el de Bellas Artes y el de Ciencias Naturales. Al fondo el Museumsquartier, fachada de edificio solemne que en el patio interior contiene tres edificios, entre ellos el Leopold Museum con la mayor colección de obras de Egon Schille. De vuelta al centro, entramos en la iglesia de San Paul. Aquí todo es gótico. Lo mejor: a la entrada hay estampitas de Escrivá de Balaguer con oraciones en distintos idiomas. Por supuesto cogemos una en japonés para Andrés.
La catedral de San Esteban es enorme. Las tejas verdes y blancas le dan un toque hortera. Por dentro asombra lo altos que son los techos. Muchos turistas.
En busca de un café, pasamos por una casa con adornos ¿bizantinos? en la fachada. Dentro del portal inscripciones en griego y ruso. No lleva a ninguna parte y la poca luz tampoco invita a seguir investigando. Muy raro todo. Detrás de nosotros han entrado una manada de japoneses: así se los coma el monstruo que seguro vive dentro de esa casa.
Café Griensteidl en Michaelerplatz, 2. Asientos de escai rojos, mesas oscuras y vieneses tomando café mientras leen el periódico. De uno en uno. Pocas o ninguna pareja. Al fondo un señor cena, serán las 17.45 como mucho, y mientras espera su salchicha y su kartoffellsalat, se queda dormido con la boca abierta. Un cura cargado de paquetes toma café. La camarera es enorme. Más bien parece una enfermera rusa. Nos Sonríe.
Delante de nuestra mesa está la cocina. Vemos salir a un ¿cocinero?, tipo Gerard Depardieu, con pantalón de peto verde pito y camisa modelo Chiquito de la Calzada. Parece un triloco. A los lados de entrada a la cocina hay dos vitrinas horizontales vacías. Alberto dice que se quiere meter en una a echarse la siesta. El servicio huele a algarrobas.
El café con leche se llama "Melange" y viene en un kit unipersonal de bandejita plateada con taza, jarra diminuta con leche fría, vaso pequeño de agua y cucharilla haciendo equilibrio sobre el vaso. Mola! Yo pido un "ohne kafeein" porque quiero dormir esta noche. Como es nuestro primer café tiramos la casa por la ventana y nos zampamos cada uno un strudel buenísimo. Dato: 4 cafés, 4 strudel y un agua con gas 402.49 ats, 29.25 euros o lo que es lo mismo, 4.830 pts. En el ticket leo que la camarera se llama Andrea.
Paseamos con la barriga llena y los bolsillos vacíos hasta Stockimeisenplatz, que es como la plaza Navona de Roma, pero con austriacos en vez de italianos. Los japoneses me da que son los mismos. Hay teatreros haciendo malabares, marionetas y unos muy raros disfrazados de ¿drácula? representando una cosa rara. En mitad de la plaza hay un grupo escultórico vertical que parece las torres churriguerescas que hacen los niños en la playa con arena mojada. Está cubierta por una red, quizá para que las palomas no la ensucien. Al lado hay un tenderete donde venden panes y bizcochos gigantes.
La ópera: inmensa. Damos más de tres vueltas buscando información sobre horarios y precios. Nada. Sólo sabemos y porque lo habíamos leído en una guía, que existen unas entradas que sólo cuestan 50 ats, pero tienes que escuchar la ópera entera de pie. Intentamos tomar un vino en una especie de tasca oscurita y mona. Todas las mesas están ocupadas y aquí nadie bebe en la barra, así que nos metemos en "Ma pitom" (en Seitenstettengasse, 5), un sótano moderno donde se bebé hasta las 22.00 y después hay que comer por narices. Pues ein grosses bier y hühnerschnitzel o lo que es lo mismo, cerveza de barril de medio litro y filete de pollo empanado.
Las cervezas entran que da gusto, tienen menos gas y alcohol que en España. El público para ser joven va muy arreglado. Los percheros parecen grifos. La luz y las paredes amarillentas envuelven. Las mesas, tan negras, te recuerdan que no estás en tu país. De vuelta al hotel jugamos a encontrar la palabra con más consonantes juntas. Gano yo: en una tienda he visto una de 26 letras con 7 consonantes juntas.
Bajamos hasta la orilla del Danubio. Hay bares cutres-guays con modernillos-porretas. Eso sí, no arman ningún jaleo. Todos sentados en mesas de madera tipo Icona sin levantar la voz. La ciudad se ve segura y hasta estos sitios más aislados están limpísimos. Por el camino hacemos planes para el día siguiente: cada uno irá a un sitio porque no nos ponemos de acuerdo, y decidimos que en el avión de vuelta votaremos qué cuidad será la próxima.
En el hotel hago repaso de lo que he aprendido: ausgang = salida, notausgang = salida de socorro, kirche = iglesia ohne kaffeein = sin cafeína, drücken = empujar, ziehen = tirar, achtung = atención, von... bis = de... hasta, freuden = gratis/libre, ä y ö se pronuncian e, ei se pronuncia ai y r se pronuncia j.
He dormido tan bien que no recuerdo lo que he soñado. En la habitación nos han dejado un folio amarillo con el tiempo que va a hacer hoy. Para hoy había uno con el logo de las nubes marcado y hace sol.
La cafetería del hotel está bien, decorada en rojo con ventanales. Tipo bufet. Hay zona de bollos y cereales. Hay boles de muesli, de pipas peladas de girasol y pipas peladas de calabaza. Las mezclan con yogur. Algunos desayunan dos salchichas de 20cm y huevos revueltos.
Salimos. Junto al hotel está la Votivkirche, otra iglesia gótica muy silenciosa, muy oscura y muy bonita. Mañana hay un concierto, el Requiem de Verdi, para recaudar fondos para su restauración. Hay conciertos a todas horas en todas partes. Mola. De la iglesia bajamos hasta Secession en Friedrichstrasse, 12. El edificio es bonito, blanco impecable, con adornos dorados estilo Klimt. Lo reconstruyeron en el 45, claro. A la puerta hay una estatua de Marco Antonio en un carro tirado por un león y dos leonas. Me gusta mucho. Se ve sólido.
Dentro, la verdad, esperábamos montones de cuadros del grupo Secession: pues no. Hay tres exposiciones temporales a cuál más fea (una habitación llena de plantas que rodean a un ordenador, otra habitación con fotocopias impresas en la pared y monitores con imágenes en blanco y negro, y una sala imensa con los cuadros abstractos más horrorosos que haya visto en mi vida). En el sótano se expone el "Friso de Beethoven" de Klimt y algunos bocetos. No me gusta nada Klimt. No es sólido. Eso sí, en el vestíbulo venden como souvenirs unos monederos con estampados tipo Klimt preciosos. Lástima que yo no sea consumista.
El Naschmarkt está cruzando la calle. Por ahora lo más bonito de Viena: colores, olores, vieneses de todas las etnias comprando verduras, fruta, carne, pescado, especias etc. Y en la parte baja del mercado una especie de rastro donde la estrella, sin duda, son los osos mugrientos de peluche. Un peluche marrón, duro y ralo. No me extraña nada que si los vieneses han crecido con esos osos de mayor no sonrían. Los psicoanalistas deben de estar hartos de escuchar historias de osos asesinos.
Subimos hasta la Ópera para comprar entradas para "Fidelio". El chico de la taquilla es seco a más no poder. Sólo quedan entradas de platea (17.500 ats!!), que si compras minutos antes de cerrar la taquilla quedan rebajadas a 400 ats, 29 euros. Compramos dos.
Hemos quedado para comer con Francis y Cocó. Están sentados al borde de una fuente y son los únicos en toda la plaza que se ríen y se besan.
Vamos a Rosenberger en Maysedergasse, 2. Un bufet con miles de platos para elegir. Abierto de 10.30 a 23.00 y con capacidad hasta 560 personas, dice la publicidad. No es bufet libre, pagas lo que comes: raciones o medias raciones, según el ojo de la cajera chicana que te cobra a la salida. Se come muy bien por 1.500pts (incluso menos).
Visita a Österreichische Nationalbibliothek, la Biblioteca Nacional en Josefsplatz, 1. Barroquísima, sorprendente. Libros enormes maravillosamente conservados en estanterías altísimas. En el centro del pasillo cuatro globos terráqueos antiguos. En las vitrinas han expuesto libros de botánica con dibujos de flores y frutas.
Visita a la Karlskirche. Demasiado barroca para mí. Primera iglesia donde nos cobran la entrada (40 ats). Los bancos de madera son curvos y cómodos. En una de las capillas hay una especie de escudo negro donde aparece un soldado, rodilla en tierra, rezando: Guerrero de los Dragones. Mola mucho.
Cafe Museum, frente a Secession, el más grande visto desde fuera. Por dentro decadente, aunque es el que más me gusta, donde vendría cada tarde a tomar café si viviera en Viena. Los sofás tipo zócalo son rojos y forman semicírculos. Al fondo, donde están los servicios, que huelen exageradamente a ambientador de fresa, hay otra sala con el suelo más antiguo y las paredes más sucias, donde unos viejos hablan acaloradamente. ¿Pasión en Viena? El tono decadente además del color ocre de las paredes, los carteles de viejas exposiciones en el muro del fondo y la suciedad alrededor del aparato del aire acondicionado, se la da una fuente de pasteles de tres pisos que en algún momento de su vida sirvió para tal menester, y donde han colocado servilletas de papel. Pero ya digo que es mi favorito sin ninguna duda.
Le preguntamos al camarero en qué cementerio está enterrado Beethoven. Ni idea, pero que hay uno donde hay gente famosa. Nos señala en el mapa el Zentralfriedhof y nos dice que cojamos la línea 71 del tranvía. El camarero parecía un nazi estúpido mientras nos ponía en la mesa el kit-unipersonal, pero al hablar con él se vuelve dulce, casi blando.
Paseamos sin mucho rumbo y vemos una plaza con una fuente y muchos bancos: Schwarzenbergplatz. Estamos cansados. Detrás de la fuente hay un monumento a los rusos caídos en la SGM. Preciosa estatua. Detrás está el Stadpark con la estatua dorada de Strauss. Demasiado cansados, así que nos vamos sin verla. Ya anocheciendo pasamos por los jardines del Palacio Imperial. Esto tiene que ser absolutamente grandioso con nieve.
Descansamos en el hotel. En la tele dan un programa igual al "Qué apostamos", en el que una excavadora coge dardos con las pinzas y hace diana.
Por lo que llevo visto, todos los tópicos se cumplen: orden, limpieza, seriedad, altivez. Me da que pensar la amabilidad del camarero del Cafe Museum. Quizá sólo sean extremadamente profesionales, no fríos. Quizá cuando van por la calle a trabajar, sean simplemente "profesionales de ir al trabajo". Quiero decir: en cada situación representan el papel asignado o que se asignan. ¿Serán también tan "profesionales" en la cama?
Hoy he aprendido: bitteschön = por favor, dankeschön = gracias, salat mittel = ensalada mixta, apfel = manzana, strasse = avenida, gasse = calle, garten = jardín, tag = día, gutentag = buenos días, y que la salchicha que más me gusta es la "bratwurst" y que ante la duda, siempre pedir cerveza de medio litro.
Alberto ha leído en algún sitio que el Cafe Stein en la plaza Freud, es moderno, bonito y se cena. Efectivamente es moderno y se cena. En la segunda planta hay mesas vacías. Nos ponemos en una cerca de la barandilla para ver qué pasa y justo al lado de un chico con maquillaje plateado con pestañas postizas. ¿Habrá luego espectáculo? Después de mirar del derecho y del revés el menú, Alberto se decide por un "Gebackene rote Rüben mit Ziegenkäse und Ruccola-WalnussSalat", intuyendo por la palabra "rote" que le van a poner carne. Yo sólo deduzco que su ensalada lleva riccola y nueces. Yo pido un "Gebratene Flugenbruststreifen mit Preiselbeerjoghurt auf Spinatsalat" porque es el de nombre más largo.
El camarero que nos tomó nota era moreno, bajito y simpático. Quien nos trae los platos enormes es una japonesa malencarada. Empieza a soltar palabras donde no reconocemos para nada lo que hemos pedido, así que Alberto antes de quedarse sin cena, agarra el primer plato que ve. El camarero le dice que ese plato era el mío, pero Alberto aferrado a la carne sonrosada que le han puesto delante, le dice que somos amigos y no vamos a pelearnos por eso. Así que Alberto se come mi ensalada de espinacas frescas y yo su rote, que ha resultado ser remolacha empanada.
Datos: lista de precios de las bebidas: vodkas, ginebras y martinis 38 ats; whiskis 42 ats; refrescos 32 ats; cerveza de barril de medio litro 39 ats y red bull 48 ats (el red bull lo más caro, qué raro). El menú de 28 ats una sopa, a 98 ats un plato combinado. Volvemos al hotel por (hubiera dicho por callejuelas, pero aquí no hay) calles desiertas. En un restaurante japonés, una chica guapa baila rock&roll con el cocinero. Pasamos por detrás de la cocina del Hilton. Alberto se ríe porque quiere pegar con una moneda de 20 duros en la ventana de los que están comiendo, y preguntarles a grito: "¿Está dabuten?". Y al reírse de su propio chiste, le da un dolor en el lumbago y hasta el hotel parece Chiquito de la Calzada andando por las calles de Viena.
Hoy nos han marcado un sol y 22ºC. Del caserío me fío, me pongo una blusita y me congelo al salir a la calle: muy nublado.
Vamos andando hasta el tranvía 71. El conductor sólo conduce. Si se quiere se puede viajar sin ticket: no hay que picar y no hay revisores. El billete cuesta 22 ats pero la máquina, que está dentro del tranvía, sólo admite monedas. Después de hablar con el macarra del conductor vamos a comprar una postal al kiosco de enfrente para cambiar, y cuando volvemos se ha largado.
Nota: los kioscos están regentados por indios; también están los indios que venden revistas en el suelo, cosa que no pega nada con el supuesto carácter vienés.
Al final, sólo tenemos dinero suelto para tres billetes así que Francis viaja por la cara, pero no le decimos nada para que disimule mejor. Llegamos al cementerio en media hora. El recorrido es tristón, el día nublado ayuda poco, aunque va de perlas para visitar un cementerio. No se ven bloques: edificios de cinco plantas como mucho, pero que abultan como aquí siete.
Entrando por la avenida principal, a la mitad, hay una discreta indicación: "Musiker". Para despistados: "Ehrengräber gruppe 32ª". De izquierda a derecha: Beethoven, Schubert, Strauss y Brahms. Detrás de Beethoven Hugo Wolf. A destacar entre los músicos a María Hostin y Beck. Más allá, cerca de una iglesia enorme, la tumba de Shomberg, que parece un pedazo de tofu haciendo equilibrio. La que más mola es la de sus vecinos Bruno y Vera Kreiski: una lápida circular metálica sobre el césped y un arbolito muy mono. Murieron con 79 y 72 años respectivamente, primero ella y dos años después él.
Molan las tumbas de la Familia Fanta, la de una india con estatua de colores tamaño natural y otra de una mujer desnuda, con tacones de bailaora, haciendo guarreridas españolas con un esqueleto. La parte judía del cementerio es más sobria: pequeñas tumbas cubiertas de yerbajos y musgo.
Entramos en el bar de enfrente a tomar un vino caliente, pero sólo lo sirven en navidad. Pedimos un vino tinto y nos sirven dos tazas de un cuarto de litro. Está bueno, sale el sol, nos vamos animando y decidimos comer allí. Hay parejas que hablan sin hacer ruido, señoras solas y dos viejas feísimas de mirada inquisitiva. Comemos bien.
Toda la reverencia y dignidad de los vieneses desaparece a la hora de comer. Si no se terminan la comida piden al camarero un pedazo de papel de aluminio y se meten en el bolso el pedazo de filete de pollo que les haya sobrado. Conste que no lo veo mal, lo que pasa es que no pega con esa actitud rígida con la que se mueven.
Tomamos un taxi para volver. Nos deja en la puerta del Museo de Bellas Artes. Con la entrada (100 ats) te dan si lo pides un telefonillo-guía (alemán, inglés o italiano). A destacar: 2 cuadros de Andrea del Sarto, 4 de Velázquez, 1 de Vermeer, 2 de Van Scorel y 16 de Bruegel. El edifico merece la pena, pero hubiese preferido ir a ver el de Arte Moderno. En la parte de artes decorativas, lo mejor es un oso disfrazado de cazador con kit-repuesto de gorrito y escopeta de oro.
Cocó y Francis se va a dormir la siesta. Nosotros a la ópera. La sala no es tan impresionante como esperábamos, es más bien sosa. Público cincuentón de tiros largos, vestidos de noche dorados, terciopelos, pedrerías y gasas. Se saludan dándose la mano a un metro de distancia, entre mujeres también, nada de besos. Sala, palcos y hasta los del corralito que aguantarán de pie toda la sesión, abarrotados.
En el respaldo de cada asiento hay una pantalla pequeña donde aparece el texto de la ópera en alemán o inglés. La música suena de miedo. En el descanso todos salen al bar o a las distintas salas a pasear. Unas camareras ofrecen, cobrando, canapés. Los llevan en bandejas de madera colgadas al cuello, tipo cerilleras de saloon. Al cuarto de hora todos vuelven a sus asientos ordenadamente sin ruido alguno. El coro final pone los pelos de punta. A la salida hay filas de taxis para llevar inmediatamente a casa a las señoras de las pedrerías. Qué aburrimiento de vida.
Cocó y Francis nos recogen. Vamos a cenar a "Bizi" en Rotenturmstrasse, 4. Una pizzería autoservicio. Me sorprende que lleguen con sus bolsos y su trozo de pizza, lo dejen todo en su asiento y vayan al lavabo. Por descontado, ni desconfían de que alguien les vaya a quitar sus cosas ni a nadie se le ocurre quitárselas. Alucinante. Directos al hotel. El asiento de la ópera me ha dejado la espalda hecha polvo y eso que era bastante cómoda.
Me levanto contenta: he soñado que Graciela tenía dos niños. Bajaba una escalera y yo la llamaba a gritos. No me oía bien porque alguien tiraba fuegos artificiales. Me sorprendía su pelo lleno de canas.
Hace sol. Me niego a desayunar pipas como los loros. Yo tenía pensado ir a ver el Mumok o el Leopold o el Museo de globos terráqueos. Francis ha propuesto visitar la casa-museo de Freud en Berggasse, 19.
Mola porque hay que llamar al portero electrónico y subir las escaleras como si de verdad fueras a su consulta. Una chica sacada de Blade Runner nos cobra 70 ats y nos ofrece una guía en español. En la casa, auténtico, sólo se conserva el hall: perchero con baúl, sombrero, gorra, bastón, cantimplora y manta de viaje de Freud. En la guía dice "cantimplora que usaba Freud en sus paseos", pero claramente se ve que es una petaca. Eufemismos.
Resulta que Freud coleccionaba Arte egipcio. Al lado de su mesa de trabajo tenía una figura de un dios egipcio con cabeza de pájaro ya que de niño había soñado que a su madre la llevaban a casa unos hombres con pico. Ya me imagino lo que pensó cuando descubrió a los egipcios. Más interesante la historia que cuenta la guía que la casa en sí. El mobiliario auténtico está en Londres. Mola cuando dice que Maximilian Leidersdorf era el superintendente del asilo de lunáticos. ¡Asilo de lunáticos!
Recordatorio: buscar la correspondencia entre Freud y Einstein.
Paseamos por la zona universitaria. Entre dos edificios hay un bar al sol. Cerveza! Las jarras son preciosas. Discutimos sobre la función del psicólogo y del psicoanálisis. Yo en contra, por supuesto. Francis se defiende panza arriba: ha estudiado psicología y antropología. Cocó nos habla de los ascensores de Mensa Universität Wien en Universitätsstrasse, 7 que son continuos, es decir, sin puertas ni botones de llamada. Hay que subirse según van pasando, al vuelo. Mooooola! En la azotea hay un restaurante. El menú cuesta 80 ats y es abundante pero demasiado salado.
Último paseo hasta Rathaus. Entramos en el cubo fluorescente y resulta que era verdad: internet gratis. Se puede consultar el correo pero no enviar. La chica que vigila nos recuerda que los ordenadores están conectados para visitar las páginas sobre "mujer y tecnología" y no el correo privado. Hemos confundido "Frauenbüro" con "Freudenbüro" (frauen, mujer; freuden, gratis). Lo de confundir es un decir.
Último paseo por el Museum Quartier y los jardines. Todos toman el sol.
El Cafe Central en Herrengasse, 14 es el más típico que hemos pisado. Lo malo, que está lleno de turistas vídeo en mano. No me gusta nada. Un tipo toca el piano, lo que hace elevar el tono de las conversaciones. Barullo.
Volvemos al hotel a por las maletas. Último intento de aprender a decir el número de mi habitación, 223: Zweihundertdreiundzwanzig. Imposible.
Así que aquí los tópicos se cumplen, pero también hay sorpresas. Thomas Bernhard renegó de su país. Los acusó de indiferentes, de tener una mentalidad pequeñoburguesa y de hipócritas. Desde luego son tremendamente provincianos.
Viena mola, los vieneses no tanto. Yo he propuesto hacer un intercambio de vieneses por cubanos: la ciudad ganaría mucho.
En el avión de vuelta donde volvemos a encontrarnos con el vienés típico de patillas y bigote que vuelve a su casa de Madrid, más castizo, el tío, votamos cada uno 3 ciudades, cuál será el próximo viaje: Florencia 2, Praga 2, Dublín 1, Amsterdam 4, Melilla 1, Barcelona 1 y Ciudad Real 1.
Alberto protesta porque alguien ha votado Amsterdam dos veces. Francis vuelve a defenderse panza arriba. Está claro.
Octubre, 2001.